#002 CAÓTICO FACTOR ENTRÓPICO

Primera respuesta involuntaria al caos.

Caótico factor entrópico. Eso fue lo que le llamó Mimmi a Lisbeth Salander tras saber que se había acostado con un tío. Mimmi y Lisbeth tenían una relación desde hacía tiempo, abierta, sin ataduras, de esas que salen en las películas. «¿Sabes?, lo cierto es que tú eres una bollera con la que podría vivir. Me dejarías en paz cuando quisiera. Aparte de que, en realidad, tú no eres bollera. Al menos no una auténtica bollera. Tal vez seas bisexual. Más que nada, creo que eres sexual: te gusta el sexo y te importa una mierda el género». Y a continuación soltó esa frase tan llena de ambigüedad y desorden, tan amplia como un páramo: «Eres un caótico factor entrópico».

Las palabras chocaron contra los muros de mi habitación y se quedaron un rato flotando en el aire. Caótico factor entrópico. En ese momento no me consideraba capaz de hacer como Lisbeth y acostarme con cualquiera, pero sí me sentía cargada de entropía, atravesada por algún tipo de planta exótica que sólo se nutría de caos.

Me acababan de romper el corazón.

Tenía veintiuno, veintidós años. Me lo habían roto antes de saber que el corazón podía romperse en pedazos tan pequeños. Antes incluso de imaginar que alguien sería capaz de hacer algo así a otro alguien con cierta voluntariedad. Pero así era C. Hacía y deshacía a su antojo.

Yo le había leído a Dickinson decir que, si podía evitar que un corazón se rompiera, no habría vivido en vano. Yo había crecido con Moulin Rouge y Jeux d’enfants, con las canciones de Sinéad O’Connor… Era imposible no ahogarse en esa mazmorra de la distancia impuesta, del amor sin retorno. ¿Es que acaso C se había criado en Marte?

Caótico factor entrópico. El mensaje me seguía gritando, me empujaba. Pero lo hacía en un lenguaje y en una dirección que no era capaz de descifrar. Una tarde cualquiera, aburrida de leer mensajes antiguos, de tratar de comprender algo que, cuando ya lo creía atrapado, se escapaba por cada ventana, sentí el impulso de mirar vuelos. Cogí el ordenador y empecé a desenmarañar el laberinto. Países, ciudades, precios, momentos. Con cada posibilidad, mis dudas se materializaban en un quizá. Hasta que de repente lo vi, lo supe.

Al instante llamé a mi madre y le pedí su consentimiento —lo que a los veinte años quiere decir dinero— para ir a Londres ese verano con la excusa de aprender inglés. Le expliqué que, para hacer una inmersión total, lo mejor sería alquilar una habitación en un piso compartido y trabajar como camarera en alguna cafetería —lo que, sin el eufemismo de cortesía, quería decir bar. De noche, a poder ser—. A lo primero dijo que sí. Inmediatamente, sin dudar. En cuanto a lo segundo, al día siguiente estaba inscrita en una academia “seria” y en una residencia a la que iban los estudiantes bien.

Lo que nos separa a los aspirantes a estrella de rock de las verdaderas estrellas es sólo una cosa: nuestras madres. Pero nadie se atreve a verlo.

En cualquier caso, me pareció bien. Era Madrid o Londres. C o un paisaje nuevo, quizá más salvaje, quizá algo menos doloroso.

Aterricé allí tal día como hoy hace doce años. Las clases empezaban a las nueve de la mañana. Todos los días, salía de la residencia sobre las 8:30 y caminaba por Regent y Oxford Street. Me llamaba la atención el orden de aquellas calles, la elegancia acompasada de los edificios, el monocromatismo apagado que envolvía todo hasta que, de repente, el rojo de algún autobús irrumpía en escena para ser devorado apenas unos minutos más tarde por ese gris de mil cabezas.

Todo el mundo con el que me cruzaba iba vestido de ejecutivo y llevaba las deportivas más estrafalarias de la historia —Paco Clavel o Palomo Spain, a su lado, simples aficionados—. Todo el mundo con el que me cruzaba, apenas levantaba la mirada del suelo. Todo el mundo con el que me cruzaba, caminaba rápido, a la velocidad del rayo. Y siempre tomando café en uno de esos vasos de plástico, hoy tan comunes, pero que en aquel momento me parecían sacados de alguna película futurista. Y ridículos. Y muy snob.

