Esta obra recoge una serie de escenarios, onomatopeyas, actores principales y sinopsis divididos en capítulos. La autora y protagonista —o séase, yo— ha querido mostrar la heterogeneidad de esos elementos y ha confiado al lector la nada desdeñable tarea de encontrar el argumento o nexo de unión entre todos ellos.
CAPÍTULO 1. 10-17 años. Ciudad Real.
[Onomatopeya]: «Marimacho».
[Actor principal]: Todo el mundo.
[Sinopsis]: Nada más que añadir.
CAPÍTULO 2. 18 años. Colegio Mayor Mara (Madrid).
[O]: «Chandaleras, putas y bolleras».
[AP]: Los colegiales y colegialas de los Mayores vecinos.
[S]: Los primeros años de carrera y convivencia en exclusiva con gente de la misma edad están repletos de cambios, estrenos, subidas y bajadas. En el Mara, sin embargo, había una constante. Muy repetitiva y tenaz. «Chandaleras, putas y bolleras». Cuatro palabras que eran ya un modo de saludo. Nos las gritaban todo el rato: cuando pasaban por delante del edificio, cuando llovía, cuando el sol brillaba, cuando se cruzaban con nosotras —ya fuera en situación de ocio, estudio o fuegos artificiales—, o cuando acudíamos a sus dominios a jugar algún partido. Se decía que las monjas del Mara tenían siempre entre sus filas a buenas deportistas para que llevaran a sus arcas unos simpáticos euros a final de año al ganar alguna de las liguillas que se jugaban entre colegios. Y, claro, que la mujer deportista es bollera, es verdad universal. Y chandalera; en su armario no cabe camisa. Lo de puta no me acaba de quedar claro. Supongo que es por si alguna díscola se escapaba de la ecuación.
CAPÍTULO 3. 20 años. Madrid.
[O]: Sonido de arrastre semejante al de una masturbación masculina.
[AP]: Hombre achaparrado de unos cincuenta años. De escasa higiene a juzgar por el olor a Vieux-Bologne que invade cada milímetro del habitáculo en el que ejerce su profesión —aburrida, a simple vista—. De obligada bajada de ventanilla.
[S]: La fiesta empieza en cuanto mi Novia A y yo entramos en su taxi. El susodicho empieza a masturbarse sin miramientos mientras nos traslada de un punto a otro de Madrid. La inocencia de la juventud unida al shock del acontecimiento nos hace ser incapaces de decir nada. Y encima pagar la carrera. Al menos nos dio el cambio con la otra mano…
CAPÍTULO 4. 20-22 años. Madrid.
[O]: Lloros y gemidos.
[AP]: Hermana de Novia A. Española. Clase social media-alta. Veinticuatro años. Vida sin sobresaltos. Flequillo, cerebro y sistema nervioso simpático con evidentes sobresaltos.
[S]: Desde que se entera de que su hermana (seis años más) pequeña y yo mantenemos una relación, cada visita fraternal se convierte en un teaser de los Puentes de Madison. No puede con ello. El destino le ha dado la espalda. Su vida ya es lo suficientemente dura como para semejante mogollón. En un arrebato inconsciente, decide conocerme. Parezco normal. Cinco dedos visibles en cada mano. Se calma un tiempo. Pero la situación es terrible. Impensable. Del todo evitable. «Déjalo ya o serás infeliz toda tu vida». No le ha sido revelado aún el spoiler del capítulo: ella es la única que sufre; su hermana, no.
CAPÍTULO 5. 20-22 años. Madrid.
[O]: «Te dejo porque no soy lesbiana».
[AP]: Novia A, habiendo sucumbido a los cantos lloros de sirena de la consanguineidad.
[S]: Nada más que añadir.
[Spoiler 1]: La situación se repite durante varias veces a lo largo de dos años como looping de Dragon Kahn hasta que se vuelve irreversible como bajada en lanzadera —los símiles atraccionales son siempre certeros.
