#014 LA TROMPA DE LA FELICIDAD

No es una errata (es un e-lefante).

Hace cosa de un año, una amiga vino a verme al fortín infinito que es mi casa —mi Ítaca, mi Estrella de la Muerte Vida, mi Ínsula Barataria. Desde que me habían diagnosticado la enfermedad, solía aparecer dos o tres veces por semana para hacerme compañía. Nos echábamos algún juego de mesa, merendábamos muy dulce, me hacía algún masajito furtivo, veíamos una peli en nuestro ya ilustre «Cine de barrio» o nos contábamos chorradas. A veces —los días mejores—, bajábamos al parque a tumbarnos en la hierba, junto a una rosaleda enorme. Otras —los no tan mejores—, simplemente estábamos la una con la otra, en calma, sin decir nada, aunque eso para ella fuera algo peor que un martirio —creo sinceramente que en Colombia entrenan en secreto a la gente para acabar con la humanidad a base de una nutrición excesiva del conducto auditivo ajeno.

Cuando le abrí la puerta aquel día, supe que ese no iba a ser uno de los mejores. No por mi parte, por una vez, sino por la suya. Entró dando pasitos muy cortos, casi con vergüenza, y fue a sentarse directamente en mi Babieca —creo que los mortales lo llaman sofá. Sin apenas hacer ruido, esperó a que me pusiera junto a ella y pasó lo que había venido a pasar. Primero, un baño de lágrimas. Después, un tiroteo de palabras, porque la palabra que sucede a la lágrima siempre penetra en el alma así, a bocajarro, y la cubre de un olor a pólvora que se queda pegado a ella por un tiempo.

Las cosas en su vida parecían haber tomado rumbo hacia lo desconocido. Aunque tampoco daba la impresión de que hubiera plan de ruta. Desde que había llegado a España hacía unos dos años, compartía piso con gente que no conocía y a la que seguía tratando de poder llamar un día familia. No estaba siendo una tarea fácil. Acababa también de cambiar de trabajo después de soportar —durante un tiempo demasiado largo— una especie de califato en el que ella era poco más que un jarrón y su jefe, el heredero moral de Abderramán III —oros y brillantes imaginarios incluidos. Estaba convencida de que cualquier cosa que viniera después de aquello estaría bien, pero en el nuevo sitio, aunque el cambio de gente había sido espectacular, le pagaban una mierda y eso le había llevado a esa gran tragedia griega que es la falta de confianza e identidad. Había dejado de reconocerse en la mujer que aparecía al otro lado del espejo. Sentía que no valía nada. Que no era capaz de nada. Que no encontraba su sitio porque, simplemente, no sabía quién era. Aspiraba, no ya a ser feliz, sino, simplemente, a que una voz apareciera y le dijera dónde debía estar, qué hacer. Me aseguró, muy seria, que la obedecería sin rechistar, porque esa sensación de estar en medio de un barco en el que no había patrón ni marinero ni popa ni proa ni acaso timón la estaba ahogando.

Al terminar, le miré muy despacio a los ojos, que es el lugar que continúa hablando cuando todo está en aparente silencio. Desde ahí, pude asomarme a una capa más profunda de su dolor. Acaricié su sensación —áspera, fragmentada, irreal— de pertenecer a una vida que no le pertenecía y acabé de entender todo lo que tenía que entender. En el núcleo de su malestar no se encontraba la falta de un mayor abrazo social, sino de identidad por culpa del trabajo. El no ser lo que «se estaba destinado a ser». Era eso: el maldito trabajo. Y entonces, me di cuenta de que en realidad no había entendido nada. Ni de su relato, ni de lo que pintamos aquí. ¿Cómo podía sentir que no valía nada cuando a mí me había salvado la vida durante todos estos meses? ¿Cómo cojones podíamos estar todos tan desviados del foco?