Pasaré rápido por el dato de que apenas unos días más tarde sucumbí. No a lo de las deportivas, sino a lo del café. Era la única forma de tomar uno decente —el de la residencia causaba estragos a propios y extraños— y de llegar puntual a la academia, todo sea dicho de paso.

Así, dando sorbitos por aquella abertura minúscula, con la lengua quemada y anestesiada por la temperatura de aquel café sacado del averno, pasaba toda la mañana entre lecciones. Venga un poquito de gramática, un muchito de vocabulario, de expresión escrita, de conversación. Yo no paraba de mirar el reloj y soñar con que dieran las 14h. A esa hora se acababa la farsa y empezaba la vida, el movimiento, los bares, la música, lo que, en definitiva, estaba buscando de verdad allí. A las 14h, el cielo se teñía de azul por un momento. El orden y los altos ejecutivos volvían a su cueva y las calles empezaban a poblarse de piercings, de melenas teñidas de rosa, de ropas rasgadas, de sonidos caóticos, de pura entropía irracional.

Los primeros días los pasé recorriendo en soledad toda la ciudad. Paseé por Hyde Park, por Covent Garden, me detuve en Carnaby, en la Plaza de Trafalgar, aceleré todo lo que pude por Piccadilly. Llevaba conmigo siempre un pequeño cuaderno de notas en el que se suponía que debía apuntar las palabras en inglés que iba aprendiendo, pero que en realidad acabó poblado de detalles irrelevantes para esa tarea, aunque, supongo, llenos de sentido para mí en aquel entonces: una esquina atrapada entre cinco calles, la sonrisa de un niño sin dientes, la curva infinita del City Hall de Norman Foster, los fucsias uniéndose con los ocres en un nuevo ocaso desde la ladera de Primrose Hill, versos sueltos, algún poema más elaborado… partículas, en fin, de los momentos en los que pensaba en C —que eran todos— y no parecían querer separarse de mí.

A veces, tras doblar alguna esquina, el recuerdo de C, de sus rizos negros, como anzuelos, se me enganchaba a la emoción. Mis pasos se detenían por un momento y el aire parecía no querer circular por mis pulmones. Allí, sola y tan lejos, de repente comenzaban a dolerme las calles que antes admiraba, el gris circunspecto, los modales intachables, la antipática tibieza de aquel espejismo de libertad. Lo cierto era que mi corazón seguía encapsulado en C, por mucha distancia física y moral que hubiera interpuesto.

Cuando el volumen de esa sensación ascendía, cuando la carga de ese equipaje se volvía insoportable, luchaba por concentrarme en una cosa, por muy leve que fuera, en un solo sentido que dominara mi realidad: un color, el sonido de las gotas de lluvia al romper contra el suelo, el sabor del chicle que masticaba, la etiqueta que se colaba entre la ropa interior y mi piel, el olor a tierra mojada. Todavía hoy sólo soy capaz de empaparme de un sentido cuando desactivo los otros cuatro; cinco, si incluimos a la emoción. La emoción es un filtro ineludible del contexto; quizá no tan objetiva como los sentidos, pero sin duda dibuja más fuerte.

Poco a poco, en paralelo a esos intentos por regular mi temperatura emocional, en la residencia iban creándose dos grupos. La casualidad hizo que ambos fueran opuestos, casi diría que contradictorios. Uno, poblado de gente que rondaba mi edad, con sangre de cuatro continentes, leídos, viajados, disciplinados con la tarea de volver sabiendo más del idioma y la ciudad que vio crecer a Virginia Woolf, a David Bowie, a las hermanas Brontë, a los Sex Pistols. El otro, más alejado de presiones y pretensiones, joven, audaz, de piel contra piel, deseoso de mimetizarse con la experiencia que apenas comenzaba.

Y yo estaba ahí, en el medio. Como los jueves, como Suiza, como el camarero justo cuando va a meter gol el Real Madrid. Unos días comía con unos, otros días quedaba con los demás. Hasta que llegó el dichoso momento de tener que elegir. Odio hacerlo. Odio mojarme. ¿Por qué tanta dualidad? ¿Por qué no se puede ser de todo?

