#015 LO FEMENINO Y LO MASCULINO

En ese orden.

Cada vez creo más que la vida consiste en ir desprendiéndose de cosas en lugar de en llenarse de adornos. Apartar todas las responsabilidades y certezas que nos visten y quedarnos desnudos. Piel con piel. Con propósito y dirección, pero sin equipaje ni excesos. Como pedazo sin tallar. Como lienzo en blanco. Abrazar la intención de rendirse a lo sereno, a lo que fluye y a lo que es. Despojarse a paso ligero de bultos con cierta voluntariedad; también, dejarse sorprender cuando son ellos los que toman la iniciativa de abandonarnos a nosotros. Porque sí, hay veces en las que el misterio tiene una imagen clara de lo que nos sobra para avanzar, aunque no nos hayamos dado cuenta todavía.

Esto es lo que me ocurrió hace poco. La realidad me invitó a tomar consciencia de la penúltima de mis máscaras —que anda por cierto en proceso de emancipación. Lo hizo cuando precisamente lo que buscaba era encontrar, no desprenderme —de nuevo la eterna paradoja del buscador; y es que es un hecho: encuentra más el que se deja hacer. Pero, no importa cuántas veces nos hayamos atrevido, siempre cuesta dejar ir. Ante lo inevitable, ante lo insoportable, la necesidad de soltar se niega. Cuanto más cerca se antoja el abismo, lo antes quizá desapercibido de pronto se vuelve rotundo. «Ese no soy yo; eso no hace ni falta que lo cambie porque, total, tampoco es tan importante». Y así me encontré, aferrada con pies y manos a ese algo, apretándolo contra mi pecho como al hijo que está a punto de partir.

El primer aviso vino en una limpieza de chakras. Cabe mencionar que tengo el cuerpo tan malito que cualquier cosa que me limpien, abracen o masajeen la siento como un oasis en medio del Atacama. Tras muchas averiguaciones —algunas curiosas, otras inverosímiles (por muy ciertas), todas interesantes—, recibí el consejo de equilibrar mis energías femenina y masculina. Ante semejante idea, mi ojo derecho se abrió como ventana en mayo. Al parecer, estaba viviendo exageradamente en el lado femenino de la fuerza, lo que, a las primeras de cambio, recibí como los físicos debieron recibir la parábola de aquel mítico gol de Roberto Carlos. Imposible. Cosa de brujería. ¿Qué narices dice esta mujer? ¿Qué pasa con mi lesbianismo crónico, con los días de julio en los que me acuesto a las tres de la mañana por ver hasta los amistosos del Madrid? Inmediatamente pasé al siguiente estadio de la negación, que no es negarse a uno, sino la validez de la propia afirmación. Mi mente agnóstica, científica y romana quiso advertirme de que ese era el clásico más clásico de los consejos espirituales y que mi historial vital —plagado de masculinidades— debía llevarme directamente a desestimar la propuesta. Así que lo hice. Sin despeinarme.

Días más tarde, llegó el segundo aviso. Visita a la ginecóloga. Progesterona alta. «Unos ovarios muy productivos y un útero estupendo» —y yo pensando que a mis treinta y cinco el arroz tenía que estar ya socarrat. Mientras la buena mujer me iba desvelando mis intimidades en esa silla tan incómoda donde toda brisa se vuelve sauna, expuesta como estaba a esa situación de voluntad anulada y vulnerabilidad envuelta en supuesta camaradería, con mi vestido mirándome fijamente desde el perchero —¿de verdad era necesario demostrar mi feminidad en ese lugar?— me vi obligada a creer que algo debía haber de cierto en toda esa historia; en el ver niños y que algo de mi sonría desde dentro; en estar cerca de animales y que me falte cara para seguir sonriendo; en ir a dar siempre con esa mota de polvo que se cuela en el ojo en mitad de la naturaleza; en que hasta algún varón me empiece a parecer sexualmente atractivo. ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?


La historia de la humanidad y la mía propia se pueden resumir en los intentos por encajar femenino y masculino en la misma frase sin que exploten. A veces parece que lo hemos logrado y otras nos estalla el vocabulario en la cara, dejando a su paso regueros de etiquetas quemadas e identidades en busca de dueño. Pero claro, desde el primer día nos dicen (nos decían, mucho) que hay dos equipos en esta vida y que cada uno, con nuestra cuna y nuestro nombre, ya sabemos de qué lado nos toca jugar. Todo viene predefinido, envuelto en papel rosa o azul según lo que haya(mos) salido. Parece obvio imaginar en ese escenario que lo masculino y lo femenino se deben construir desde la simplificación. Lo masculino —el hombre— es la fuerza, la acción, lo directo. Lo femenino —la mujer— es la armonía, la belleza suave y domesticada, la musa, no la artista; la cuidadora, no la guerrera. Listo, ya tenemos el esquema básico. ¿Qué podría salir mal?

Obviamente, todo.

Y, en mi caso, envido dos más, porque ya vemos que sigo aferrada a conceptos rupestres en medio de una cueva. Y todo ello a pesar de haber vivido el fluir de esas dos energías a través de mí desde muy temprana edad; de hecho, desde antes de tener una edad.