Me levanté con un encogimiento de corazón (mal) disimulado y volví de la cocina con dos vermuts bien cargados —he de reconocer que aprovecho cualquier excusa para hacerlo. Por alguna extraña razón, brindamos. El alcohol tiene el diabólico poder de celebrar lo que, por medio de ese simple gesto, convertimos en parte ineludible del que tenemos al lado: nuestra alegría, nuestra incertidumbre, nuestras ganas de que la rueda deje de girar. Le apreté la mano con suavidad y le dije que, de forma alguna, el trabajo que tenía ahora o que tendría en el futuro la definiría como persona. Que eso no era lo que le daba valor. Le enumeré la cantidad de cosas que había hecho por mí durante este tiempo de manera desinteresada y presté especial atención a que comprendiera, en lo más profundo de la expresión, lo que para mí habían significado. Un mundo. Una galaxia. Una jodida constelación. Eso era (es) lo que en realidad importaba. Eso era, a decir verdad, lo único que importaba. Nuestra impronta, nuestro legado más auténtico.

Cuando esas palabras retumbaron contra el techo del salón, miré a izquierda y derecha para saber quién coño las había pronunciado. Desde luego, no había sido yo. No lo había sido porque yo también había estado —y acaso todavía estaba— en el mismo punto que ella. Bajo el yugo de esas ínfulas de prestigio basadas en la productividad de la sociedad del XXI: «Vales lo que trabajas; eres aquello en lo que trabajas». Yo también seguía atrapada en la profundidad de ese fango. Con el trabajo perfecto —un trabajo que había sido más perfecto cada vez—, y que tanto me había esforzado en conseguir desde niña. Yo había elegido libremente ese camino, era cierto, pero en mi voluntad faltaba una pizca tonelada de profundidad, de comprensión, de propósito. Faltaba, sobre todo, algún tipo de sonda que conectara la realidad con la verdad de mi alma.

Y, de repente, la violencia de esos latigazos. Dos golpes que penetran y sacuden un lugar de mi conciencia donde juro no haber estado antes: «Tu trabajo no te define como persona. Eres más allá de lo que haces, de la etiqueta con la que la sociedad te clasifica». Tan fácil que daba vergüenza no habérselo creído antes. Porque no, no me lo había creído. Ni siquiera lo había sabido ver. Pero en ese momento lo vi. Claro como el mar en Tahití. A veces ocurre que el conocimiento ya está dentro, pero los clicks llegan en la forma y momento que menos te esperas. Como si la comprensión hubiera aguardado todo el tiempo metida en una caja hasta que la banalidad se decidiera a sacarla.


Entonces me acaloré, se me abrieron los ojos, las venas, la vesícula biliar y las entendederas. Ese click pasó inmediatamente a ser parte del clack de las cosas hasta entonces desconocidas que ya había comprendido y que conformaban mi nueva visión del mundo; correcta o incorrecta, quién sabe, pero, desde luego, (creo) un poquito más auténtica.

Pensé en el dichoso «¿a qué te dedicas?» que irrumpe a las primeras de cambio en cualquier conversación casi a modo de saludo. Como si eso reflejara con fidelidad el mapa de lo que somos ante un extraño. Después de eso, no hace falta añadir nada más. «Este señor es médico». Pues médico es. Y ya está. «Buenas tardes». «Buenas tardes, hasta otra». Pero a ese extraño que ya parece saberlo todo sobre ti —me refiero a ti mismo— le diría que sí, que podrá gustarte mucho tu profesión, pero que eso no es lo que eres en esencia. Ejercer de médico es lo que haces con tu tiempo. El valor detrás de lo que haces es (parte) de lo que en verdad eres —evidente, por ejemplo, en el caso de un médico. Pero luego llegas a casa, te quitas los zapatos, te tiras al sofá y, ¿no pasa nada más porque eres médico? ¿No te emocionas con una película, con una canción? ¿No te pasas horas jugando con tu hijo o tu perro? ¿No meditas y transitas por lugares en los que sientes que has estado siempre? ¿No hablas de todo y nada en la carnicería con quien pasa por allí? ¿No ayudas al camarero que ha tirado la bandeja al suelo? ¿No disfrutas introduciendo la mano en la tierra mojada mientras cuidas de tus plantas? Como ves, amigo, no eres médico, eres mucho más. Infinitamente más. Pero sólo te identificas con lo de ser médico. Y eso evidentemente viene de una semilla en tu cerebro que no has plantado tú. Quizá el Mito de la Caverna esté más vivo que nunca. Seguimos creyendo que lo que los demás proyectan —sobre nosotros, pero también sobre ellos— es la realidad.

