Hay imágenes que no te abandonan jamás; te acompañan al doblar la esquina, al parque, a comprar el pan. También cuando besas, cuando te vas a la cama después de una jornada agotadora, cuando paseas por donde siempre. Hay olores que se quedan pegados a tu piel, en un rincón ignoto entre la dermis y la epidermis donde todo lo que hubo ayer ya no está. Hay, también, sonidos que pasan a formar parte de la banda sonora de tu propia historia y, cuando el silencio ahoga, se vuelven estruendo. El estruendo del alma.
Cuando uno vive la tragedia de cerca, el mundo, la vida, de pronto se hacen pequeños. El perímetro de lo que importa se acota. Las ganas de reír se esconden. La emergencia apremia. El tiempo de ocio en las redes —dichosas redes— deja de ser tiempo y, sobre todo, deja de ser ocio.
Hoy iba a haceros llegar otro texto, pero desde el paso de la DANA por Valencia, cualquier palabra, pensamiento o emoción dentro de mí arrastra kilos de lodo. Pasó igual durante el Covid: la capacidad —las ganas— de crear se paralizaron. No hay lugar para lo nuevo cuando lo viejo duele tanto.
Miro a través de la ventana y, pese a la inmensa fortuna de no tenerlo abajo, yo también veo, huelo, siento el fango. El poder de destrucción de la naturaleza es gigantesco; el de los políticos, ilimitado. Busco entre los vecinos la mirada callada de apoyo, la sonrisa amable que quiere pero no llega a emerger, las manos cargadas de agua, alimentos y material de limpieza dispuestas a salir hacia donde las necesitan, los pantalones llenos de barro de los que ya han estado. Tranquilos, compañeros, vamos hacia allá. Nosotros sí.
Mientras avanza la marea, la famosa cita de Martin Niemöller («Primero vinieron a por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron a por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre») se desinfla porque, cuando la necesidad se vuelve urgencia, volvemos a ser un todo. Aquí no hay nadie que no empuje, nadie que no aporte. El abandono institucional a lo largo de estas calles, casas y gentes sin forma es inmenso, pero el de al lado vuelve a estar justo ahí: al lado. Aunque en los últimos tiempos se haya notado más su ausencia. ¿Qué ha ocurrido para separarnos? ¿En qué momento lo humano se nos volvió ajeno?
Entre medias de la incertidumbre, asoma una certeza: no volverá a pasar. No debe hacerlo. A partir de esto, no habrá vuelta atrás. La destrucción y la indolencia han añadido en pocos días trazos y trazos a un punto que es de inflexión para los que estamos “bien”; para otros —demasiados— ha sido final. Y no podemos olvidarnos. Nunca. La unión del pueblo vuelve a ser urgente. La pasividad que hemos arrastrado estos años como conjunto debe acabar. Los políticos han demostrado no estar a la altura de su cargo y la ética grita que no pueden, bajo ningún concepto, seguir representándonos. Ellos no. Tampoco los que vengan para hacer uso de su (no) método.
El Covid me empujó a apartarme, a dimitir con efecto inmediato de la prensa y los medios de comunicación. Dejé de creer en su modo de agitar el avispero, de crear pánico, de mostrar casi siempre la cara mala del mundo. Dejé de creer, sobre todo, en la política, en esta forma crispada y viciada de hacer política (aforamientos, dietas que más bien son banquetes, desentendimiento del pueblo, salarios vitalicios, corrupción de palabra, acto y corazón). Se ha vuelto algo tan opaco y alejado de la gente que ya ha perdido su sentido fundacional de apoyar, organizar y representar nuestra realidad. Ahora los que gobiernan están separados del pueblo por capas interminables de trámites y máscaras. También por barro; el dialéctico, el que se lanzan unos a otros de manera horizontal olvidando que su función es y ha debido ser siempre vertical: la de velar por los de abajo, la de deberse a ellos de forma incondicional.