A partir de ahora comienzo un relato corto basado en (mis) hechos reales que, como toda apología del egocentrismo, carece de verdad e interés. Lo hago de esta forma pese a no ser muy amiga de lo preciso, y así lo confieso: la objetividad me parece el mayor acto de deslealtad a la literatura y a la vida en general. La fidelidad de la crónica es una alambrada a nuestro perímetro porque, con ella, dejamos de entregarnos, de volar y soñar alto. Me gusta permitir que el presente también exprese lo que le parezca. Más allá del hecho que fue. Pero, en este caso, el hecho dibuja la imagen que me gustaría mostrar hoy. Así que pido perdón por adelantado y voy pidiendo unos vermuts. Invito yo.


Todo empezó cuando mi madre estaba embarazada de mí. Le avisaron de que esperaban un chico. Jorge, me iba a llamar. El Vermutero. El amante de las pelis de Tarantino. El bárbaro. El navegante del Pequod en busca de su Moby Dick aunque a Ciudad Real no llegara ni una gota de mar —¿acaso los hombres no hemos tenido siempre el derecho a ser lo que nos venga en gana con inverosimilitud y alevosía? Poco después, la noticia cambió: no llegaría un varón, sino que lo harían gemelos. Mis padres no daban crédito. Preguntaban. Se aseguraban. Se volvían a cuestionar. Y en medio de tanta cháchara indecisa, decidí aparecer yo. Solita. Para qué compartir.

Por caprichos de ese destino que viró del azul al ¿gris? y luego al rosa en el último momento, mi primer amor apareció en forma de mujer. Tenía cuatro años (yo, ella debía rondar los veinticinco. O quizá fueran algunos más. O menos. En todo caso, seguro, superaba la mayoría de edad). Era mi profe de prescolar. En cuanto la vi entrar por primera vez por la puerta con su pelo rubio alborotado, me invadió la sensación amplia, palpable, de abandonar la clase y que todo se volviera pradera, campo libre, infinidad. Y no dudé. Empujada por el espíritu de Ismael —que todavía no conocía, pero daba igual—, me lancé a la conquista. Dejé de jugar al fútbol en los recreos para quedarme con ella. Le contaba chistes o le recitaba un fragmento de algo (una canción, una poesía, un refrán de los mil que le había escuchado a mi abuela) que, bajo el prisma de una mocosa de tal envergadura, debía sonar muy bien para el objeto de cautivar. Luego venía la hora de la siesta. Yo cogía mi almohadita y me ponía siempre a su lado. La respiración se volvía lenta y a la vez agitada. Su presencia me aportaba paz, pero también gasolina al alma.

La balanza de las energías, en fin, parecía haber caído del lado masculino en esos primeros años. Cada vez que tenía la ocasión de pedir un deseo, era el de convertirme en un niño. Me gustaban el deporte, las aventuras y los videojuegos. En mi casa nunca entraba una muñeca. Me cortaba el pelo a lo chico y me encantaba cuando la gente que no me conocía me confundía con uno. Si jugábamos en el cole a las mamás y a los papás, yo hacía de papá. Si todavía no tenía edad para quedarme sola y tenía que elegir entre irme con mi padre a montar en bici o con mi madre a comprar, aunque fueran cosas chulas, agarraba el pedal y no había de qué dudar. Sentía dentro de mí la fuerza que empuja, que busca y se expande. No había fronteras. Todo era posibilidad.


Pero, aun con cierta complejidad por aquello de ser de esa forma con cromosomas XX en plenos años 90, supongo que hubiera sido demasiado fácil quedarme ahí, así, en ese espacio de convicción, de línea recta. La vida tiene siempre un plan secreto que da la vuelta a cualquier escenario. Con cada pasar de estación, empecé a ir notando más y más en mí algo que se me hacía incómodo. Una especie de antenita que podía captar las frecuencias de lo que sucedía a mi alrededor y que se volvía más incisiva con chorradas como la poesía, la música o los abrazos —también con las cosas más feas: los gritos, el enfrentamiento, el quererse mal. Le estaba dando sin saberlo la bienvenida a la emoción. Cuando aparecía, instalaba en mí su tienda de campaña y recorría cada centímetro de mi ignorancia. Yo le declaré la guerra desde el principio. Deseaba con fuerza que desapareciera, que se fuera bien lejos. Porque pegarle patadas a un balón y llorar de bonito no podían coexistir. Al menos, no dentro de mí. Pero había algo de obligación en aprender a modular cuanto antes con esas fuerzas que entendía como contrapuestas. Así que abrazaba a una mientras dejaba ir a la otra; luego hacía lo contrario hasta que todo se volvía borroso, perdía un poquito la noción de quién era, encontraba consuelo donde podía, y vuelta a empezar. Me costó entender que podía ser rebelde y a la vez sensible; salvaje y ordenada; inquieta pero segura; a veces día y siempre noche. Cada uno de nosotros somos siembra, aire que corre, una explosión de colores. Y, en cuestión de arte —conviene no olvidarlo—, nunca hay opuestos, sólo complementarios.

