#005 EL INVIERNO DE LOS DÍAS

Desnudos de piel que abrigan el corazón.

Todo verano necesita su invierno. Un tiempo de introspección, de sal en las heridas, de garabatos que luego se transformen en líneas. Todo verano necesita su invierno de la misma forma que la calma requiere de movimiento, el ruido de silencio, el renacimiento de un final.

Hay suelos de inviernos alargados y cielos de veranos multicolor. Hay suelos que son chimenea, árbol de tronco ancho, y cielos que pueden llegar a convertirse en prisión. Hay quien sabe ser suelo de inviernos ajenos, el pegamento que lo une todo; los nuevos vientos, la ligereza, pero también el lodo. Son bienes que escasean, como el aceite barato o las cabezas libres de cadenas. Pero sus recursos son ilimitados, de piel gruesa pero suave, de mirada callada pero penetrante, de edad en apariencia corta y en esencia inmortal.

En Siberia los inviernos fagocitan los veranos. Los días son noches eternas, la brevedad se hace siempre. La vegetación se aclimata para cumplir su propósito en un desgaste atípico donde la vida sólo es vida a mitad. En África ocurre lo opuesto: el exceso de luz ciega, ahoga, consume. No hay lugar para el barbecho, no hay condiciones para sanar.

Miro a través de la ventana y nos siento como África, sumidos en un verano constante, siempre a punto de explotar. En un estado de deseo perpetuo por entregar, producir, brillar. En esa búsqueda sin tregua de los picos del electrocardiograma, del caminar con manos y pies, del resolver ayer lo que era para mañana.

Desde el mismo alféizar sobre el que me apoyo, observo a la vez que la vida se sustenta a base de equilibrios, tejados y cimientos, frío y calor, agua y aire, yin y yang. Aunque llevo gafas porque mis ojos se concibieron para no ver, tengo la sensación de que lo hacen. Y, desde ellos, a lo lejos aprecio también cabezas despejadas de lupas, sentidos jóvenes que miran anuncios de blancas sonrisas, pantallas con islas de árboles tropicales. Son imágenes que duran un instante y al siguiente se evaporan, mutan en otras que invitan a invertir los ahorros, a mantener la piel sana, a desear que pase un microsegundo para poder ver las siguientes y seguir consumiendo, echarle un tronquito más al fuego del verano.

Todo cambia en apariencia pero todo permanece. Y lo hace así sólo porque lo dejamos permanecer. El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar la vieja tierra con nuevos ojos, dijo Proust el día que se quedó sin magdalenas.

En ese preciso instante decidió hibernar, extender las trincheras. Dejó de ir a la panadería y comenzó a hornear él mismo, a desgranar los pasos que guían hacia al resultado. A entenderlos. A volver a estudiarlos. A observarlos desde otro ángulo. A comprenderlos de una forma nueva cada vez.

Nada había cambiado a su alrededor, pero todo lo había hecho dentro de él.


Concederse esa pausa permite experimentar la vida desde su lado más puro, áspero como la tierra, bello como lo que no puede nombrarse.

No lo dudes. Lánzate. Busca tu barbecho. Porque, si logras atravesar ese tiempo —túnel sin salida por momentos—, ya no temerás el invierno, no temerás plantearte las grandes cuestiones de la existencia. Todas las respuestas las habrás hallado en ese estado de extrema vulnerabilidad; un estado que sólo puede darse desde la más absoluta tregua, desde la más rabiosa soledad.

Me dirás, quizá, que no te gusta el aislamiento. Vale, te lo concedo. Busca entonces también a quien quiera ser alfombra sobre tu suelo. Es fácil identificarlos. Lo sabrás en cuanto los tengas frente a ti. Aunque te aseguro que no te hará falta. En invierno también hay estufas. Y té. Y sopas de esas que te queman la lengua y luego no tienes ni idea de a lo que sabe lo que comes después. Pero te has dado cuenta de cuándo te la has quemado. Y eso es lo importante: comienzas a saber por qué ha ocurrido. El viaje sólo acaba de empezar…

Venga, haz acopio de mantas, cds antiguos, gatos, perros, dominó o ganchillo.

Abrígate, si te parece, todo lo que puedas. Porque te prometo que vas a desnudarte después.


Chinchín.

La Vermutera