No sé si lo sabéis, ni si acaso le conocíais, pero hace un par de meses asesinaron a un tipo famosete en la cárcel donde cumplía condena por múltiples delitos relacionados con la pederastia que no me voy a detener en detallar. Era Ian Watkins, ex vocalista de Lostprophets. La noticia me sobrecogió de la misma forma en que lo hizo hace años conocer sus macabros hobbies: ¿cómo narices el artífice de la banda sonora de la eclosión de mi vida podía residir en realidad en las cloacas más profundas en las que se pueda encontrar un ser viviente? Porque sí, Lostprophets no habían sido cualquier cosa desde que los descubriera en el 2007 cuando abandoné el nido camino de la gran ciudad con esa excusa manida de estudiar algo que se supone que debe resolvernos el futuro pero que, sobre todo, nos resuelve a nosotros mismos. Muchas de aquellas primeras tardes las pasé en la habitación de una compañera de residencia que se esforzaba por bautizarme en la religión del Sagrado Indie de las Mil Voces en las que se veneraba a San Jared Leto (30 seconds to Mars), San Alex Turner (Arctic Monkeys), San Kasabian y, sobre todo, a los Santísmos Lostprophets. Todos formaban parte de un género que, por despiste supongo, no había cruzado la estepa manchega, pero que en Madrid resonaba con facilidad por las paredes de nuestros sueños.
No se me olvida, ni se me olvidará nunca, el momento en el que escuché por primera vez 4:AM forever enfundada en mis Converse y aquellos vaqueros pitillo con camiseta a rayas horizontales rojas y negras, todo muy poppi porque, ya se sabe, la vestimenta es un elemento clave en toda religión: primero ese piano discreto, inseguro, adolescente; después, la guitarra que rompe, dramática, llena de mordiente. Fue en ese preciso instante cuando supe que alguna extraña revolución había llegado a mí para quedarse. Por alguna razón accesible sólo al alma, esos acordes me permitían poner nombre a emociones hasta entonces soterradas. También sentir conatos de un éxtasis reservado en exclusiva a amantes de la química. Así que me la ponía en bucle, día y noche, como si no pudiera existir nada más allá, como si aquella canción condensara el origen de todas las cosas y también las pistas de hacia dónde van a parar.
Mirar mi iPod de la época era rendirse a la evidencia de que podía pasarme días, semanas y hasta meses escuchando sólo a mis cinco LP: Lostprophets, Linkin Park, Laura Pausini, Love of (P)esbian y Lady (P)aga. Gusto ecléctico, lo admito, pero también redentor.
Aunque aquí he venido a pinchar el globo.
Plof.
Plof.
Plooooof.
El caso es que, cuando el mundo supo de los delitos que se le imputaban a Watkins, plataformas como Spotify cerraron filas y retiraron todas las canciones del grupo. Yo, mitad por vieja evolución, mitad por apoyo a la causa, dejé que su música se evaporara de mi vida hasta que, hace algunos años, por azares el destino, regresé a ella. Y no negaré haber sido muy feliz al hacerlo. Fue automático: mi estómago se contrajo, las mariposas volaron, los ojos se me llenaron de un líquido familiar que hacía tiempo que no había aparecido acompañado de una sonrisa. Y es que los sonidos, tal y como sucede con los olores, tienen el poder de traspasar la barrera de lo posible y transportarnos a todos los lugares donde fueron y fuimos con ellos. Y, con Lostprophets, había habido mucho de todo aquello: mi primer festival —cartelón con ellos y Linkin en la mítica Cubierta de Leganés—, mi primera conversación con esa chica por Tuenti hasta las 4:AM, mi primera relación medio seria, mi primera —y última— vez al piano. Escucharlos, aun media vida después, despierta todas las emociones que acompañaron a aquellos momentos, y que acaso son lo más real que uno puede albergar dentro de sí. Porque lo que acelera el corazón, expande el alma. Y un alma expandida sabe cómo darle sentido a este sinsentido al que nos enfrentamos cada día.
