#008 LA CHICA DE LA CARA OVALADA

Allí donde solía(mos) gritar.

Ovalada era su cara, ovalados eran también sus ojos. Ovaladas sus ideas, sus sentires e ilusiones, que empezaban y nunca sabías cuándo iniciarían un éxodo del contorno natural de las cosas, y comenzarían a achatarse para, quizá, nunca regresar.

—Paula —solía decirle.

Ella levantaba la cabeza con el pelo recogido en un lápiz que dejaba sueltos más mechones de los que atrapaba, y me miraba de esa forma con la que miraba al mundo —escudándose tras una media sonrisa de niña, como si todo lo que hubiera dicho o estuviese dispuesta a decir mereciera una reprimenda—.

—¿Pones otra vez la canción?

Le daba al botón con suavidad y de nuevo sonreía, y toda su cara sonreía con ella: sus hoyuelos, sus cejas marcadas, su lunar en forma de caracol, sus rizos negros, que caían y caían en una cascada imposible que nunca parecía querer parar de mojar.

¿A que no sabes dónde he vuelto hoy?

Donde solíamos gritar

(…)


Podíamos escucharla en bucle durante horas; ella tarareando sin parecer darse cuenta, yo en silencio evocando a cada verso una imagen distinta a su lado. Es lo que tienen las canciones de mensaje abierto, puedes ser capitán de un nuevo barco cada día, decidir no anclarte a un puerto fijo, verlos todos como un lienzo en blanco, paraíso fértil a conquistar. Pero, si había una constante en cada uno de esos viajes, es que ella era mi Ítaca y que, como canto de sirena, en algún momento me invadía la sensación —densa, pegajosa— de que era tan mía como cerca estaba de perderla.


Paula encontraba en mi habitación su espacio seguro. Cuando llegaba, bajaba la persiana hasta la mitad y se quitaba la ropa. Hablábamos de todo y de nada, hacíamos el amor, debatíamos sobre si las monjas de la residencia también follaban, jugábamos al juego más difícil del mundo y nos pasábamos la noche planificando viajes a lugares remotos que sabíamos que jamás haríamos, pero nuestro era aún el derecho a soñar.

Hasta conocerla, nunca me había planteado que pudiera gustarme lo mismo que a alguien pero al revés; es decir, desde otro punto de vista: a mí me encantaba la música, a ella bailar; a ella la palabra, a mí escuchar; a mí la playa, a ella sumergirse en las profundidades; a ella la inclinación imposible en v de mi labio, a mí sólo si la utilizaba para besar.

Entre esas tres paredes y media —no nos poníamos de acuerdo en la forma de contar— nada de lo que existía fuera parecía ir con nosotras. Allí nos alejábamos del ruido, del asfalto, de los fantasmas del juicio. Sólo el abedul plateado del jardín nos observaba entre los escasos centímetros que separaban la persiana de su ocaso.

Entre esas cuatro paredes —eran cuatro— la curva de su espalda se curvaba sobre la mía en un lenguaje que sólo ellas podían descifrar. Y se quedaban así durante horas, una junto a la otra, en aparente silencio, en la aparente armonía de quien no necesita verbalizar.


A veces, mientras yo dormía, Paula aparecía de madrugada con los pies descalzos y encendía el flexo con la precaución de que primero me diera de pleno sobre la cara, para luego hacerlo girar con lenta rapidez hacia los mil y un cachivaches que traía —cartones, pegamento, bloques de gelatina… primeros esbozos, en fin, de lo que algún día acabaría convertido en edificios, pabellones o piscinas municipales—.

Yo fingía seguir dormida y ella fingía manipular sus cosas con tacto, pero en realidad —lo sabía ella y lo sabía yo— me quedaba mirándola toda la noche, aunque sólo pudiera verla de espaldas. Prefería enmendar de esa forma las costuras que aún no quería romper. Para qué hacerlo todavía. No era ningún secreto que no había plan —eso también lo sabíamos las dos—, tan sólo ese ahora que procuraba estirar y estirar como un chicle.