[Spoiler 2]: Novia actualmente en relación de unos trece años con una mujer. No podíamos esperarlo.
CAPÍTULO 6. 24 años. París.
[O]: «Sois muy guapas para ser bolleras. ¿No queréis un poco de esto?».
[AP]: Tres chicos árabes que rondan los treinta.
[S]: Novia B y yo subimos por las escaleras de la Tour Eiffel cogidas de la mano. Los sujetos se encuentran en una de las plantas a las que llegamos. Codazos y risas cómplices. Miradas que no me atrevo a describir. Tocada de genitales acompañando al discurso. Les mandamos a la mierda. Nos persiguen sin parar por las instalaciones.
CAPÍTULO 7. 24 años. Marché aux puces (Mercado de las pulgas), París.
[O]: «Fuera de aquí. Esto es una propiedad privada. No se permite el paso a gente como vosotras».
[AP]: Mujer francesa de unos cincuenta y cinco años que pasa por allí.
[S]: Día del Orgullo Gay. Novia B y yo paseamos por el mercado con el brazo alrededor de la espalda de la otra. Nada más ostentoso, nada menos inequívoco de amor. Al final parece que es verdad lo de los insectos en ese mercado. Pero no son pulgas, sino mantis religiosas.
CAPÍTULO 8. 25 años. Bruselas.
[O]: «Viene mi familia a visitarme. No saben que vives aquí, o sea… no saben que estamos juntas. ¿Puedes recoger tus cosas e irte? Serán sólo diez días».
[AP]: Novia B después de tres años de relación, dos viviendo juntas y una mudanza en común a Bruselas.
[S]: Problemas desesperados requieren soluciones desesperadas. ¿Cómo decir a una familia tradicional española que llevas años de relación con una mujer y que encima vive contigo? Lo mejor es invitarlos a casa —a todos: padres, hermano, tíos y primos—, echarla a ella y hacer como si no pasara nada. ¿El hotel, la pérdida de eso que llaman dignidad y de algún que otro cachito de corazón? Que se los solucione ella, que para eso es una mujer autónoma y emancipada.
CAPÍTULO 9. 26 años. Luxemburgo.
[O]: «Mis tíos quieren que les enseñe mi nueva casa. ¿Te puedes ir mientras la visitamos?».
[AP]: Novia B en situación emocio-familiar con evidente falta de progreso.
[S]: Novia B se ha mudado a Luxemburgo. Novia Vermutera va a visitarla. Todavía no tiene conocimiento alguno de sus calles y gentes, como corresponde a todo nuevo lugar. El destino quiere que los tíos y primos de Novia B —sí, los de la otra vez— vayan también a la ciudad. Qué agradable sorpresa. Novia B se ve, por tanto, en la obligación de pasar el día (entero) con ellos sin invitarme, porque ni estoy, ni existo, claro. Tampoco le parece bien que exista en calidad de amiga. Pero sí es menester enseñarles la casa y que ningún fantasma esté por ahí danzando entre tanto, no se vayan a asustar. No sabe cuándo será, a lo largo del día. Como una de mis cualidades principales es ser gilipollas, accedo. Así que paso la jornada a mi aire. Visito la Plaza de Guillermo II, el Palacio Gran Ducal, la Catedral, la Plaza de la Constitución, el Chemin de la Corniche, el Grund, otra vez la Plaza de Guillermo II… —vaya, esto no parece demasiado grande—. Por suerte, me topo con la (bendita) peña del Real Madrid de Luxemburgo y, como es día de partido, monto la tienda de campaña y alargo el pre y post partido hasta que en los ojos de los presentes leo la clara intención de llamar a la policía o a inmigración. Miro el móvil. No tengo noticias. ¿Habrán ido ya a la maldita casa? Por si acaso, me paro en varios bares que pillan de camino a seguir celebrando la victoria en mi derrota. Dan ya las 22h. Es momento de volver. No sé cómo lo he hecho para pasar doce horas en una ciudad de medio metro cuadrado. Abro con miedo la puerta. No hay nadie dentro. Al rato recibo un mensaje. «Vamos a ir ahora, no hemos podido antes. ¿Podrías bajarte al bar de la esquina? Tardaremos poco». Mis dedos teclean rápido la respuesta: «No». Me llama, escondida seguramente detrás de unos arbustos. Si no me quiero ir, dice, me puedo meter en el baño mientras están y cerrar con pestillo. Se me escapa una risa de ultratumba que inunda de babas el auricular. La voz, por el contrario, se me tiñe de rojo fuego. «Ni de coña».
