#004 LA IDENTIDAD

Manual de escapismo frente al borreguismo ilustrado.

FOTO DE MAUD BUSTREEL @maudb.fotografia

Llevo bailando un tiempo alrededor del concepto de identidad. Intento averiguar lo que engloba, qué determina su formación. No por nada, sino porque me gustaría encontrar de una vez por todas una cadena de certezas que estreche el cerco sobre la mía propia —la identidad, me refiero, las cadenas mejor en los cuellos ajenos—.

Desde pequeña he tenido la sensación de conocerme, de saber quién soy. Y ahora que tengo más años que un bancal resulta que una gran parte de lo que he creído todo este tiempo parece que no me define de verdad. O bien no me veo a mí al fondo de todas las decisiones que me han llevado a donde estoy. Detrás ha habido siempre un determinismo social del que sólo en este momento soy plenamente consciente.

De una forma casi instintiva, he crecido esquivando a esa masa que se mueve en una dirección sin saber muy bien por qué, esa especie de borreguismo ilustrado guiado por un pastor que emerge de repente con una idea brillante sacada de la chistera o una capacidad de convicción a la altura de JC —Jesucristo, James Cameron, Jaime Cantizano… hay opciones mil—.

Cada vez que la líder/pastora/agitadora de voluntades de la pandilla del colegio decía que teníamos que hacer tal o cual cosa, yo me daba media vuelta. Cada vez que me llamaban para ir a saltar a la comba en el recreo, yo me iba a jugar al fútbol. Cada vez que mi padre me obligaba a ir a la iglesia, yo decía que no me creía el rollo ese de que una mujer hubiera nacido de la costilla de un hombre y que, si de alguna forma remota eso pudiera ser verdad, en todo caso habría sido al revés. Cada vez que me aconsejaban echar más horas de las que tocaban en el trabajo —practicar lo que comúnmente se denomina el calentamiento de silla—, antes me iba a casa. Cada vez que me animaban a que me emparejara, más quería vivir soltera. Cada vez que me dejaban caer que eso debía ocurrir con un hombre, más crecía mi amor por las mujeres.


Todavía conservo una redacción que nos mandaron escribir con diecisiete años en la que teníamos que realizar ese ejercicio tan típico de relatar dónde nos veíamos en un tiempo. Posiblemente fue uno de mis últimos actos de fidelidad para conmigo misma. Una fidelidad que tenía un poso amargo ya desde el inicio, porque no podía ser más consciente de que incumpliría todo punto por punto: me imaginé sorteando la universidad, recorriendo Europa en caravana, despertando cada día en un lugar nuevo, dejando que la vida corriera detrás de mí en lugar de ser yo la que corriera tras ella.

Y hoy, una ingeniería después, una casa en una gran ciudad, una agenda plagada de compromisos inútiles, me pregunto qué fue de esa chica que un día tuvo todo tan claro. ¿En qué momento decidió perder la valentía y dejarse arrastrar por el borreguismo?


Creo que alguien tiene que estar pasándoselo en grande ahí arriba. Me refiero al que nos mira desde detrás del telescopio de la omnipotencia. Debemos parecerle hámsters en una jaula de cristal repitiendo constantemente el mismo patrón. Una y otra vez. Una y otra vez. Un poquito de alpiste, un saludo al vecino y una caminata sobre esa rueda que siempre lleva al mismo sitio: trabajo, boda, niños, casa, coche, periódico color sepia que ni entiendo, más trabajo, echarle comida al pájaro, trajes con corbata que no me quedan bien, rezar por que lleguen las vacaciones, otra vez los niños, el electricista, la suegra que se ha puesto mala, más trabajo, beber latas de cerveza en gayumbos porque me acabo de divorciar, desmontar el comedero porque ya no hay pájaro, elecciones generales, autonómicas y municipales —¿a quién voto? ¿a este que tiene un coeficiente intelectual de más de dos cifras o a aquel que parece alguna variedad de ficus?—, vuelta al trabajo, a ver qué excusa me invento para que esta semana no me toquen los niños y pueda descansar, dentista, podólogo, cardiólogo, por favor que sea ya fin de semana y me beba hasta el agua de las macetas…

Nota al lector: el orden de los factores no altera el producto.


