#019 LA REVOLUCIÓN DE LO CONOCIDO

Donde el camino se señala sin hacer ruido.

Suele decirse que el hogar de uno está donde se acumulan los recuerdos de cuando fue niño —las primeras veces, la vida hecha juego, la inocencia por piel, los veranos interminables—. Aunque también hay algo de mí en todo eso, sin lugar a dudas mi hogar se encuentra donde se encuentra mi madre.


Hace unas semanas, tras un tiempo demasiado largo, decidí volver a ese lugar onírico que también se corresponde con el físico. La noche de antes apenas dormí, devorada por la adrenalina del viaje —qué ironía, después de vivir durante años en una maleta, ahora sólo un tren y unos pocos kilómetros consiguen agitarme; perder la costumbre es el camino más recto de vuelta a la emoción de la niñez—. Desde mi asiento mullido, amplio, gastado, observo los paisajes que atravesamos como si no lo hubiera hecho nunca, y acaso es así: jamás los he mirado con estos ojos. Lo cierto es que es difícil saber cuándo dejaron de ser los mismos; el cambio interior es el único que puede ser tan profundo como imperceptible. Me regocijo en el verde que ya pinta los campos, en las nubes bajas que amenazan por momentos con disolver el cuadro, en Ia liebre que trepa el montículo, en la cima que se vuelve meseta conforme nos acercamos al destino. Pienso muy fuerte en lo que me espera allí: lo conocido, el paso sin esfuerzo, el silencio que no se esconde entre capas y capas de asfalto, el olor a comida que cuece lento, el sonido de los pájaros que colonizan el albarillo, la madera que cruje, el abrazo que sana, la siesta como religión, las caras familiares al otro lado de la ventana. Esto es lo que necesito, esto es lo que quiero.
En cuanto abro la puerta, India salta sobre mí y me llena el abrigo y el corazón de huellas. No me esperaba. Cómo hacerlo después de tanto. Sube y baja las escaleras de la entrada sin parar. Ladra y menea el rabo de un lado a otro. Mi madre ríe. Yo procuro fijarme en cada detalle de este momento como si fuera nuevo. Siempre lo es. Noto que India está más viejita. Su morfología ha cambiado. Hay pliegues que recorren cada centímetro de lo que antes fue incorruptible. El blanco asoma por nuevos rincones, pero nada en esencia parece distinto. Todos somos víctimas de ese cambio silencioso que no pide permiso para invadir lo maleable.

Nada más levantarme por la mañana, India me espera junto a las escaleras para iniciar nuestra rutina de caricias, besitos leves y algún que otro lavado de cara. Las dos sabemos cuánto lo hemos echado de menos y no escatimamos en afectos. Después, tomo el desayuno a su lado; el café muy caliente, el pan ligeramente tostado, el juego que se vuelve parte del festín mientras su hocico se afana por conquistar lo prohibido. Lo consigue, no sin cierta ayuda. La acaricio de nuevo y remonto las escaleras. Ella vuelve a quedarse a sus pies. Yo me desvisto y me meto en la ducha. El tiempo se ensancha mientras el espejo se llena de vaho. Me seco el pelo a cámara lenta, muy lenta. No hay prisa. No hay urgencias. Nada me espera.


Las primeras semanas terminan por ser de fogueo. El cuerpo arrastra lo que no es capaz de soportar y me detiene por completo. El sofá se clava en cada una de mis aristas; la incapacidad para ser o estar me devora el alma. Pongo todo de mi parte para que lo poco que transcurre tenga sentido. Aparto la obligación, la tecnología, los pensamientos que repiten que no podré con esto. Me centro en todo lo que vibra en sintonía conmigo. Hay mucho, lo sé, aunque en este estado cueste percibirlo. Aprieto los puños, abro bien los ojos. Ya he aprendido que la vida no va de hacer o conseguir, sino de darse cuenta.

Cuando la cosa da un respiro, alcanzo las zapatillas y salgo al patio. El sol lo abraza por la mañana. Por la tarde, descubro el último reducto iluminado y permanezco ahí hasta que mi cara se hace sombra. Después, me lleno las manos de tierra. Arranco lo que ya no sirve y planto las semillas de lo que vendrá; posiblemente lo haga en meses o en años, tal vez nunca, pero hay que seguir plantando, es la única forma de llegar. El resto del día transcurre junto a la chimenea. El calor del fuego me acaricia la espalda mientras releo la poesía de Pizarnik. La madera crepita con cada encogimiento de corazón. Como ella misma sospechaba, Alejandra no era de este mundo. Es imposible alcanzar tanta belleza en medio de la oscuridad más aciaga.

