#009 LA INDOLENCIA DE UN ADIÓS

El instante justo que precede al después.

Esta tarde me he venido a tomar un café a La fábrica de hielo. Me gustan sus sillones mullidos, ese aire de cuidada decadencia, la armonía de las horas intempestivas. Es todo lo que busco en los últimos tiempos: calma, comodidad, atisbos de rebeldía taciturna. Reconozco estar volviéndome toda una viejoven. Pero, oye, tampoco voy a negarme lo que me apetece. ¿Para qué? Menos a estas alturas.

No estoy sola por aquí, sin embargo. Una pareja —lozana, unos veinticinco— está sentada a tres o cuatro mesas de distancia. Parecen estar rompiendo. Ella es la que lleva la iniciativa, aunque tampoco tanto; él la mira sin poder creerse lo que ocurre. Yo —que me perdonen los dioses— agradezco tener a mano en este momento mi cuaderno que, sin haberlo pedido, se acaba de convertir en testigo indirecto de la vida misma.

Supongo que serán los efectos de serenidad y concordia del aroma del café —qué narcótico bienestar—, pero me da la impresión de percibir todavía amor en la forma en la que se miran, la delicadeza con que se tocan e intercambian pareceres; también en cómo callan. En su lenguaje no verbal sigue habiendo todo tipo de intangibles; sensación de hogar, de estar cobijados aún por la misma manta.

Soy consciente de que carezco de la totalidad del contexto y de que la cosa no va conmigo, pero, ¿de verdad es más fácil el adiós? ¿Nada que una charla a corazón abierto, vacía de egos y otros adornos de la mente pueda arreglar? No puedo evitar pensar en la de veces que nos habremos rendido al «este es un perdido, aquello no tiene remedio» estando sólo a una conversación, a un simple abrazo, de que el perdido encuentre su brújula, de que la situación destinada al más cruel de los abismos florezca de repente sobre capas de nieve.

Así, una tarde cualquiera en un lugar cualquiera ante una situación cualquiera, caigo en la cuenta de la indolencia encerrada en un adiós. Sí, no encuentro otro apelativo que le haga más justicia: el adiós es indolente.

Despedirse es dejar de intentarlo, dejar de pedir postre para compartir, pasar de hoja, desear que no haya más. Porque lo contrario —arreglar las cosas—, cuesta lo suyo. Cambiar requiere un esfuerzo. Y no me parece que estemos siempre dispuestos a ello. Menos ahora en la época del todo a un click.

Por eso, más allá de diccionarios y RAEs, no creo que lo opuesto a la indolencia sean el entusiasmo o las ganas. Tampoco un trampantojo barato que cambie de forma y color la realidad con tal de seguir. Lo opuesto a la indolencia es la resiliencia, los ojos bien abiertos, saber a qué te enfrentas, comprender lo que está en juego, elegir batallar aunque hayas perdido las fuerzas —nunca la fe, sin fe la lucha no tiene espacio ni razón de ser—, reconocerte a ti al fondo de cada paso, de esa decisión que acaso es una forma de vida.

Levanto la cabeza del cuaderno y observo de nuevo a los muchachos —cabizbajos, con la voz quebrada pero el alma aún en fuego— y me es imposible no reflexionar sobre las veces que esa indolencia me habrá llevado —a mí también— a abandonar, a decir basta. Llego a la conclusión rápida de que, definitivamente, no ha sido así en el terreno del amor. Ahí siempre he dado la cara. Como buena serpiente —la astrología china es un pozo de sabia precisión—, he analizado cada conflicto desde el flanco izquierdo y el derecho, he excavado túneles y hasta me he montado en helicóptero para comprobar si lo a simple vista sólido seguía siendo así y el vértigo, por tanto, sólo era producto de mi imaginación.

Sin medias tintas: he preferido llevarme la cornada a creerme ver el toro. Pero ya se sabe que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y a las serpientes nos gusta tanto enredarnos en nuestra música que no nos importa que el faquir ande ya dándole a la flauta en otra ciudad. (Esto tiene lecturas múltiples más allá de la evidente, pero no es momento de entretenerme en ello).

