#007 MUDANZA CÓSMICA

Un viaje hacia lo que desconoces en lo ya conocido.

Las serpientes mudan de piel en unas cuantas ocasiones a lo largo de su vida. Las más jóvenes, lo hacen cada entre cuatro y seis semanas; las mayores, “sólo” dos o tres veces al año.

Como una serpiente, yo también me he mudado de casa hace poco. Lo habréis notado por mi ausencia por estos mundos. O puede que no, y sólo seamos yo y este gran sentido de la responsabilidad adquirido —absurdez innecesaria #1— los que nos empeñamos en matarme a latigazos.

El caso es que he cambiado de hábitat, de envoltorio, de embalaje. Ha costado lo suyo; un camión lleno y varios años de vida menos. Pero ya está hecho, a falta de un sillón, algunos cuadros y un gran armario —dos mujeres o, a veces, sólo una (la mía), puede(n) almacenar toneladas de absurdeces innecesarias #2.

Mudarse de casa es como Año Nuevo, como un nuevo curso escolar, como un cumpleaños. Son pequeños grandes actos que plantan la semilla de la esperanza por que lo que llevamos dentro se haya sumado también al viaje. Algo así como un propósito de enmienda. Una página en blanco. Unas botas nuevas de fútbol. El momento en que te despiertas de un coma etílico. El flash que te borra la memoria en Men in black. La maceta que ha caído desde un quinto piso a sólo un metro de ti.

Una historia —la nuestra—que creemos que debe (re)iniciarse en ese momento y sólo en ese momento —absurdez innecesaria #3—, porque así lo han querido los dioses.

Mudarse de casa parece que mueve una ficha a la siguiente casilla y agita nuestro saquito de las verdades, primero con fingida delicadeza, después sin saber hacerlo parar —modo piñata—, como ocurre con todo acto de toma de consciencia. Al principio sólo vemos la punta del iceberg, pero de repente, justo cuando nos acabamos de hacer a esa imagen, emerge todo lo que había debajo —haaala—. Comienza entonces a colarse a través de cada poro la sensación de empezar otra vez, de que la vida nos da una nueva oportunidad para dejar atrás nuestras costumbres viciadas, nuestro despertar encogido, nuestros malos tonos e inseguridades. Nos invade la certeza de que a partir de ese momento todo se convertirá en margaritas, en cantos de sirenas y croissants de almendra —lo siento por los alérgicos, pero están que te cagas—. Sin embargo, y esto es un spóiler, lo que en realidad hemos hecho es ponerles un lazo y desplazarlos de sitio —no a los croissants, sino a lo que venía antes de las margaritas—. Quizá, a uno aún más calentito y luminoso, con encimeras de Dekton, suelo porcelánico efecto piedra beige mate, ventanas con doble acristalamie…—perdón que me embalo en esta eterna búsqueda de absurdeces innecesarias #4—, pero las heridas y conductas torcidas siguen estando ahí, observándonos desde un rincón, dispuestas a emerger cuando menos lo esperamos.

Mudarse de casa es, en fin, una manzana envenenada, y el nuestro todo un arte en eso de dejarnos envenenar.

Yo, como ya había visto muchas veces la peli de Blancanieves por culpa de una hermana que se pasó la infancia enganchada a los enanitos —y a darme los buenos días con un «hoy eres Gruñón, hoy te pareces más a Feliz, hoy eres clavadita a Mocoso»—, andaba ya advertida sobre eso de las manzanas —el de la inmobiliaria podríamos decir que hacía el papel de bruja—. Y gracias a esas enseñanzas fraternales puedo decir que no he empezado la casa por el tejado —qué acertado es a veces el refranero español—, sino que lo he hecho al revés. Exactamente al revés. De hecho, comprarme la casa ha sido el fin del cambio.

Y ahora voy a ponerme un poco más seria. Pero sólo me durará un ratito.


Hace un año me detectaron una enfermedad de mierda. De esas que no se curan y todo el mundo cree —por no esforzarse en comprender— que te inventas. Algún día mi propio proceso me llevará a hablar de ella con calma, pero todavía no ha llegado el momento.

