#003 LA ELEGANCIA DEL KINTSUGI

El arte de mostrarle al mundo tus cicatrices.

Cada vez valoro más a la gente que no oculta sus cicatrices. Esa que, hasta incluso, las muestra y no recuerda lo que antes había debajo. Es la elegancia del kintsugi, la sabiduría que existe al otro lado del dolor.

La vida está llena de fracturas, de cuencos que se nos resbalan de las manos y se rompen en mil pedazos. El mundo en el que nos movemos nos ha enseñado a coger rápidamente la escoba y tirar esos restos a la basura, sin pararnos el tiempo necesario como para plantearnos una posible reconstrucción; qué decir de confesar el crimen…

La forma de relacionarnos hoy en día con lo que, simplemente, ocurre, nos empuja de algún modo a creer que lo que únicamente debería existir es lo que funciona y que, por tanto, debemos tapar lo que no funciona, o fingir que funciona. Da la impresión de que la boca dispara sola ese «Bien» ante el típico «¿Qué tal?». Hacer lo contrario no es protocolario, ni normal, ni parece directamente posible —si alguien lo ha conseguido alguna vez, por favor, que llame a Gloria Serra—.

Por el contrario, lo que se fomenta sin desvelo, y todos somos testigos de ello a diario, son los morritos, la foto en el columpio, el water/fire/hurricane/honesty-proof make up, el ver a nuestro hijo diez minutos antes de irse a dormir —una vez cenado y duchado, no vaya a mancharnos el traje de las obligaciones elevadas—.

No reconocer las roturas ante uno mismo, no reconocerlas ante los demás, es una oportunidad doblemente perdida de crecimiento. Pero, ojo, también es una fuente de perturbación posterior. Porque todo lo que resistes, persiste.

Una vez más, los orientales nos llevan ventaja en esto de entender quiénes somos y por qué. Y, además, rendirle honor. Integrar las roturas como parte de nuestro todo es el armazón central del concepto del kintsugi, que llevaron al arte sólo después de haberlo aplicado en sus vidas desde hace milenios.

El corazón que, como el cuenco, se recompone tras una caída, vuelve más puro y sabio de lo que era antes. Y lo hace así por la peligrosa simplicidad que conlleva conocer únicamente lo unitario. Hecho añicos, cada pedazo que se ha esparcido por el suelo ha adquirido un nuevo punto de vista, una nueva experiencia que añade a la base y de la que se enriquece el conjunto. De esta forma, aunque no nos demos cuenta, con cada trocito adicional que se va a hacer puñetas —i.e. cuanto más gordo sea el porrazo—, la vida está ampliando nuestra probabilidad de desarrollo y fusión con lo que siempre hemos sido. Por eso es importante acoger lo que nos ha ocurrido y dedicarle su tiempo, mimarlo, abrazarlo, entenderlo y no salir corriendo. Si nos atrevemos a mirar de cerca los puntos por donde nos hemos roto, les haremos hueco, y esto permitirá que el pegamento que echemos luego discurra con mayor facilidad y se vuelva más sólido. De la misma manera sucede cuando nos atrevemos a mostrarlo y compartirlo con los demás: nuestras aristas se unen, se complementan, se reconstruyen, de forma tal vez invisible a nuestros ojos, pero lo hacen.

Unir piezas es un proceso complejo y mágico a la vez que suele implicar movimiento, evolución, cambio. Quedarse estancado en lo que había antes está contraindicado si lo que se quiere es pasar a la siguiente etapa. Sólo hay una cosa que se mantiene inalterable durante esa transformación: la esencia. La esencia siempre permanece. Por eso es necesario no temer perderse por el camino si la vajilla entera se da la torta: vamos a seguir siendo el mismo cuadro, sólo que con mucha más profundidad de matices.

Me gusta pensar que el kintsugi, en todas sus vertientes, es puro arte; como también todo arte es un gran kintsugi. Las canciones, las esculturas, las pinturas, las novelas, las películas o las interpretaciones no son sino la expresión de los puntos de sutura del artista —work in progress—. Sin heridas o intentos por sanarlas no habría arte. El dolor ha sido y sigue siendo el gran vehículo del arte, y este ejerce a su vez de tirita, de medio a través del cual se sana, precisamente porque no se oculta nada de lo que permitió llegar ahí.

Como decía Paul Klee: «El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible aquello que no lo es».

Y que lo visible siga ganando a lo invisible.

Chinchín.

La Vermutera