#017 NO HAY GRINCH MALVADO

Sólo una colección de principios sin fechas de guardar.

FOTO DE MAUD BUSTREEL @maudb.fotografia

—¿Qué te vas a hacer?

No estaba segura.

—¿Qué te vas a hacer, cariño?

Siempre he pensado que hay que desconfiar de quien te llame cariño.

—Cortarme, tres o cuatro dedos, y unas mechas.

—¿Algún color en especial?

—El de siempre.

No lo he cambiado nunca, no iba a hacerlo esta vez. Tampoco sé por qué decidí pasar por el taller de chapa y pintura para Navidad. Nunca me ha gustado la Navidad. Ni como concepto capitalista ni como (mal)entendida obligación de mezclar aguas con aceites. Porque así suelen ser las familias; tres litros de agua, dos de aceite y el que se lo bebe todo.

Pero eso es lo de menos, sobre todo en años de sequía de calor emocional. Lo que sobra es el resto. El exceso, que está en todo en esta época. Luces. Belenes. Decoración en los escaparates. Restaurantes sin hueco ni precio moral. Muchedumbre. Gorros rojos. «Feliz Navidad, feliz Año Nuevo» como carraca que gira y gira para todos por igual ya sean amigos, desconocidos, dignos o indignos de dicha, animales, plantas o entes paranormales. Papel de envolver. Colas. Sorteos de dinero que hacen perder mucho dinero. Niños que gritan. Mayores que se emborrachan. Niños que se emborrachan. Mayores que gritan. Exceso de equipaje en un tren hacia ningún lugar —cómo está la Renfe—. Mensaje imprescindible de S.M. grabado cuatro meses antes de su emisión que bien podrían ser años o centurias, ¿quién se daría cuenta? Uvas que atragantan. Tacones que se rompen sin haber llegado al cotillón. No-vestidos y patrocinios frente a la torre de un reloj. Canciones de antes de ayer en prime time. Antonia, ¿es acaso caspa eso que cae por la ventana, o copos de nieve?


La peluquera me mete el tijeretazo. Sus dedos deben ser como los del Yeti y ahora parezco la sota de bastos, pero no digo nada. Una mosca se posa en el mueble bajo el espejo que hay frente a mí y eso es todo lo que necesito para pensar en otra cosa. Es verde. Brillante. Creo que va dos pasos por delante y que ya ha elegido hasta su traje de Nochevieja. Se frota un poco las patas y echa a volar. Al rato aparece de nuevo. No parece asustada. Incluso diría que ha hecho de la peluquería su hogar. Menuda putada vivir sólo quince días y acabar atrapada entre secadores, cariños y colores que no son verdad.

La peluquera, por su parte, es de brocha gorda. La utiliza como si fuera una extensión de su cuerpo. Aplica el ungüento por mi pelo con diligencia y aparente saber. Lo hace con unas uñas que, ellas sí, están extendidas varios centímetros más allá del límite de toda posibilidad. Su cara tampoco es la que traía por defecto cuando vino al mundo. Podría decirse con dulzura —son fechas señaladas— que alguien se ha preocupado de estirar bien las sábanas para que no queden arrugas y de añadir varias capas de polvo y color sobre una pared ya pintada. Como la mosca, ella también está preparada para las fiestas. Yo, sin embargo, que para ciertas cosas soy tan poco elástica como una encimera de cocina, no puedo ni imaginarme tan sólo cortando una cebolla con semejantes uñas, qué decir de encontrarme de repente a lo Lluvia de estrellas con una fachada que no es la mía. Pero es lo que se lleva. Debo ser la rara, una vez más, porque a mí nunca me ha gustado lo que se lleva. Ni las Spice Girls, ni Harry Potter, ni la líder de la clase, ni los Tamagochi, ni los Doritos, ni los pantalones de campana, ni Halloween, ni el Black Friday, ni el mismísimo Instagram. Lo mainstream me da urticaria. Creo que sólo peco con el gintonic y, aun así, hace años que no lo pruebo. No lo hago a propósito —lo de huir de las modas; del gintonic hablaré en otro momento—, mi mamá me hizo así. Sin querer, la pobre, nunca me puso una pistola en la cabeza. Aunque a la vez tenga todo el sentido por ser ella también todo menos mainstream; una mujer de las de antes, de las que están —siempre— en lo importante y se dejan de milongas. Quizá sea lo más de verdad que tengo en mi vida pese a no habérselo dicho las suficientes veces. Porque no, mamá, nunca es suficiente.


—¿Te gusta, tesoro?

Vaya, parece que nos hemos embarcado con John Silver y Jim Hawkins en La Hispaniola. Levanto la cabeza. Ha terminado de untarme con el potingue. No sé cómo puede pensar que es posible emitir un veredicto con el pelo lleno de papel de aluminio y pringue. No lo hago.

