#021 DOPAMINA BARATA

La generación de cerebros acolchados.

Murió el verano, como también lo hicieron septiembre y octubre y, en breve, lo hará noviembre. Desde que los acontecimientos se han reducido cuantitativamente en mi vida, tengo la impresión de que, lo que ocurrió hace tres años, lo hizo en realidad ayer. La sensación es más palpable al contrastarla con los de enfrente. Para ellos, ha pasado una década desde el último café —el viaje a Tailandia, la entrada de los niños al cole, las cenas por cada recodo del eje cardinal—, mientras que yo aún retengo cada sorbo, cada uno de los hilos que sobresalían de las mangas de su jersey, cada acontecimiento que, desde ese asiento, les pellizcaba el corazón. Ahora veo el pasar de los meses como si fueran segundos y, en este transitar, percibo con claridad el carácter circular del tiempo; los vasos comunicantes son infinitos, todo parte y regresa al mismo punto. También he llegado a conocerlo con tal grado de intimidad que algunos me han empezado a llamar “sereno”; no por la acumulación de ondas alfa en mi cerebro —que también— ni por un despiste de género en la adjetivación, sino porque soy capaz de dar la hora con exactitud. Da igual que sea mañana, tarde o noche. La precisión asombra, tanto que mis muñecas ahora se visten sólo con pulseras y torres de coleteros apiladas en horizontal.

Sin embargo, me he dado cuenta de que, por mucho que sea capaz de ponerles coto a esos espacios —las seis de la tarde, febrero, 2025—, no soy completamente dueña de ellos. Hay instantes repletos de una nebulosa distinta a la propia, digamos que adquirida; instantes de inopia, de no ser, de absoluta paja mental. ¿El culpable? No hay misterio, señoría, hasta un jurado impopular podría verlo: el dichoso móvil. Y, la verdad, llevo muy mal lo de permanecer atada a algo. No soporto acarrear dependencias de cualquier tipo. Byung-Chul Han, al recoger el otro día el Premio Princesa de Asturias, también expresó su preocupación por habernos convertido nosotros en instrumentos de los smartphones, y no al revés. Y es que es cierto: llevamos décadas fantaseando con la idea de crear robotitos sin darnos cuenta de que hemos sido los primeros en transformarnos en uno.

Hace dos años hice el primer amago de emanciparme del móvil. Compré uno de los bobos, un Nokia de esos de pantallita negra, números que también son letras y el venerado Snake. Desde entonces, ha ocupado el lugar más privilegiado de mi cajón de cosas para otro momento. No ha conocido la luz del sol. También llegué a quitarme los datos para que el smart se quedara sólo en phone cuando saliera de casa. El problema es que entraba más que salía —verbos que pueden conjugarse también en presente—, así que mi gran plan se multiplicaba por cero cuando mi amigo agarraba un cojín y se tumbaba conmigo en el sofá, al que la WiFi llega en perfecto estado de revista.

No, no es tan fácil dejarlo. De hecho, es muy difícil dejar aquello que traspasa lo que tu razón ya ha comprendido y, pese a todo, como una tira de velcro, se empeña en engancharse por cada centímetro de tu voluntad. ¿Es posible tener algún poder sobre ella en circunstancias de adicción? Hay gente que directamente evita el estante de las Pringles en el súper, o que inventa excusas para no aparecer por las fiestas del pueblo porque, ya sabéis, es imposible ir y no liarse. Como todos, yo no empecé en esto del uso del smartphone sabiendo que lo jodido sería quitarse, pero he presenciado el proceso de mi propio enganche con estupor —y algunos temblores—, y he llegado a la conclusión de que recurrir a la metadona no sirve para nada. En este asunto, el punto medio —usarlo para lo estrictamente necesario— me es inalcanzable. Así que toca tomar una decisión lapidaria, de las que no tienen vuelta atrás y escuecen durante un tiempo hasta que, por fin, en un punto difuso del lejano horizonte, se agradecen. Ha llegado el momento: voy a quitarme el móvil.