CAPÍTULO 10. 27 años. Bruselas.
[O]: «No quiero venir a trabajar más aquí. Me siento incómoda. Seguiré yendo a casa de sus amigos A y F. Ellos sí son gente respetable».
[AP]: Mujer boliviana de cuarenta y seis años que viene a limpiar a la casa que comparto con Novia C.
[S]: Nada más que añadir. Ah sí, que aparece un día random a las 7:30 de la mañana y nos saca de la cama para soltarnos eso. No habría pegado ojo en toda la noche, el angelito.
CAPÍTULO 11. 28 años. Bruselas.
[O]: «¿Qué estáis haciendo?».
[AP]: Mujer belga de unos treinta y cinco años. Porta de manera visible un colgante con una cruz de plata.
[S]: Día del Orgullo Gay. Después de celebrarlo, Novia C y yo cogemos un bus de vuelta a casa. En algún momento, nos damos un beso mínimo —como todos conocemos lo que son los máximos, puedo decir que ese fue muy mínimo—. La actriz principal nos aborda con su onomatopeya. Al principio ni sabemos a qué se refiere —tal había sido la levedad del afecto—, pero el reflejo de la cruz me ciega mientras añade otra maravilla y me doy por enterada. En mi francés elevado de la época —y en mi irreverencia de toda la vida—, le digo que, si tiene algún problema, se puede ir a la parte de atrás o salir del bus a rezar, no se le vaya a pegar algo. La mujer combate mi amable propuesta con un grito que afirma que somos una perversión para cualquier niño que pueda vernos. Como la vida es pura comedia, es ella quien le responde. Una compañera travesti y montada aparece en la puerta y se sube al bus. Mientras señalo con el dedito hacia ella y trato como puedo de ocultar esa risa díscola que se me escapa, le digo: «Estos son los tiempos de ahora. Aceptación, hermana». A la hermana le da un patatús nada más ver al mismísimo diablo y sale del bus escopetada.
CAPÍTULO 12. 28 años. Bruselas.
[O]: Gárgara bien carraspeada. Disparo de la misma.
[AP]: Tres chicos árabes que no llegarían a quince años.
[S]: Novia C y yo viviendo la vida del lujo en otro bus. Los susodichos, antes de bajarse en su parada, deciden regalarnos algo íntimo, personal e intrasferible. Por suerte, no es una muestra de su semen, pero sí de saliva; un buen escupitajo que, por suerte, se estampa contra el cristal tras el que estábamos sentadas. Compartir es vivir.
CAPÍTULO 13. 28 años. Amsterdam.
[O]: «¿Y estas qué hacen? ¿No se supone que las habían quemado a todas?». Risas enlatadas múltiples.
[AP]: Un grupo de chavales británicos de unos veinte años.
[S]: Novia C y yo estamos en la explanada de césped frente al Rijksmuseum, comiendo, jugando a las cartas, hablando, viviendo, yo qué sé. Todo está lleno de grupitos que hacen lo mismo. Nos toca al lado del de los más listos. Y actualizados. Parece que en 2017 sigue habiendo brujas.
CAPÍTULO 14. 29 años. Madrid.