Vivir en esa guerra y absurdez permanente les ha hecho perder el foco. Hoy muchos comparan su congreso con un parvulario, pero yo me resisto a hacerlo porque me parece una tremenda falta de respeto a los parvularios. Los niños tienen mayor categoría moral. Ellos no tumban lo que está bien sólo porque lo ha propuesto Jaimito, su gran rival; ellos no dicen A “porque toca” y hacen B en privado; ellos no escurren el bulto cuando la han liado (bueno, si acaso sólo un rato); ellos, sobre todo, no se quitan de en medio a compañeros porque se puedan ir de la lengua a la profe.
Cabe preguntarse cuándo empezamos a normalizar esa façon de faire sin echarnos a la calle. Si todo eso se ha instalado en el costumbrismo de ese gran circo romano custodiado por leones e invadido por ¿roedores? es porque nosotros lo hemos permitido. Sí, lo sé, casi todos tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas y eso invita per se al estatismo, pero, si lo hubiéramos hecho, si hubiéramos protestado, mucho de lo malo que hoy tenemos —esta tragedia incluida— no habría llegado. Así de simple. De aquellas políticas, estos lodos. Nuestra permisividad con la que debería ser la clase más elevada, el estrato más preparado, honrado y justo, nos ha hecho cómplices. Ya lo advertía Platón hace casi dos mil quinientos años: «El buen gobierno debe marchar por el camino recto, pero si el gobernante se sale de este camino recto, si rehúsa seguir estos rastros y, sin embargo, sólo da oídos a los que halagan sus deseos y sus pasiones, da derecho a la sublevación a que tiene todo hombre de apartarse de todo gobierno que se aleja del camino de la igualdad y de la justicia».
Por casualidad o no, estas semanas estaba siguiendo con atención la serie «Las abogadas». Siempre me ha emocionado el coraje de las y los que empujan por el conjunto a sabiendas de que el contexto les es malevolente. En España, tanto los millennials como los que nos sucedieron carecemos del espíritu batallador de antaño. (Casi) todo nos ha sido dado gracias a gente maravillosa que antepuso el progreso a su propia vida, que luchó por lo que creía justo hasta incluso perderla. Hoy tenemos la suerte de contar con otros métodos (todavía, pero, atención, esto es una cláusula opcional que sólo los que han estudiado historia convierten en obligatoria). No es necesario perder a más de los nuestros. Lo importante debe volver a ponerse sobre la mesa y ser peleado. Ante el desamparo: unión. Ante la injusticia: protesta. Es el único camino.
Al mismo tiempo, el papel que las redes han jugado en toda esta historia merece también una reflexión profunda como espejo del uso cotidiano que les damos. No me voy a esconder: soy una enemiga íntima de las redes desde que el Tuenti desapareció y cambié los granos por un creciente interés humanista y alguna que otra copa de vermut. Admito que sólo las utilizo para que lo mío pueda llegar a más gente —como si acaso a alguien le pudiera importar—, pero no van conmigo. Siento que esclavizan, que zarandean ideas y actos, que erigen cada pocos minutos monumentos a la envidia o la culpabilidad, que hacen de lo fácil y populista postura para adeptos de usar y tirar. Sin lugar a dudas, serían un gran recurso si las supiéramos utilizar con responsabilidad. Pero, reconozcámoslo: no somos responsables. Ni siquiera cuando la razón de uso es noble —véase informar de quién necesita ayuda y dónde porque anda colgado de un árbol o su casa está embarrada hasta el tejado—. Pese a todo, no negaré que, gracias a ellas, los ojos de un mundo que todavía miraba para otro lado se llenaron de imágenes y testimonios de lo que ocurría cuando ocurría. También, gracias a ellas se abrió una ventana enorme a la solidaridad —si el puente ha tomado ese nombre, es justo que las redes también puedan tomarlo—: la gente se movilizó, se agrupó en iniciativas de toda naturaleza, se comunicó sin filtros con los que estaban en la zona cero…