Pese a que mis antecedentes se sabían parte del primer grupo, el mensaje caótico y entrópico seguía haciendo de las suyas y me gritaba con vehemencia que aquel era un verano distinto en el que todo lo que había por vivir debía conjugarse en presente. Y me quedé con el segundo.

No me equivoqué.

Apenas daban las 14h en la academia, el telón se caía. Jose, Carol, Pedro, Xulio, Laura, David, Juan Carlos, Ángela y yo guardábamos los disfraces y empezábamos a rodar. A lo largo de aquellas semanas, corrimos como locos detrás de ejércitos de palomas, nos hicimos rastas, robamos un zapato de una tienda en Camden —uno solo—, comimos hamburguesas al lado de vestidos de siete mil libras en Harrods, vimos arder nuestras melenas en un pub por culpa de una vela, cantamos ‘Time is running out’ a voz en grito en plena madrugada con una tipa a la que acabábamos de conocer en un autobús, despedimos a Amy Winehouse a las puertas de su casa el día en que decidió irse, fumamos una marihuana que guardaba un parecido razonable con alguna variedad bastarda del wasabi, recorrimos el Soho en vertical, horizontal y diagonal…

También hubo tiempo para fingir interés por la cultura y nos dejamos caer por la Tate Modern, St. Paul’s, el parlamento, el British-gypt Museum —Delibes bien decía que la mano del inglés es alargada— y hasta por una representación de Ana Bolena en el Shakespeare Globe en la que nos vimos obligados a jugar al mus en los entreactos con unos israelíes. Sí, al mus. Era cuestión de vida o muerte.

Entretanto, David y Ángela se encontraron el uno al otro y al amor entre medias de los dos. Cómo no. El amor siempre aparece en todas partes, sobre todo cuando la sangre es joven. Así lo cantan los Naked and famous: “The bittersweet between my teeth / trying to find the in-between / fall back in love eventually / yeah, yeah, yeah, yeah…”.

Como jovenzuela que todavía era, yo también me dejé dar cariño algunas veces y, otras, recordé. Y, en mitad de ese recordar, como un Pepito Grillo trasnochado(r), Jose aparecía para decir alguna barbaridad que borraba de raíz lo anterior y fijaba nuevos horizontes. Jose tenía la extraña habilidad de encontrar el humor hasta en medio del aire, y no nos quedaba más remedio que reír, por todo y por nada. Porque es verdad que hubo muchos nadas, pero también una barbaridad de todos. A veces salía a la calle en calzoncillos y se daba cuenta sólo a medio camino, o empezaba a bailar una coreografía entera de Britney Spears en mitad de una cafetería. También la tomaba con todas las señoras que llevaban bolsos de Louis Vuitton y comenzaba a insultarlas, porque quién narices eran ellas para tener un Louis Vuitton. Él había nacido para ser admirado, para vivir en la ostentación y rodeado de uno, dos, ¡mil! Louis Vuitton. Así que las insultaba, sin reparo alguno, refugiado quizá en la impunidad de la juventud, del guardar un mínimo de distancia y de utilizar un idioma del que las otras no entendían ni papa.

Echando la vista atrás, aquel verano del 2011 acabó definitivamente mejor de lo que empezó. Hicimos, deshicimos, y volvimos a hacer. Hicimos, en fin, lo que tocaba, y tocamos todo lo que se dejaba hacer. Lo cierto es que volví de Londres con menos idea de inglés de la que llevaba, pero con la enseñanza de haberme atrevido a atreverme, de dejar de tenerle miedo a perder. Por unas semanas, escogí llevar la mochila abierta de par en par y, sin esperarlo, se llenó de momentos, de notas en un cuaderno que nunca se podrán borrar.

Durante aquellos días, el caos devoró por fin a la entropía y la entropía devoró también al caos. No siempre había sido de aquella forma. Supongo que todo depende del ángulo con el que quieras mirar.

De esa lucha con la que empezó todo, al final sólo quedó en pie el tercer elemento, el hermano del medio al que nadie suele prestar atención: el factor. De protección cincuenta. Cualquiera aguantaba la calina de Madrid a la vuelta.

Chinchín.

La Vermutera