Por suerte, la niebla densa que me acompaña se aparta por momentos, aunque sólo sea para fingir distancia. Aprovecho entonces para aproximarme más al núcleo. Mis pasos son lentos y escasos, pero intencionados. Camino por el verde del bosque, de la siembra. Me hago verde con ellos. Introduzco los pies en la tierra y bailo, trazo círculos, me agarro a ella con todo lo que soy. Trepo por cada árbol que se deja hacer. Me balanceo sobre troncos que penden de una cuerda sobre el río. Dejo atrás el miedo a la mirada ajena, a que el siguiente paso sea tropiezo. Atravieso casas encaladas de blanco, gente alegre en las calles, arrugas llenas de orgullo, aroma a pan recién hecho. Yo soy de aquí, de un pueblo pequeño, de la certeza de no necesitar más.


La esencia se abre frente a mí estos días como un libro inacabable… La siento y permito mientras cierro a consciencia la ventana al pasado. Me resulta difícil dejarme atravesar por todo lo que soy al mismo tiempo. Tampoco es que me haya gustado nunca revolver en lo que ya pasó. No suelo mirar álbums de fotos, ni releer mensajes antiguos o buscar entre las cosas que me acompañaron durante mucho tiempo. En definitiva, no soy muy de abrir cajones ya cerrados; no por querer olvidar o por falta de interés —lo tengo muy presente—, pero mi motor es la curiosidad de lo nuevo, su olor, su tacto, la facilidad con la que me envuelve. Sin embargo, desde que he llegado, todo parece hablarme desde la estantería de mi habitación. Cada objeto da la sensación de pedirme que lo recorra de nuevo, como si para poder avanzar esta vez debiera rescatar con consciencia cada uno de los pasos que ya he dado. Tumbada sobre la cama, me viene a la cabeza una cita de Hannah Arendt: «Los vientos del pasado te empujan al futuro, aunque estés de espaldas a él». Y es que es cierto: somos la manera de acercarnos a nosotros mismos.

Le doy una oportunidad y enciendo la minicadena. Creo que es la primera vez que lo hago en ¿veinte años? El lector de CDs no funciona, pero sí el de las cintas de casete. Hay una puesta, de las mil que grababa de la radio. Es curioso cómo antes podíamos pasar una hora entera esperando a que pusieran una canción y que ahora nos dé un síncope cuando un paquete se retrasa diez minutos. Le doy al play. Kaiser chiefs, La oreja de Van Gogh, Texas, Evanescence, Within temptation, Eminem —hubo un tiempo en que Los 40 principales fueron mucho más que una apología del autotune—. Me parece improbable recordar cada canción, cada momento en que se ve interrumpida por la publicidad o por un locutor charlatán. Pero ocurre. La memoria emocional es para siempre.

Me fijo también en una caja enorme que me observa desde la primera balda de la estantería. No sé lo que hay dentro, pero puedo hacerme una idea: el rastro de cuando aún tenía todas las casillas de la vida por rellenar, de cuando era una adolescente con isla propia en medio del océano. La abro, no sin cierta reticencia: páginas de algún diario, fotos de carnet desde los doce, billetes de avión, entradas de cine con las letras borradas, notitas con demasiados bolígrafos como para que la confesión quedara en secreto… Ahí es donde estaba la vida, en los días que siempre eran aventura, en la sensación de hacer el amor con cada idea imposible que se escapaba de mi mente a cada despertar. Resultaba fácil no ser una línea recta y atreverse a coger todas las curvas del camino. Mi mundo interior en esa época —¿tal vez el de ahora también?— tenía un aire tipo Gatsby: uno nunca sabe en qué anda metido. Y acaso yo tampoco lo sabía, porque lo que había encendido hoy, estaba consumido mañana. Lo improbable era mi gasolina.

Encuentro entre los papeles una nota de varios años más tarde que me hace sonreír: «Me recuerdas a cualquier estructura de Calatrava: me gustas, pero no te entiendo». Aun así, la historieta ocurrió. Lo hizo porque el amor era ligero por aquel entonces y no necesitaba de ninguna lógica —en descuidos creamos galaxias…—. En algún momento del camino, el sentimiento se nos empieza a camuflar tras la necesidad y entregamos cosas sin saber que andamos perdidos y que lo que buscamos en realidad es un punto de anclaje. Me aterra esa pérdida de autoconsciencia. Hoy en día temo más al amor que surge de la necesidad que a la propia falta de amor. Porque, ¿cuánto de cierto hay en él? ¿Cuánto queda cuando el vacío que lo viste se llena de lo que le faltaba?

El amor de verdad no es un trapecista de emociones. No es todo o nada. Se adapta, da espacio, no espera algo a cambio. También respira fuerte. Lo compruebo al volver al salón. India y mi madre están de siesta. La luz es tenue, el murmullo de la tele suena de fondo. Estiro la manta y me uno a ellas. Aunque mis ojos no se llegan a cerrar, me dejo ir. Todo en mí reposa calentito; el pasado, el presente, las incontables sensaciones que me acompañan. Estos días ha pasado poco, pero lo ha pasado todo. Me es inevitable pensar que quizá seamos ciegos con voluntariedad, que tal vez nos pasemos media vida buscando lejos lo que ya tenemos. La revolución no está ahí fuera, está en lo conocido.


Chinchín.

La Vermutera