Algoritmia. Último examen de la carrera. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Caras de alivio. Caras que huelen a nuevo. Caras de no saber. La mía tiene un poco de todos esos ingredientes. No he estudiado demasiado, el tiempo no da para más cuando tienes veintitrés y una agenda plagada de (ir)responsabilidades. No es que lo lleve mal, pero, desde luego, tampoco lo llevo bien. He estado más preocupada por arreglarme un poco; plancharme la camiseta, pintarme el ojo, reservar un sitio para comer, cenar, salir. El día va a estirarse hasta convertirse en noche y, tal vez, en día de nuevo.
Llego al examen apenas dos minutos antes de que empiece. Sólo queda una mesa libre, justo delante de la del profesor. La que nadie quiere. Laura me mira y sus ojos me gritan gilipollas. Es algo a lo que no puedo acostumbrarme, pero tampoco negar. Se mete conmigo porque dice que la puntualidad no es mi fuerte y yo le respondo que lo importante siempre decide esperarme para ocurrir: llegué antes de que el agua me tocara la frente el día de mi bautizo, llegué cuando Mijatovic recortaba a Peruzzi para clavarle el gol de la Séptima, llegué en el momento exacto en que Álex le daba ese beso a Sara que mandaba a la mierda todo lo que habíamos sido juntos. La historia ha demostrado y demuestra que llegar, llego. Lo que no mido son las consecuencias del instante en que lo hago.
Cuelgo la mochila en la silla y, mientras me siento, me doy cuenta de que Sara es la que está al otro lado del eje. Su mesa es la más cercana a la mía según la ley de las proporciones de las mesas y las sillas. Otra que siempre llega a punto. No tengo intención de pedirle auxilio pero, si la tuviera, quizá sería mejor recurrir a los cursillos de natación de los que me escaqueé porque, de otro modo, me voy a ahogar, miserablemente. El profesor empieza a repartir las hojas. «No les deis la vuelta hasta que todos tengáis». Lo hago. Sólo hay dos ejercicios. Dos. Y tres horas de examen por delante. Hasta el último día van a apretar la soga. Pero esta no es la de Dios, no; esta aprieta, ahoga y te deja sin vacaciones. Le dedico una última mirada a Laura: concentrada frente a lo desconocido, el papel todavía girado, sin rastro de nerviosismo ni necesidad de que todo acabe. Para ella, esto es un simple trámite, un minuto más que añadir a sus veinte mil horas de vuelo. El resto —y cuando digo el resto me refiero a mí— no tenemos ni licencia ni paracaídas. Pero ahí estamos, ante la certeza de padecer un nuevo esguince de cerebro, emplazados en la demente y fina línea que oscila sin parar entre el no saber qué hace una chica como yo en un sitio como este y la creencia palpable de convertirnos en el nuevo Steve Jobs. No existe el punto medio. No hay atisbo de virtud en este horizonte aritmético.
La campana suena. El hemisferio derecho decide amplificarse por su propia cuenta y riesgo antes de quedar devorado por el izquierdo. Me imagino ya vagando por Los Ángeles, Las Vegas, el Cañón del Colorado. Compré el billete antes de saber si habría viaje y ahora sólo quiero creer que habrá viaje y, después, todo lo demás. Es el último verano sin grilletes, el último antes de entrar en la rueda del ratón con traje y maletín, el último en el que el tiempo se rompe y nada más importa. Además, tras varias noches quitándome el sueño, por fin confío en que no van a deportarme en la aduana por tener un nombre y apellidos demasiado vulgares. Ese viaje será.