A partir de ese momento, la fusión se fue haciendo más palpable. Digamos que empecé a hacerle menos caso a los conceptos y sí a lo que se manifestaba. Escuchaba a Laura Pausini y a Linkin Park. Mi cuerpo se esculpía en mármol a golpe de cincel. Escribía poemas de amor en un cuaderno granate que pasó a ser naranja y más tarde verde. Avanzaba con tesón hacia cada una de mis cimas. Esperaba paciente hasta dar con la persona adecuada para iniciarme en las artes amatorias. Celebraba cada gol de Ronaldo como si no fueran a venir otros cuatro más.

Pero en las fusiones, como en la vida, se corre el riesgo de que los elementos retornen a su estado original. Y así ocurrió: lo líquido volvió a su botella y lo sólido, a la tierra. De pronto, lo masculino había adquirido matices con los que ya no quería llenar mi paleta. Mirar al hombre era sentir su agresividad, su hegemonía incontestable. Y no podía evitar querer huir, volar a un exoplaneta en el que eso no existiera y las mujeres pudiéramos simplemente ser en libertad, lejos de roles o etiquetas. Y así fue como la dualidad —esa creencia de que las cosas son blancas o negras, todo o nada, yin o yang— desequilibró la balanza y me hizo decantarme por un lado. Ver el otro como el rival. Agarrar el vestido más blanco y el girasol más colorido para casarme. Vaciarme año a año de certezas y habitar en la duda. No luchar, observar. Adaptarme, no planificar. Ser recipiente de lo que viene, piel que acaricia la suavidad. Abrir espacio a lo introspectivo, encender la luz de la quietud. Nutrir. Nutrirme. Laisser faire, laisser (se) passer.

Hasta que llegó la de los chakras con su espiritualidad. Y la ginecóloga con su ciencia. Y otra vez el boomerang a volar, y los conceptos a estallar por todas partes. Boom. Crash. Cataplún.


Así que ha tocado volver a recomponerlos pedazo a pedazo. A los treinta y cinco, sí. Lo he hecho empleando con soltura el método socarrat por la sencilla razón de que no tengo otro ya: sin ninguna prisa, he tomado un café con ellos, les he mirado de frente y nos hemos dado a la charla. Y, a lo largo de esos intercambios en una mesa apartada de la cafetería de mi inconsciente, creo que he podido comprender al fin su manifestación más profunda, más allá de normas o estereotipos. Porque la realidad es mucho más salvaje, más compleja, más humana. Pero para verla sin imposturas es necesario bajar del suelo, subir del cielo, salir del corsé que impone el precepto y adentrarse en ella sin miedo. Abandonar las creencias en un rincón y dejarse llevar. Abrir el cajón de lo que conviene y cerrar el de lo que ya no. La sencillez y la intuición son las que tienen la llave de la verdad. Y la mía, como la de todos, había estado siempre ante mis ojos: no se trataba de ser más mujer y menos hombre. No se trata (nunca) de elegir. Ningún ser humano es completamente masculino o femenino, sino una mezcla única de ambas fuerzas. Lo femenino y lo masculino, el yin y el yang, vienen a representar principios energéticos más que géneros específicos. No son opuestos en el sentido del conflicto, sino fuerzas interdependientes que se complementan y equilibran.

Si lo masculino (el yang) observa a lo femenino (el yin) desde arriba es porque, para poder alguna vez contemplar el cielo y sus estrellas, necesita verlos reflejados en sus ojos. Lo femenino tiene conexión directa con el cosmos, con lo divino. El yang sólo puede alcanzar su verdadero potencial en colaboración con la energía yin porque, sin la sabiduría que esta proporciona, corre el riesgo de ser destructivo o descontrolado. De la misma manera, la energía yin, sin la chispa del yang, puede volverse estancada o pasiva en exceso. El equilibrio entre ambas fuerzas es lo que crea armonía, tanto en la naturaleza como en el ser humano.

Cuanto más nos hemos acercado al futuro como sociedad, más nos hemos alejado del núcleo de nuestra propia esencia. Crecimos escuchando la historia de dos mundos separados, dos naturalezas que nunca convergen. Y justo ahí empezaba el error: en la trampa de pensar que la vida es una dicotomía, en creer que lo masculino y lo femenino son compartimentos estancos que nunca se tocan. Intentar reducir estas energías a un listado de virtudes o defectos, de géneros inamovibles, es como pretender capturar el viento con las manos. Nuestro paso por aquí es demasiado corto y brutal como para que sigamos interpretando roles en lugar de apreciar su (nuestra) capacidad de simbiosis. Somos un mar elástico de posibilidades, de idas y venidas, de luces y sombras, de aceleraciones y detenimientos que no se pueden clasificar. Y ahí, en esa ambigüedad, es donde reside nuestra verdadera libertad; no en la identificación categórica, no en la convicción enfermiza. Dejemos de intentar explicar lo inexplicable. Démonos la oportunidad: simplemente, seamos.


Chinchín.

La Vermutera