Sí, del tirón. Haré una donación a la ciencia o lo tiraré por cualquier barranco. Me lo voy a quitar porque estoy harta de automatizarme, porque necesito eliminar la urgencia enfermiza de consultar cómo va el Madrid, cuál es la capital de Yibuti, si se dice untar o huntar, de comprar cosas inútiles que sólo fomentan un sistema inútil que premia el consumismo como único método de satisfacción momentánea —que ya se ha convertido en vital—. Me lo voy a quitar porque mi hermana el otro día casi se mata por su culpa en la carretera. Me lo voy a quitar porque antes memorizaba las calles en la cabeza y ahora cualquier calle me trae de cabeza. Porque gracias a que él es smart, yo ahora soy bastante más tonta. Y la realidad es que ya estoy lo suficientemente gilipollas por mi propia condición como para añadirle a sabiendas más metros a la linde. Además, me niego a creer que todo deba reducirse a una cuestión de píxels y dopamina barata, de inteligencias arbitrales, de tráemelo todo a casa porque no me apetece levantarme del sofá y sí seguir mandando mensajes y viendo cómo esos dos se besan en una story mientras me olvido de cómo era besar y alucinando con reels de gatos mientras la mía se aburre como una condenada en esa silla. Si Platón levantara la cabeza, se metería él mismo en su propia caverna. Y yo con él.

Lo que más me entristece es que no guardo ningún recuerdo grato desde detrás de esa pantalla. He repetido el ejercicio cientos de veces y la evidencia asusta. Estar ahí es un agujero negro de horas y eventos, un correr para sólo llegar, perderse lo esencial para vivir atrapado en una caja del tamaño de una mano. Y yo no quiero que se me vaya media vida sin haberla vivido. Ya no.

A lo largo del tiempo he compartido estas reflexiones con el único amigo dispuesto a escuchar de verdad mis disparates, quizá por sentir él también cómo ese cacharro le alienaba cada vez más de su realidad y esencia. Tampoco es que su nivel de autoconsciencia me pillara desprevenida. Hace dos años me preguntó: «Ahora que estás así, ¿qué puedo hacer por ti?». «Llevarme a ciudades, hacerme viajar contigo». Desde entonces, neerlandés él, me manda una postal desde cada lugar que visita con un poema en español de su puño y letra —¿en qué momento se perdió esta bella costumbre?—. Así he descubierto sitios tan variopintos como Vimoutiers, Tilburg o Maubeuge; así he ratificado que la poesía es un lenguaje huérfano de nación que nace de las entrañas. En su último envío me confesó: «Me he quitado el móvil. Del todo. Ahora viajo en tren observando el paisaje. Ahora puedo ver mientras miro, sentir el relieve de lo que toco. Ahora mi única necesidad compulsiva es vivir».

Quizá sea difícil pronosticar si existe una vía de escape para nosotros como conjunto en todo este embrollo. Lo que sí sé es que nuestro poder como individuos puede también liberar el camino de la hojarasca. Volverlo transitable. Señalar con piedrecitas los rincones que nos pierden para saber bordearlos. Así ha sido siempre. Así continuará siendo.


Querido P:

Tu valentía me ha dado envidia y, a la vez, impulso.

Yo comprobé que reducir acontecimientos del día a día permite recordarlos con mayor cercanía. Tú confirmas que salir del agujero negro nos devuelve la capacidad para habitar el presente. ¿Tendrá esta combinación cuántica mayores propiedades elásticas? ¿Venceremos en el aquí y el ahora frente a lo que alguna vez nos hizo o hará mal?

Estoy dispuesta a comprobarlo.

Ya soy libre de la maquinita. Por fin me la he quitado.

Nos leemos pronto. ¿Será por Lausanne, Bregenz, Trier? ¿O tal vez por dimensiones aún no exploradas?

Chinchín y abrazos.

La Vermutera