Donde las serpientes —o al menos esta que escribe— dejan antes de escuchar la música y se entregan a cenar sin reservas en la mesa de la indolencia, es en ese jardín —exótico, salvaje, por momentos circense— que es la amistad. Admito haber dejado caer torres de todas las alturas cuando he juzgado el caso por imposible o cuando, directamente, he sentido que no me apetecía más. Hay gente que, llegado el momento, no. Bien porque han demostrado —una, dos, mil veces— fallar más que una escopeta de feria —ya es difícil—, bien porque lo de tenerte en consideración no va con ellos, bien porque te chupan el alma, las vísceras y la cartera, todo a la vez y en todas partes.  Son personas que, simplemente, dejan de tener cabida en ese espacio sagrado que debe ser tu núcleo seguro. Y entonces te rindes a la idea de que amigos hay por todos lados y que, si no es este, pues bien será aquel.

Pero, ¿hasta qué punto la indolencia del adiós no es en realidad una medida de autoprotección? «Tal vez un diccionario no tenga dónde hallar cuándo la indolencia es simplemente indolencia y cuándo es dignidad», diría Bécquer sobre el asunto. A veces, las líneas rojas son un oasis disfrazado de desierto. Un terreno en apariencia árida por el que luego la luz se abre paso. Decir no cuesta, requiere trabajo, pero en el fondo sabemos que el posterga un camino de tinieblas y espinas por el que ya no nos apetece transitar.

En nosotros queda la tarea —enorme— de evaluar lo que hay más allá de cada situación. Si, en definitiva, un esfuerzo más —una llamada, un perdón, una nueva oportunidad— merece la pena, o si la pena es todo lo que encontraremos en esas coordenadas del globo terráqueo, ya llueva, truene, o brille un sol eterno. Las relaciones humanas son un rompecabezas. Por eso a veces compensa pulsar el botón de apagar, dejar reposar a la maquinaria que piensa y amplificar la frecuencia del instinto. Ese nunca falla. Ese no duda del camino.

Quedarse o irse; marcharse o permanecer. Al fin y al cabo, quizá sean las dos únicas dimensiones de la vida y, el resto, sólo una expresión de lo mismo.

Las patas de las sillas rechinan contra el suelo. Los muchachos se ponen de pie y caminan hacia la puerta. Parece que van a despedirse, que todo está abocado a un final. El chico se coloca frente a ella. No sabe si darle un beso o dos. La chica rompe el hielo y lo envuelve en un abrazo. Quizá dura menos de lo que ambos querrían, pero sin duda más de lo que mi termostato emocional es capaz de soportar hoy. Sus cuerpos se separan al fin. Ella toma el camino de la izquierda; él se queda inmóvil unos segundos con la vista clavada en la silueta que se aleja hasta que decide emprender también su marcha por el lado contrario.

Luego, sólo silencio. Frío cortante. Vacío existencial.

—Y eso es la vida —dice el camarero desde detrás de la barra—. A veces somos tontos y otras kamikazes.

La verdad es que no sé qué es tonto ni qué kamikaze en este tipo de historias, pero decido —no sin esfuerzo— que tampoco voy a salir detrás de ellos para averiguarlo. Hasta para eso hay una edad.
Con el boli algo encogido, regreso entonces a mi café, al que le ha salido ya alguna estalactita típica de los mares antárticos, y a las incontables notas que he acumulado —frases enteras, hechos contrastados, sensaciones libertinas, garabatos desordenados—. Me doy cuenta de que tengo material para rato. Aunque es una alegría efímera. En algún lugar dentro de mí sigue lloviendo, el cielo ha perdido su azul.


De repente, unas zancadas resuenan como tambores de acero en medio de esa atmósfera ahogada. El camarero me mira desconcertado. El sonido se hace más y más fuerte. Los dos volvemos la cabeza hacia la puerta y vemos pasar al chico a toda velocidad en la dirección por la que ella se ha perdido.
¿Tonto o kamikaze? ¿Kamikaze o tonto?

La disyuntiva vuelve a acecharme. Sigo sin tener ni idea. En cuanto se me quite esta sonrisa boba lo pensaré un poco más.


Chinchín.

La Vermutera