[O]: Frases que no podrían emitirse en horario infantil ni deberían salir jamás de boca humana.
[AP]: Hombre español de cincuenta años. Muy corpulento —mi abuela diría que de huesos anchos—. Debe llevar varias horas de varias vidas dándole al alcohol. Crea un tufo a su paso que, como Rexona, no le abandona. De mofletes rojos y andar rústico. Le faltan sólo las piedras, los palos y el taparrabos.
[S]: La joya de la corona. La primera que acaba mejor de lo que empieza. Relato la versión corta; la larga puede leerse en los enlaces del final del capítulo —salimos en la prensa y todo—.
Día después del 8M. Novia C y yo nos damos un beso en el portal de un edificio en cuyo patio hay tiendas comerciales. No es que sólo sepa dar besos leves, señoría, pero este de nuevo lo fue. Mi fiel amigo Hominidus, que es el portero del edificio, está ojo avizor y nos caza. Con exquisita delicadeza, comienza a decirnos que esas cosas de guarras y degeneradas no se hacen en un sitio público. Continúa haciendo gala de un amplio conocimiento del castellano más polvoriento, enfangado y elemental —llego, incluso, a admirar su repertorio—, para luego hacer uso de la intimidación física y la violencia detodaslasformas —amaga varias veces con darme un puñetazo—, con la clara intención de echarnos de allí. Mi novia llora, pero yo le planto cara de manera respetuosa, casi diría que didáctica. Nadie de los muchos que pasan por allí hace algo por detener la escena de cierta desventaja y crueldad. Por fin decidimos irnos por nuestra cuenta, ya está todo dicho y tengo todas las papeletas para el sorteo de toña que está a punto de celebrarse. Varios minutos después, se me enciende la bombilla: tengo que volver al portal para apuntar el número y denunciarlo, es la primera vez que podré localizar de nuevo a uno de estos mentecatos. Al llegar, me lo encuentro. Me dedica nuevas lindezas —o tal vez son repetidas—, me lanza la mochila a la cara —esto sí es una novedad— y yo le hago una foto y le digo que le voy a denunciar. Lo hago —no sólo a la policía, que no hace nada, sino a personalidades del colectivo y a la Revista Mírales; tenemos que darle su merecido—. Varios días después, y tras bastantes artículos en prensa, una asociación a la que no conocía de nada (Plataforma de Encuentros Bolleros) y a la que nunca le estaré lo suficientemente agradecida, organiza en el portal el gesto que me permite creer de nuevo en la humanidad y en eso que llaman sororidad: una besada entre cincuenta mujeres. Una manera pacífica de restituir una pizquita del sofoco individual y un muchito de nuestros derechos colectivos. Y así fue, así lo hicimos. Banderas. Gritos de defensa. Besos. Muchos besos. Hermandad. Hominidus que se encierra en su garita. Vecinos, comerciantes y viandantes que preguntan y se suman a la causa. Policía que acude en nuestro mismo son para desalojar. Hominidus que no quiere dar la cara, pero policía le medio convence y nos hace entrar en la garita a Novia C y a mí para que nos pida perdón porque no se atreve a salir. Los grandes hombres suelen ser siempre los más chiquitos. Se disculpa con la cabeza gacha y sin encontrar en su vocabulario la destreza del otro día. A mí me invade el aura un no sé qué y le doy un discurso como si la lesbiandad fuera yo. Gritos y más gritos a nuestra salida. Besos. Sororidad. Ganamos.
[Spoiler 1]: No he vuelto a ver a Hominidus en su antiguo puesto de trabajo. Ganamos, no hay duda. No sólo nosotras; también las que vendrán.
[Spoiler 2]: Para saber más:
CAPÍTULO 15. 32 años. Valencia.
[O]: «Ay bolleeeeeeeeeeeeeeeeeera».
[AP]: Mujer gitana de unos cincuenta años. Emblema e institución del noble arte de la venta sin coacción de la muy ilustre villa de Valencia.