Ahora, la noticia de su muerte, ha reabierto en mí el debate —todavía irresuelto— sobre los límites de la cancelación, sobre si debe aplicarse a toda —Laia— costa o si existen contornos que cada uno puede permitirse ser libre de dibujar. Inevitablemente, me asalta la sensación de blanquear, con el simple acto de darle a play, lo que hizo ese cabrón. Pero, a su vez, me planteo si es justo para mí dejar de hacerlo. ¿Tengo que privarme de por vida de revivir esa magia? Todos los argumentos me parecen válidos e inválidos. El dilema es jodido. Pero por primera vez lo observo desde una perspectiva subjetiva, condicionada tanto por el paso del tiempo —que minimiza sin querer lo que deja atrás— como por la conexión emocional con la obra del susodicho.
Me doy cuenta de que durante toda la vida he practicado la cancelación individual y voluntaria de estos prendas con cierta ligereza; no por culpa de principios rotundos, tampoco voy a ser hipócrita, sino de mi absoluta incapacidad para separar al artista de la persona, o, al fin y al cabo, a una persona de cualquier cosa que haga. Porque, si hay algo en ella que no me gusta una mierda, simplemente no puedo seguir mirando hacia ahí. Por eso yo también salí de la gala de los César junto a Adèle Haenel cuando le dieron aquel premio rancio a Polanski, y de ninguna forma le habría concedido el Nobel a Peter Handke a pesar de que le joda que su obra se vea una y otra vez sometida a «insultos plebeyos». Es necesario dejar de blanquear cabrones. Un amigo me llegó a decir: «¿Por qué no dejas de dar por saco y separas los mares, como Moisés? ¿Qué tendrá que ver que esos tíos sean unos malnacidos con haber creado obras de arte?». Pero es que no puedo. No se me ha concedido ese superpoder, ni tampoco lo quiero. No va conmigo ser espectadora de arte manchado. Pienso en las víctimas, me imagino que son mi hermano, mi prima, la vecina, e inmediatamente siento que dejar que esa gente siga contoneándose por los escenarios de medio mundo no es sino, de nuevo, consecuencia de este problema enfermizo de empatía y de absoluta lejanía moral con respecto a quienes (les) han sufrido.
Por eso me parece demente que instituciones, promotores o cualquier entidad con impacto social decidan exponer o premiar la obra de un delincuente en lugar de señalar lo que no es permisible en ningún ámbito. Son ellos, los papás, los que deben dictar sentencia porque, independientemente de lo que nosotros hagamos en nuestra habitación —sin olvidar aquello de la corresponsabilidad—, dotar a estos sujetos de un espacio público es legitimarlos, darles una palmadita en el hombro y decirles que da igual lo que hayan hecho en su vida personal porque seguirán teniendo un hueco entre nosotros. Es como cuando Broncano decidió cortar con su pregunta de si eres más racista o más machista cuando Paz Vega le señaló que concederle ligereza a esa respuesta en un espacio público de alguna forma daba a entender que ese comportamiento podía ser justificable. Y no andaba falta de razón.
Pero ahora, y a eso es a lo que voy, toda esa vehemencia discursiva y activa se me ha evaporado en primera persona. Me confieso en estado de bloqueo. Quiero darle al play, que vuelvan a ser las 4:AM forever, y a la vez no puedo. Me siento contradictoria, antónima, perdida entre principios y emoción. Es como un ex del que todavía sigues enamorada hasta las trancas aunque sepas que es un cabrón de manual.
No deja de resultarme curiosa la variedad de caminos que la razón y el corazón nos obligan a hacer y deshacer tantas veces. De tantas formas, sobre todo de las que menos se esperan. En el fondo, no me importa vagar por esta duda. La exploraré y me exploraré hasta obtener la respuesta que, intuyo, no será permanente, ni desde luego universal o correcta. Si algo he perdido con el paso de los años es el miedo a que mis opiniones sean inconsistentes e incongruentes. También a equivocarme. La verdad última quizá tenga una pizca de todo ello. Si es que acaso existe. Pocas cosas son forever.
Chinchín.
La Vermutera ![]()