Me centro en el enunciado del primer ejercicio. Creo que lo entiendo y me lanzo a completarlo sin mayores preámbulos, como casi todo en la vida. El silencio que invade la sala es atronador. Me parece una roca, una cordillera, el Himalaya, imposible de salvar, si acaso, sólo se puede franquear. Rescato los penúltimos garabatos de la cueva más recóndita de mi ingenio y planto la bandera con un incipiente temblor de mano. He debido hacerlo, sin embargo, sobre polvo de arena, porque al instante me doy cuenta de que está torcida. Y torcida aquí implica haber tirado todo lo anterior a la basura, porque las cosas son o no son, no pueden medio ser. Suspiro y rompo el silencio. El Himalaya se vuelve meseta. Miro el reloj. Sólo queda una hora y media por delante. Vuelvo a suspirar. La meseta se vuelve páramo. Hago una bola de papel y la dejo aparcada en la mesa. Después considero que el fracaso a la vista puede desconcentrarme y la tiro a donde pertenece. Le pido al profesor unas cuantas hojas más y decido pasarme al otro ejercicio. Intento leer, pero mis ojos son incapaces de juntar las letras; junto las letras, pero mi cerebro es incapaz de comprender. El bolígrafo y mis pies comienzan a resbalar. El folio sigue en blanco. Quizá, si le añado mi nombre, el resto tome el camino del fluir. No lo hace. Levanto la mirada. La pared también se ha vuelto blanca, como la camisa del profesor, que transparenta. Mi estuche es blanco, el silencio es blanco, lo que debería venir a continuación se ha esfumado. Me doy cuenta de que en este momento soy incapaz de saber ni mi nombre. El flujo normal de pensamiento ha cesado, incluso el que es erróneo. No hay nada, sólo cables cortados. Anestesia, vacío, simulacro de existencia. La única idea medio estructurada que emerge es que el nombre real de la asignatura debería ser arritmia. Y que soy imbécil.
Una punzada nace en mi corazón y se transfiere al resto del cuerpo en forma de calor. Todo mi sistema nervioso ha entrado en pánico. De pronto, la bola de fuego se acumula en una parte de mí reservada a momentos de estricta intimidad que nada tienen que ver con este. ¿Qué está pasando? Y, de repente, la erupción —fuerte, espasmódica, absolutamente imprevisible—: acabo de tener un orgasmo en una sala abarrotada en mitad de un examen.
Empujada por el frenesí y sin voluntad alguna de procesar lo improcesable, me giro hacia Sara y le chisto con urgencia. «El primer ejercicio». El profesor está sentado a un metro de nosotras. «¿Qué quieres?», parece decirme. Mi movimiento de cabeza y mano es inequívoco: «Que me lo pases, coño». La expresión de Sara se ve también inundada de blanco polar. Por telepatía trato de decirle, no, de advertirle, de que una vez fuimos amigas y no me puede fallar de nuevo. Sin darle muchas vueltas, con una maniobra plástica, certera, de manual de esgrima, Sara desliza la hoja por debajo de su mesa hasta casi alcanzar la mía —al final va a ser verdad aquello sobre que el remordimiento tiende a asomarse al balcón de la traición—. La atrapo como si fuera agua bendita. Mi recepción ha sido seguramente del todo burda, pero el profesor finge no inmutarse, y yo finjo no hacerlo tampoco. Intuyo que la cara de Sara debe haber adquirido una tonalidad morada cercana a la berenjena tailandesa. Pero le toca tragársela y llevarla con dignidad.
A velocidad de crucero, el ejercicio de Sara se convierte en mi ejercicio. Mío. Propiedad privada. Me vengo arriba y resuelvo el segundo con cuatro ideas sacadas de la chistera y, hasta luego, buenas tardes, que sea lo que tenga que ser, pero que este día termine. He oído mil veces que somos tal y como meditamos, pero a mí me parece que somos, sobre todo, el modo en que reaccionamos al quedarnos en blanco en un examen mientras otros eventos un tanto irreales tienen lugar. Sucumbir ante el bloqueo biológico o seguir intentándolo de cualquier forma a pesar del riesgo. Perecer o no perecer, he ahí la cuestión.
Durante estos años, ni una sola persona me ha creído cada vez que he contado esta historia, y he decidido dejar de intentarlo. Nadie se ha escandalizado por el hecho de haber copiado a lo grande en el último examen de la carrera en las mismas narices del profesor, o por que mi otrora verduga se convirtiera en salvadora. Lo hacen por no concebir tener un orgasmo tal y como la Virgen María engendró a su hijo: sin contacto ni ocasión. Así que pido humildemente, si es que hay algún experto en la sala, que salga y refrende esta posibilidad, o que calle para siempre.
¿La asignatura? La aprobé. Un cinco punto gracias. La cornamenta me salió a cuenta. Perdí un novio —y a la ruleta—, pero gané un sello de los States en mi pasaporte y un verano mejor que los que no se llegan a olvidar.
Chinchín.
La Vermutera ![]()