[S]: Un grupo de seis amigas (en efecto bolleras) paseamos con alegría y alboroto. La buena mujer, atraída por tal vibración festiva, se acerca ofreciéndonos lo único que podría hacer de ese momento algo mejor: romero. Una amiga lo rechaza con amabilidad e inconsciencia. Las nubes comienzan a cubrir el cielo. Su mirada se vuelve erupción; su garganta, oro de dieciocho quilates. «Ay bolleeeeeeeeeeeeeeeeeera». Y maleficio al canto.
PENÚLTIMO CAPÍTULO. 35 años. Valencia.
[O]: Escupitajus Maximus (x2).
[AP]: Hombre sin hogar de origen africano y unos cuarenta años.
[S]: Me despido de una amiga con un abrazo. Las dos somos lesbianas y, por qué no, lo parecemos. El actor principal irrumpe en escena para regalarnos un «asquerosas». Le digo que qué le pasa. El tío se acerca en actitud violenta y le escupe a mi amiga en la cara. Así, sin más. Un escupitajo del tamaño de un elefante. Me encaro con él. Se súper encara conmigo. Entramos en una guerra dialéctica de claro contenido intelectual. Yo le llamo Hitler, él me llama Harvey Milk acomplejada, y me escupe también. Juro que aquello olía como una mezcla entre alga marina, plancton y el coche del taxista. Esta vez la académica se ha quedado en casa y me revuelvo cual torete, pero acabo por frenarme en seco. Para qué seguir. Soy mujer de violencias justas y de amigas que tiran de brazo, que todo hay que decirlo. Nos vamos por fin. La adrenalina, el cabreo y la ducha me duran horas.
PRÓXIMO CAPÍTULO. Lugar y fecha por confirmar.
PRÓLOGO Y EPÍLOGO. Lugar y fecha indefinidos e interminables.
Miradas. Piernas que se cambian de acera. Dedos que tienen la manía de señalar. Silencios que hablan. Frases que, ojalá, hubieran decidido callar. «Ya se te pasará, ¿no hay algún chico al que le tengas echado el ojo?». «Lo que os hace falta es una buena p» (¿película? ¿pastilla? Complete el lector con lo que considere oportuno). «Cuando queráis, me invitáis y me uno a vuestras cosas». «Pero, y a lo que vosotras hacéis, ¿no le falta algo?». «¿Consideras haber perdido la virginidad?».
No sorprende tampoco que varias de las agresiones hayan sucedido cuando el pueblo se manifiesta por los derechos que los actores de este Libro del Mal Amor se afanan en pisotear (Día del Orgullo, 8M). El opresor es el niño que patalea porque le han quitado su juguete. Así es como entiende los derechos humanos; propiedad de unos pocos, entre los que por supuesto se encuentra él. Entonces, cuando cree que pierde lo conquistado, se siente chiquitito, arrinconado y, como lagartija sin cola, se agita y revolotea hasta que muerde al de enfrente —al que sólo puede ver con ojos de adversario—, por si se le ocurriera volver a exigir.
Pero aquí seguimos. Arropadas por toda una comunidad queer que ha crecido en medio del fango como hace la flor de loto. Nuestro tiempo y circunstancias nos obligaron a desarrollar una piel anfibia —gruesa, permeable a los elementos naturales, pero esquiva con los más propios del humano—, y unos ojos que saben desviarse, raudos, hacia otro lugar. Pero ya no es momento de permitir que otros definan nuestro camino. Lo sabemos bien: el margen también forma parte del libro. Pero sólo cuando el libro sea la suma de todos sus márgenes, cuando ninguna historia quede fuera, podremos al fin decir sin miedo que el amor no será malo. Hasta entonces, nos vemos en las barricadas. PD: Traed paraguas, armadura, passiflora y tapones para los oídos, puede llover de todo.
Chinchín.
La Vermutera ![]()