—¿La mosca? Es bonita, ¿verdad? Tiene un color verde muy de otro mundo —utilizo la que debe ser su jerga como una más.

Siento cómo un cable se le desconecta de algún sitio. El ojo derecho le tiembla.

—¿Mosca? No, no, amor, me refiero al pelo.

—La verdad es que tiene que ser una putada vivir sólo quince días en una peluquería rodeada de ruido y químicos.

El cable vuelve a conectársele.

—Al menos no le falta conversación. Anda que no tenemos jarana por aquí.

—Por eso, por eso.

—¿Quince días dices que viven?

—Fuera de su hábitat, sí, más o menos. Tampoco lo sé del todo bien.

Me toca la cabeza varias veces con el mismo ímpetu con el que pasa la brocha.

—¿Entonces te gusta?

No le importa una mierda la mosca.

—Sí, sí, muy bonito.

Sonríe. Es de fácil complacer.

—Te pongo calor y vuelvo en un rato.

Me froto las manos. ¿Cómo acabará esto? La mosca, que debe estar pensando lo mismo, hace lo propio con las suyas. Y tiene razón. Siempre es mejor tramar en compañía.

—Reyes —grita alguien. No hay respuesta—. Reeeeyes.

—Ay, cariño, perdona, que estaba trayéndole el cacharro este a la chica.

La peluquera se llama Reyes. Muy apropiado. ¿Qué les pediré este año? Paco, ponme lo de últimamente. En eso tampoco estoy por la labor de cambiar: que me manden a otros mundos, los más lejanos y distintos que existan, por si se me pega algo. Reconozco que hoy me empapo de mucha más fantasía (literaria, mental y cinematográfica) de lo que lo he hecho durante toda mi vida. En el instituto, que era cuando más fácil era sucumbir a ella —y a lo que se llevaba en general: la pereza, el amor, las malas contestaciones…—, no me hacía falta marcharme a otras realidades. Nunca he tenido tiempo ni interés por nada de lo que no esté viviendo o se pueda tocar. Pero, como ahora ando algo escasa de lo que viene a ser vivir en el sentido estricto y mundano —el de toda la vida, vamos—, pido ver cosas que nunca me haya ni imaginado. Atravieso las dunas especiadas de Arrakis, le doy lo suyo a Sauron, hago volteretas en el dragón de Rhaenyra, me hago maga y lucho junto Geralt de Rivia —aunque en el fondo desee con todas mis fuerzas hacerlo cerquita de Yennefer—….


La máquina de calor de Regreso al futuro acaba. El aluminio vuelve a la tabla periódica. Reyes me mete en una sala oscura con musiquita relajante para lavarme el pelo. El asiento se reclina y me masajea la espalda. La temperatura del agua está perfecta. No noto sus uñas. Todo es paz, dulzura, cariño… Pero el oasis termina cuando más a gusto me encuentro y volvemos a la aridez del desierto. La mosca nos sobrevuela de nuevo. Reyes agarra el peine y el secador. Pese a que baila con ellos con suma rapidez, tengo la impresión de que lo suyo es la brocha. Me da tirones. Con la brocha no me daba tirones. Apenas unos minutos después deja los trastos de vuelta en el carrito. Me menea la melena. No me atrevo a mirar.

—¿Te gusta?


En ese momento todavía no sé que me voy a perder todos los acontecimientos marcados en el calendario (ya se sabe: cena de Nochebuena, comida de Navidad, cena y celebración de Nochevieja…) pero qué importa eso frente al gozo de encontrar en el espejo a una Barbie Malibú con aire de sota y mi cara entre medias. Porque sí, señores, Reyes había tenido uno de esos días en los que, supongo, ella también había viajado a mundos mágicos y se había dejado llevar por elfos y serpientes aladas. En qué consiste la vida si no es en eso, maldita sea. Así que le dije que sí, que me gustaba cómo me había quedado. Como también le dije a mi familia que estaría bien en el sofá, que no pasaba nada.

Hay palabras que son verdad sólo una vez. Quizá sólo cuando las piensas. Lo mismo ocurre con algunos orgasmos, o con ciertos tipos de mujer. Puede que sean una respuesta involuntaria a situaciones irreversibles, a contextos sacados de lugar. Pero, al menos en mí, todo lo que mal empieza, pronto termina, y todo lo que ahoga se debe desanudar. Así que hoy me he levantado con ganas de gritar verdades y me he ido a la cama con el teléfono sin batería, un texto casi completo y la garganta roja a rabiar. Quizá mañana no quede nada de lo de antes, o tal vez lo empiece todo como si fuera la primera vez. No me importa. Que lo que tenga que venir, venga. En eso coincido con Reyes: estoy más que dispuesta a dejarme llevar.


Feliz año vida.

Chinchín.

La Vermutera