#010 DONDE NADA PARECE Y TODO ES

El precipicio al que nos debemos asomar.

Últimamente la novela me aburre. La ficción se me ha vuelto insulsa y tiro con frecuencia por la autobiografía o el ensayo, las lecturas que le cortan la maleza a la psicología humana y demuelen las catedrales de tres naves y arcos ojivales que hemos erigido sobre nuestro corazón.

Busco comprensión, verdad, propósito. Huyo de las trescientas páginas vacías de realidad y mensaje, del entretenimiento barato de barra de bar. Todo tiene sus ciclos y cada ciclo tiene su lenguaje. Los hay que te hablan en tu lengua materna y otros que se comunican de una forma de la que no entiendes un carajo, pero que tiene algo que te atrapa, un tono o una cadencia por los que decides enfrentarte al reto, poner la trompetilla y a ver de qué te acabas por enterar.

Y la vida susurra. Lo desconocido sabe gritar. Observas, abres los sentidos y la brisa de lo nuevo empieza a azotar.


Casi como le sucede a Hans Castorp en La montaña mágica, la novedad ha venido acompañada de un extraño ardor en la cara. He dejado de apreciar el sabor de los puros que solía fumar. En la mía, en esta montaña mágica que se ha convertido en refugio, han emergido obras (Siddhartha, Las voces del desierto, Muchas vidas, muchos maestros) que han calado hondo y resquebrajado estructuras sobre las que levantaba mi forma de vida, los pasos que daba en este transitar. Lo que había antes ya no existe. Sinapsis voluntaria. Ciclogénesis explosiva. Archivo corrupto. Fisión del núcleo.

Llegué a sus páginas gracias a mi amiga Sofía, que hace honor a su nombre y es puro saber. Pero es una sabiduría que no asedia, silenciosa, desnuda de moralismos y de la pretensión de instruir. Sofía, cual Frida Kahlo, da simplemente unas pinceladas del camino —como si fuera fácil— y ya es cosa tuya si lo recorres o no.

A través de estas lecturas he comprendido —porque comprender va mucho más allá de entender— que todo aquel que se abre acaba por escuchar la llamada del propósito. Todo llega a su debido tiempo. Todo tiene su razón de ser. La vida susurra, sí, y también da collejas hasta que cogemos la ruta que nos corresponde. La casualidad no existe. La causalidad inunda cada esquina, cada mirada, cada aproximación. Tenemos la posibilidad de regresar a lo que fuimos antes de lo que ahora conocemos. Tuvimos otras vidas. Y, desde esta, somos capaces de evocarlas, de sentirlas, de averiguar el origen de la herida que hoy supura. En nosotros habita una infinidad de posibilidades; lugares sin tiempo a los que podemos acudir desde cualquier forma.

Descubrí también que las tribus de aborígenes, aquellos señores que nos empeñamos en imaginar con taparrabos y cerbatana como si eso les invalidara para el objeto de saber, llegan a comunicarse entre ellos por telepatía. Por telepatía. Pero no comunicaciones ligeras, no, sino conversaciones con un nivel de detalle que ya quisieran los jeroglíficos egipcios. Ellos saben vivir en armonía absoluta con el medio que los rodea. Conocen su funcionamiento, la misión de cada elemento. Es una conexión que no deja huella, pero sí penetra; se asocia, se reconoce, camina junta. Son además maestros de la medicina más esencial, la que cura sin invadir, conecta puntos, suelda roturas, dialoga con la armonía del alma para que regrese al cuerpo.


Cada vez que un descubrimiento así me desarticula el cerebro, paro para tomar distancia. Medito. Enlazo. Proceso. E inmediatamente me invade la frustración de saber que vivimos de espaldas a la verdad. Entretenidos. Distraídos del fundamento. Enjaulados en miedos. Envueltos en la capa permanente del estrés. Alejados. Enajenados.

Nos han hecho creer que la vida son logaritmos neperianos, análisis de datos, política, inversiones, inteligencia artificial. Nos han obligado a arquitecturar nuestra existencia en torno a un elemento —el dinero— que la cuantifica como objeto de intercambio en lugar de como vehículo de aprendizaje, entendimiento y transmisión.

No hace mucho, mirar hacia dentro era para mí un ejercicio de absoluta temeridad: telarañas, abismos, piezas por encajar. Ahora, lo que me ahoga no es mirar adentro, sino hacerlo hacia fuera. A veces siento la tentación de abrir la ventana y gritar que la vida es algo más serio y valioso que un puto bono del tesoro. Pero, ¿quién iba a escucharme? ¿quién no lee esto sin que una parte de su cerebro le advierta un cuidado, por aquí no es? Se trata de la reacción automática del inconsciente cuando algo se aleja de lo que siempre ha creído saber: echarlo abajo, hacerlo trizas. Por eso es importante reconocer su modo de empleo: el inconsciente es ególatra y sólo le abre la puerta a lo conocido porque lo contrario podría poner fin a su tiranía.


Para mí, más allá del decorado, del punto de vista, la necesidad de volver a lo esencial resulta cada vez más evidente. No me cabe duda —porque la realidad se empeña en recordármelo una, dos, mil veces al día; en ocasiones con cierta amabilidad, otras en forma de diente perdido en algún tatami— de que esto va de relaciones, de enseñanzas, emociones, reacciones y comportamientos, del contacto con todo lo que también tiene vida sin ser humano (la naturaleza, el cosmos, los animales); esto va sobre lo que hay más allá de nosotros mismos, de la piel que nos envuelve, de la sangre que bombea.

Por alguna serendipia o capricho del destino ocurre que, de pronto, a través de una lectura, situación, conversación o sueño —yo qué sé—, lo que siempre ha estado cerrado se muestra eterno, ilimitado. Y ahora me doy cuenta de que esos son los momentos. Ahí están las respuestas. En la incomodidad de esos pasadizos reside la maldita magia del vivir. Ahora ya lo sé, ya lo he comprendido.
Descubrir que existe esa otra mirada desde la que poder observar el mundo es un viaje sin retorno, similar a cuando te conviertes en mamá, cuando descubres que los Reyes Magos son los padres o cuando escribes tu primer poema. Tras eso, nunca hay vuelta atrás. Es un viaje en apariencia estático porque no cambias de sitio —el tren más bello, dicen, es el que no va a ninguna parte—, sigues con la misma taza de café, respirando la furia, el humo y el ruido del asfalto, pero que sin embargo te aleja cada vez más de la carne y el vicio de los círculos en los que antes te enredabas. A partir de ahí comienzas a desconocer gran parte de lo que creías conocer de memoria —personas incluidas; a ti mismo también—. La perspectiva se hace ancha. Las creencias dan un vuelco. Lo que era sólido comienza a transparentar. Supongo que eso debe ser lo que llaman el precio de la verdad.


Asomarse a ese precipicio es a lo que hemos venido. Nuestro verdadero equipaje no tiene peso. Hay que buscar la forma de parar, de romper las barreras de lo evidente.
A veces, alargar las noches es el mejor favor que podemos hacerle al día. Cuando la luz se oscurece, es la magia la que se abre paso. Y entonces el telón cae. La máscara se vuelve rostro. No hay nada más real que la versión de nosotros mismos a las tres de la mañana; libre de condicionamientos, abandonada al simple hecho de ser.

Deseo que lo hagamos pronto: entregarnos a lo desconocido para hallar el verdadero sentido. Tiene que ser así, envueltos en la cálida piel de la noche. Donde nada parece y todo es.

Y que la causalidad nos pille mirando a las estrellas…


Chinchín.

La Vermutera