Alguna vez me habían dicho que el tiempo no es lineal, que el pasado está mezclado con el presente y el futuro, que todo sucede a la vez en todas partes, que somos regresión, proyección y carne. Aunque todo me sonara a chino, sólo entonces, tumbada sobre la cama, optaba por tragármelo y creer —y sentir— que ese instante podría albergar toda la eternidad. Así que la miraba —como quien decide mirar hacia el cielo para evitar así el suelo y su barro, su alquitrán derramado en cualquier lugar— y, al hacerlo, todas las células de mi cuerpo danzaban, subían y bajaban, se entretenían caprichosas en ese soñar. Después, ella apagaba el flexo, me daba un beso entre sombras y volvía a perderse al otro lado de la puerta.

A la mañana siguiente solía verla correr por los pasillos con algo enorme entre las manos, haciendo equilibrismos para evitar que la maqueta se cayera y tuvieran que declarar la urbanización zona catastrófica antes incluso de entregar las llaves. Paula parecía vivir en ese estado permanente que es la prisa, la creencia estéril de tener siempre algo urgente de lo que ocuparse. Y, quizá, sólo cuando lo hubiera hecho, cuando hubiera satisfecho esa necesidad venida del cielo o de la tierra —la verdad, no me importaba—, regresaría a mi persiana medio bajada, a la visión de aquel árbol que ya había empezado a mudar de color sus hojas, a las sábanas recién lavadas, a la mesa despejada por si en algún momento sus carpetas gigantescas decidían desplegarse en ellas, a mi abrazo siempre cálido, a las preguntas que nunca formulé.


Lo nuestro fue un amor de verano que duró todo un año. Un tiempo entre paréntesis que se volvió libro. Un oasis de los que aparecen sólo cuando estás lleno y se esfuma justo cuando más tienes sed. Por aquel entonces creía —lo sigo haciendo, pero antes un poquito más fuerte— que el amor era placenta, expresión y meta. El lugar a partir del que todo nace y se manifiesta; la caricia a la que también se ha de retornar. Paula se llevó consigo una parte de mí que estalló y siempre quedará en ella. Pero, cada vez que lo pienso, cada vez que me planteo si volvería a hacerlo, si volvería a romperme a conciencia por amar así, sé que lo haría sin dudar. No hay memoria en las emociones que se renuevan tras un nuevo comienzo.

Y en los hierros que separan

La caída más brutal

Siguen las dos iniciales

Que escribimos con compás


La mañana de junio en la que todo se hizo invierno, Paula vino a mi habitación a despedirse. Los últimos exámenes habían acabado. Volvía a Pamplona a pasar las vacaciones. Seguramente, dijo, iría a menudo a bañarse en el Urederra a su paso por Zudaire. Hasta por allí los últimos veranos se habían convertido en un infierno. Me prometió que se acordaría de mí cada vez que se zambullera en el agua, cada vez que viera a alguna monja o escuchara la canción. No contesté. No hizo falta. Mi cuerpo entero la rodeó en un abrazo. Aunque lo intenté, no fui capaz de llorar. Ella —por razones quizá diferentes a las mías—, tampoco.

La vi atravesar el jardín con su maleta roja desde la ventana hasta que su silueta se perdió al doblar la esquina de mi horizonte. El abedul me miraba frente a frente por primera vez, de cuerpo completo y presente. Qué jodida ironía. Al final sólo habíamos quedado los dos: mirón y observada, observada y mirón. Decidí bajar y me detuve junto a él. Sus ramas estaban cubiertas de flores sin pétalos. Me parecieron de una belleza silenciosa, de esa que no se atreve a molestar. Toqué su tronco y le pedí permiso para hacerlo. Pensé que aquella sería mi forma de crear déjà-vu, de robarle por una vez al tiempo una oscilación que lo sacara de esa linealidad forzada. Quise creer que me lo concedió.

Cogí entonces el compás del estuche y grabé nuestras iniciales.

La P más gruesa que la M.

Las dos clavadas hasta la raíz.

Allí.

Donde solíamos gritar.

Allí.

En el lugar exacto al que me transporto cada vez que quiero recordar.


Chinchín.

La Vermutera