Lana y Pizarnik. Pizarnik y Lana. De un tiempo a esta parte, y cada vez con más asiduidad, me pasa que las confundo. Cuando escucho una estrofa de Lana parece que se la estoy viendo escribir a Pizarnik, y cuando leo un verso de ésta, rápidamente lo imagino en boca de Lana, sentada en su escalón de siempre en mitad de un concierto, pitillo en mano y con cara de preguntarse qué narices hace ahí.
Tengo la duda de si, quizá, el alma de Pizarnik decidió volar aquel septiembre del 72 para quedarse flotando por Manhattan hasta que, un día de junio del 85, cansada de tanto ruido, se presentó en la casa de los señores Woolridge dispuesta a acampar en el interior de la cuna de madera en la que se encontraba un bebé recién nacido —buenas tardes, vengo a hacer de lo que tienen entre manos toda una reina—. Porque sí, antes que «del Rey», Lana fue Woolridge. Mucho más soso, dónde va a parar.
Como anécdota astrológica de la semana añadiré que tanto la muerte de una como el nacimiento de otra tuvieron lugar en los momentos casi exactos de los solsticios y equinoccios de aquellos años. Y ya se sabe que eso suele remover cielo y tierra…
Volviendo a lo serio, lo cierto es que me gusta disfrutar a solas de la obra de ambas. Es un momento que guardo con recelo para mí, como el café de la mañana, como el primer contacto con el sol o meditar acompañada por el olor a aceite esencial de lavanda. Con las dos tengo una sensación de intimidad y hogar difícil de explicar. Como si una parte de mí les perteneciera a ellas y una parte de ellas viviera dentro de mí. Como si la melodía que las acompaña hubiera estado desde siempre pegada a mi piel. O quizá a un lugar mucho más profundo.
Cada vez que las siento, me da la impresión de que he nacido ayer y de que he vivido milenios. Todo me suena a nuevo y a añejo, a puro anacronismo. Y no puedo evitar imaginarme por calles vacías, en bares a punto de cerrar, justo a la hora en la que la marea sube y no sé si arrastrará el montón de ropa que he dejado olvidado en la arena.
Sus letras me calman y agitan a la vez. Lo he probado una infinidad de veces y siempre sucede lo mismo. En cuanto me descuido, inician en mi interior una revolución de lo invisible. Una revolución en la que las armas sólo disparan oxitocina, algunas lágrimas y whisky —porque el vermut solo no alcanza a veces—, pero servido en vaso corto y de fondo grueso, que si una tiene que volver a lo imprescindible que al menos lo haga con cierta clase.
Lana y Pizarnik. Pizarnik y Lana. Una misma persona. Dos caras de la misma moneda. El yin y otro yin, porque, insisto, no pueden ser otra cosa que no sea lo mismo. Las dos son jazz, luz tenue, alcohol, una tarde de octubre… Completamente análogas, homólogas. Y a la vez distópicas, en cierto modo.
A las dos hubo un momento en el que la vida se les hizo de noche. Dejaron de encontrar sentido a tantas cosas que tuvieron que buscar cobijo forzado en sus canciones y poemas. Al final, cuando estás de mierda hasta las cejas, escribir, cantar, pintar…, crear al fin y al cabo, cobra una dimensión enorme. Se transforma en una especie de respirador artificial a través del que sueltas e insuflas a la vez, con la esperanza de que ese algo, que en ocasiones no tienes ni idea de lo que es, se haya vuelto a colocar en su sitio.
No es casualidad, supongo, que ambas optaran por ese registro tan grave y lleno de sombras; nostálgico, pero varonil. De mensaje y tono. De exposición sin reservas a un mundo que, simplemente, no está preparado para ir con ellas hasta el último de sus rincones. Tan oscuros como reales. Tan densos como el humo de los cigarros que corren por sus manos desnudas de anillos.
Hay quienes consideran que escribir una canción o un poema consiste sólo en unir palabras de apariencia sonora y significado complejo —cuanto más complejo, mejor—, acompañadas de cierta musicalidad que las haga encajar unas con otras. Pero la música, la escritura, no van de eso. No van de juntar palabras vacías de realidad. Van de contar historias. Y en el caso de nuestras protagonistas, historias chungas. Tanto que a duras penas las podemos comprender —hay rumores de que se necesitan al menos tres carreras en Harvard—. Pero el caso es que siempre logran transmitir con exquisita franqueza lo que hay y ha habido detrás: sus dudas, su dolor infinito, su falta de asidero, sus desvelos, su miedo al rechazo y, por encima de todo, su miedo a ellas mismas.
Al dejar que sus obras atraviesen la telaraña de nuestros silencios, la gran paradoja que las acompaña toma forma. Vestidas siempre con una estética inconfundible, nos van desvelando sus miserias mientras una parte de nosotros que ni siquiera conocíamos comienza a desnudarse. Y, con cada prenda que cae, Lana y Pizarnik, Pizarnik y Lana, consiguen desenmarañar nuestros recuerdos, potenciar sensaciones, aniquilar la linealidad.
Creo que es imposible leer a una y escuchar a otra —lo que, a su vez, entraña leerla, en todos sus sentidos— y quedarse inmutable, gris, circunspecto, como una farola un lunes por la mañana.
Hay momentos en los que cometo la temeridad de leer la Poesía Completa de Alejandra mientras escucho el Born to die de Lana. Normalmente son días lluviosos en los que las gotas estallan en mil partículas contra la ventana y miro de vez en cuando hacia al cielo para comprobar el color de las nubes. Vermut, mi compañero felino —sí, mi imaginación no conoce límites—, suele colocarse junto al cristal, en la dirección de mi mirada. Creo que, a su manera, también percibe la conexión de ese preciso instante. De vez en cuando se gira hacia mí y emite algo parecido a un maullido. Si le sonrío, él devuelve con calma la atención al exterior. Si no lo hago, salta de inmediato al reposabrazos del sofá y empieza a meter la patita entre las páginas del libro. Al principio pensaba que era su forma de decir «¡eh, humana, estoy aquí!», pero más adelante me di cuenta de que se quedaba pasmado también frente a los poemas, con su cuerpo bien pegadito al mío.
Debe ser que me ha salido un gato cultureta. O uno que se esfuerza por hacer cosas que sabe que me gustan. Vete a saber, no sé cómo interpretarlo. El caso es que luego nos pasamos toda la tarde así, dándonos calor el uno al otro, y he de reconocer que es el broche final al plan perfecto.
Hoy he oído que vuelven a dar lluvia. De hecho, ha empezado a colarse ya un olor a tierra mojada por algún lugar que no comprendo. Creo que tocará volver a las buenas costumbres. Aunque, pase lo que pase, esta vez prometo no sonreír. Con suerte, esa bola de pelo decidirá quedarse a ronronear a mi lado.
Chinchín.
La Vermutera ![]()