Sin embargo, no tardamos en caer, todos, en la trampa de lo que, por concepción, fomenta la adicción y esa emboscada, ese horizonte denso, esa marejada que son los extremos. Lo ocurrido apeló con urgencia a nuestra condición humana más íntima: la de la compasión, la de difundir la injusticia de acuerdo a nuestra propia forma de mirar. Y lo hicimos, vaya si lo hicimos. Yo la primera. Como una metralleta. Han sido tantos los sentimientos que nos han invadido que ha sido y es difícil dejar de alimentar a ese monstruo espeso, cargado de miedo, rabia e indecencia. Hemos publicado tanto, compartido de manera tan incisiva que, sin quererlo, hemos hecho una apología envenenada de la sobreinformación. «Hay que ayudar así, hay que llevar víveres allí, hay que cercenar cabezas practicando una incisión abrupta y seca por la zona del cuello». En un rato se había creado una bola tan enorme que nuestros cerebros, cuerpos y corazones eran incapaces de gestionarla. Tampoco, parte de la propia ayuda que estaba destinada a llegar. Lo primordial se pierde entre el exceso. El norte, también. El desastre actúa de lupa de toda situación de vida en la que la acción, ejecutada en orden y silencio, se vuelve más efectiva y, desde luego, más respetuosa y útil para con quien está sufriendo. Acción en la distancia. Acción en la no agitación. Luego ya vendrá el momento —obligatorio— de dirimir responsabilidades. Pero después. En otro espacio. En una nueva longitud de onda. Porque lo primero es lo primero. Y cómo se nos olvida. A todos —vuelvo a flagelar mis maltrechos hombros. Mucho que aprender.
Mención aparte merece por supuesto la industria del bulo, que crece como un verdadero parásito en momentos de crisis. Toda ella y sus creadores se han ganado un paseo financiados en exclusiva por mi dedo corazón, que nada tiene que ver con mi corazón, bien sea entendido. Saber reconocer la veracidad de lo que se publica se ha vuelto el Teorema de Fermat de esta generación. Pero, como somos un reactor nuclear de click fácil, tampoco es que nos detengamos el tiempo necesario para resolver la cuestión. Y yo, que ya estoy mayor y he dejado de poder seguir la transitividad de los verbos, no sé si somos, estamos o tan sólo parecemos gilipollas. Pero, en el existencialismo de mi duda, las matemáticas, que —ellas sí— son muy listas, me dan rápido la respuesta: «la expresión, en el caso de que todo valor posible de la incógnita haga cumplir la igualdad, se llama identidad». Así que llego a la conclusión de que esa es nuestra identidad: la de ser, estar y parecer gilipollas; todo a la vez y en todas partes, porque todo es válido, todo es aplicable, todo es absurdamente absurdo en la expresión de vida distópica que genera la pantalla.
Menos mal que lo esencial sigue estando ahí fuera. Ante nuestros ojos. Lo que importa pega un puñetazo sobre la mesa de los agnósticos cuando más se necesita; a veces, de la forma más brutal. Este desastre nos ha demostrado que los puentes de la humanidad están siempre tendidos, y que los primeros en cruzarlos son los jóvenes, que están ahí, al frente de todo desde su teórico desinterés, no nos han abandonado —¿lo hicimos, quizá, nosotros?— También, que los Amazon, Carrefour y Zara están muy bien, pero quien va a empujar la pala contigo cuando lo necesitas, quien va a prestarte sus manos, corazón y hombro es Bruno el agricultor, Eli la veterinaria, Javier el de la tienda de la esquina. Recordémoslo cuando todo esto vuelva a la normalidad. Ayudarles a ellos en su cotidianidad es nuestra forma de rendirles tributo.
En este mundo hiperconectado, nos vamos lejos para encontrar lo que tenemos cerca. Hemos olvidado que no hay nada más verdadero que lo que se puede tocar. El misterio introduce los dados de lo aleatorio en el cubilete y los lanza por donde quiere. Somos nosotros los que los debemos juntar. Desde aquí, un abrazo inmenso a Bruno, a Eli, a Javier. A todos los que perdieron lo que no se puede recuperar. El poder regresa cuando saltamos todos a una. Y, os lo prometemos, ya no vamos a parar.
Chinchín.
La Vermutera ![]()