Claro, atrapados en esa rueda, que además avanza a una velocidad supersónica, cualquiera tiene tiempo para pararse a pensar quién es de verdad, en base a qué criterios le gustaría cocinar los platos que le acompañen desde la sala de máquinas a la principal.  Y, si lo tuviera, pronto la tarjetita de plástico que lleva en la cartera con esa foto que bien parece robada de una alerta roja de la Interpol detendría el proceso en forma de verdades como puños que no dejan espacio alguno a la incertidumbre: soy Menganita Pérez, hija de Facundo, que también es Pérez, y de Fulanita, que ella es de tal, pero eso no importa. Ni eso, ni nada más. Porque, para un estado, ahí se resume todo lo que somos. ¿Para qué nos vamos a romper la cabeza entonces? ¿Para qué llenar nuestra identidad de detalles y matices? Imaginaos el tamaño que tendría la dichosa tarjetita… —Con esto caigo en la cuenta, por cierto, de que mi yo del pasado, esa que un día supo a ciencia cierta quién era, debió de acabar sepultada por ella, por la tarjeta. Un día la tuve grande—.


Hace poco aprendí algo sobre cómo el cerebro consigue que formemos una imagen de identidad que me resultó muy interesante. Para mi sorpresa, ese boceto se fabrica de manera dividida, por hemisferios, y de acuerdo a criterios que no tienen nada que ver los unos con los otros.

El hemisferio izquierdo nos cuenta que somos madres, padres, científicas, panaderas, que nos gustan las ensaimadas, que somos morenas y con ojos verdes, que podemos saltar hasta dos metros de manera longitudinal, que sabemos tocar la pandereta o que el día que soñamos con ir a la Luna preferimos quedarnos en Alcobendas porque nos dimos cuenta de que lo de los cráteres estaba sobrevalorado. Para entendernos, sería la parte narrativa del concepto que tenemos de nosotros mismos; una especie de versión pleistocena de Pepito Grillo, que parece saberlo todo y avasalla con información irrelevante para el objeto de conocernos de manera íntima, heredada de cuando teníamos que escondernos del león porque nos iba a comer.

Por el contrario, el hemisferio derecho es el que nos hace sentir la realidad en lugar de analizarla. Es el que percibe que, aunque tu profesor te diga que has sacado un diez en matemáticas y deberías dedicarte a ello, hay algo dentro de ti que no está por la labor. El lado derecho es puro instinto, mariposas, sinfonía, aquello que fluye de acuerdo a su propia naturaleza. Un espacio que no tiene fronteras, que anda, corre y salta, y hasta a veces vuela.

Resulta curioso que incluso en nuestro propio cerebro parezca librarse también esa batalla entre sólidos y líquidos, entre lo tangible y lo etéreo, entre hacer y ser. Como si fueran enemigos íntimos, o amigos que no se ven desde hace un tiempo. Sin sintonía, emitiendo en distintas frecuencias, separados al nacer.

Hoy por hoy, parece que nuestra radio sólo capta señal por la izquierda. De ahí esa tarjeta de tamaño bolsillo, ese Sísifo que se empeña en empujar y empujar la rueda del hámster.

Einstein, consciente del desequilibrio, llegó a afirmar que la mente intuitiva era un regalo sagrado y la mente racional, un fiel sirviente. Pero que, de alguna forma, habíamos, hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado el regalo.

Quiero creer que, quizá, si dedicáramos algo de tiempo a aprender a modular la frecuencia de esa radio, la historia cambiaría. Lo verde volvería a ser verde, lo andado no influiría en lo que queda por andar, las dudas no serian obstáculo en la noche sino espacio de luz, las manos se atreverían a acariciar. Tendríamos que esforzarnos para conseguirlo, no sería una trazada limpia. Pero de lo que estoy segura es que negar lo que habita en ese bosque de nuestra consciencia es negarnos; darle rienda suelta, renovar los votos con la vida.

Hace mucho estaba conmigo.
Después de un tiempo, me perdí en una espiral vacía de mí.
Hoy decido invertir la tendencia. Desordeno el producto, altero los factores. Elijo conquistar la valentía desde todos sus flancos. Tumbar el borreguismo. Esquilar toda su lana. Encontrar mi piel al otro lado.


No tardes mucho. Quiero verte a ti también.

Chinchín.

La Vermutera