El caso es que durante el último año me he tenido que reinventar de verdad. De cabo a rabo. Como la larva que se convierte en capullo para, quizá, un día echar a volar. En estos meses me he mudado de piel y de credo, de vísceras y de sueños, de batallas y trincheras, de presencias y, sobre todo, de incontables ausencias. Le he cambiado el sentido al tiempo, le he buscado cobijo al espacio. He abrazado como nunca a la materia y a la sensación de pertenencia a algo que no sólo sea yo. He creado un sistema que dé valor a mis propias experiencias, he inventado curiosidades y máquinas de olvidar. Ahora no busco actriz principal para películas ajenas. Ahora sé hacer de lo propio la única verdad.

Si echáis un vistazo a todas esas cuentas de Instagram que te animan a poner el título del libro que mejor ha definido tu año —¿soy yo o todas se empeñan en hacer lo mismo?—, me he hartado de responder: «La metamorfosis. La metamorfosis. La metamorfosis».

Supongo que lo he hecho guiada por una esperanza de convertirme en mariposa que oscila entre lo poético y lo volátil. Quién no va a querer hacerlo. Volver a volar. Ir de flor en flor. Tener mil y un colores. Pero, a la vez —qué remedio—, ya he asumido que lo que ahora me toca es ser esta envoltura antiestética y estática (y osteoplástica, católica y apostólica) que apenas se mueve del sofá. Ya me he hecho a la idea de procurar convertirme en una capulla digna. Loable. De estas de las que hablan luego en los libros y las películas de guardar —algo me dice que no me costará.

Hace poco leí el primer libro de Ángel Martín y, aparte de tomarle prestado el título de esta entrada, le he copiado la intención acción de agradecer lo que el pulpo la mierda me enseñó. Y no sé si es cosa del aprendizaje, del agradecimiento, o de los dos a la vez y en todas partes —más tres cucharadas de mindfulness y una pizca de medicina oriental—, pero el caso es que la vida ha vuelto a florecer. Con unas flores que no había visto nunca antes —algunas, diría, pertenecientes a cualquier otra especie—, pero de un color intenso, vibrante, afónico, vivo. De estos que traspasan todas tus fronteras; las reales y las que te empeñas en levantar.

Sé que es difícil de entender —yo misma aún no lo hago— pero, ahora, pese a la evidencia de estar sola —físicamente—, me siento completa de corazón y entendimiento. Creo saber ver a las otras personas, comprender lo que les mueve. Como si las capas de ropa, piel y huesos se hubieran evaporado y tras ellas sólo quedara verdad.

Ahora, sin comerlo ni beberlo, debo emitir un campo electromagnético-cuántico-taoísta que me hace entablar conexiones profundas hasta con gente con la que todavía apenas he hablado; que han debido existir, supongo, en otro tiempo, en otro plano, en otra forma, y que ahora se manifiestan aquí, donde la vida duele pero también puede bailar. Me ocurre lo mismo con los animales. Ahora vienen y saltan sobre mí como si fuera —lo soy— un pedazo de carne. Y yo les ladro, les maúllo, les acaricio el lomo y, en silencio, deseo que me lo acaricien también a mí.

Ahora, por ilógico que parezca, cuando apenas puedo moverme, sé por fin hacia dónde voy. Sin prisa ni condicionamiento he entendido que, en todo, la velocidad nunca es lo importante y sí la dirección.


Hace no mucho todavía me batía por viajar al sitio más remoto que pudiera. Hacer acopio de recuerdos, de vivencias, como si todo eso fuera a forjar mi yo del mañana. Por aquel entonces apenas era capaz de quedarme en el sofá más de algunos minutos. Y, como bien vaticinó Proust, resulta que el viaje más lejano, esta especie de mudanza cósmica que ha venido a amueblar hasta el último de mis rincones, lo he hecho tumbada en uno. De puertas para adentro. Sin más testigo que aquello que estaba destinado a ser.

Por eso, a pesar de que la vida se tuerza en ocasiones y las puertas que solíamos atravesar se cierren de un plumazo, siempre quedarán ventanas que se abran en algún lugar, quizá remoto, quizá de forma sutil o apenas perceptible. Pero esas ventanas de hoy —os lo puedo asegurar—, con paciencia y cariño, mañana se convertirán en jardines y paisajes, en una colección infinita de matices y texturas, de universos trenzados.

Sólo hay que querer atreverse a abrirlas. Sólo hay que abrirse a dejarse atravesar.


Chinchín.

La Vermutera