Esto se vuelve más evidente en el caso de personajes famosos. Admiramos a deportistas o actores como si fueran superhumanos y, al menos de cara a la galería, lo único que son es muy buenos en su trabajo. Luego, como dice Jabois, puedes dar un paso y ver que son unos mierdas. Por eso hay que moverse siempre. Por eso no hay que quedarse únicamente con la primera percepción.


El concepto de felicidad que nos venden no sólo es una trampa, puro artificio, sino, y, sobre todo, una trompa. Tan grande que nos impide ver el cuerpo del elefante, y eso que se encuentra justo detrás y no es precisamente discreto. Pero la trompa siempre delante, que no se espante. Como si fuera un tobogán largo, pegajoso y empinado —¿de nuevo la sombra alargada de un sistema falocéntrico y patriarcal?— por el que nos deslizamos sin parar a lo largo de la vida, esperando encontrar en el camino lo que buscamos. Nos tiramos, llegamos abajo —con la pierna rota, un contrato de trabajo, un coche nuevo, un bypass, una mujer, dos colonoscopias, unas vacaciones en Hawái, una casita de verano en la costa— y vuelta a arriba para saltar otra vez a ver qué conseguimos en este viaje, que por supuesto tiene que ser mucho mejor que en el anterior.

La realidad es que estamos cagados de miedo y, decididamente, faltos de identidad, por eso buscamos contratos y trampantojos que nos aporten algo de seguridad. Externalizamos la felicidad en objetos u objetivos —la casa, casarse, ser jefe, dar hijos al mundo cual manzano da manzanas— como una empresa externaliza su IT a la India. Pensamos que, cuando ya hayamos obtenido esto o lo otro, la felicidad llegará. Y la desilusión se vuelve enorme cuando, al conseguir esas cosas, nos seguimos sintiendo tan vacíos como lo estábamos antes. Entonces, buscamos desesperadamente una nueva fuente de felicidad, otra meta que por fin nos complete. Desviamos la atención hacia nuevas experiencias en lugar de presencia en lo conocido. Y eso conlleva picos de gratificación inmediata que nos dejan desnudos al segundo siguiente.

La felicidad no está en nada de lo que nos han inculcado, por la simple razón de que nosotros no somos nada de eso. La felicidad no es un estado perpetuo de éxtasis. Es más bien un estado del ser que no depende de circunstancias externas. Es algo que nace y se cultiva dentro de nosotros. Para ser sincera, la felicidad, como tal, para mí no existe. Se asemeja más a una calma, una serenidad que parte de la aceptación. Aceptar que la vida es imperfecta, que nosotros somos imperfectos y que no pasa nada por eso. Que la verdadera felicidad no se encuentra en la ausencia de problemas, sino en nuestra capacidad de enfrentarlos con entereza. Llegar ahí requiere introspección y tiempo. Mucho tiempo —gracias, queridas enfermedades incapacitantes. Pero quizá sea el ejercicio último de nuestro paso por aquí: arrancar la maleza que nos rodea, apartarse de los preceptos sociales, llegar a conocerse sin trampas, dejar de ser extranjero de uno mismo, descubrir lo que en esencia nos importa, nos mueve y conmueve, nos aporta sincera completitud.

Ahí reside el principio de todo. Retirar la mirada del mundo para centrarla en lo que hay más adentro. Volver a lo sencillo. Convertirse de nuevo en un pedazo sin tallar. Reconocer en nosotros el espacio en el que todo sucede. Dejar de buscar para encontrar. Dejar de hacer para, por fin, ser. «Lo pesado es fundamento de lo leve. La quietud es la señora de la acción». Bienvenidas sean las supuestas desgracias, que, sin nosotros saberlo, nos sitúan un pasito más cerca de la verdad.


Chinchín.

La Vermutera