#023 COSTUMBRES COSTUMBRISTAS

Donde cualquier tiempo pasado fue anterior.

La costumbre es uno de esos sustantivos continuistas que pierden su razón de ser conforme te alejas de ellos. Uno se acostumbra o se desacostumbra a lo que (no) ve o a lo que (no) hace, como a que el pelo se lleve cardado, a desayunar Colacao con galletas María o a que un tipo aparezca un domingo en tu casa para traerte algo que no necesitas.

El lugar donde nací es cuna de retratos costumbristas y costumbres arraigadas. Podría decirse que es de esos sitios en los que suceden cosas; cosas que luego no dejan de sucederse. Cuando regreso a él, regresa a mí todo lo que perdí de vista, todas las situaciones que me eran comunes y que hoy me parecen sacadas de la chistera del Mago Pop. Las más disparatadas han quedado inmortalizadas por Cervantes o Almodóvar, porque no deja de tener su gracia que un señor se dé de leches contra unos molinos creyendo que son gigantes —aquí creemos con una intensidad tan fuerte que nos construimos, yo qué sé, un aeropuerto apoteósico, aunque luego quede sólo para plató de cine—, o que el fantasma de una madre vuelva y se prepare unos garbanzos como único medio para reconciliarse con lo que no pudo en vida.

Pero esos son sólo algunos ejemplos. La peonza no ha dejado de girar pese al paso de los años. Me doy cuenta con tan sólo ir al médico a que me quite una bola de queratina que ha decidido hacer nido en el lóbulo de mi oreja —eso de por sí es ya una estupidez digna del escenario—. La consulta está en uno de estos edificios de coworking situado en un páramo frente a la estación de tren del que quieres salir pitando cuando todavía no has puesto un pie. El espacio está ocupado por mesas que, a su vez, no ocupa nadie y por oficinas cerradas que parecen correr la misma suerte. No se intuye por ningún sitio el co ni desde luego el working. El ambiente es blanco. Halógeno. Antinatural. Capaz sin duda de derretir la masa gris de cualquier cerebro, incluso de los que tenemos poca. No se percibe tampoco rastro alguno de calefacción. Afuera llueve, de hecho, está cayendo el diluvio universal, pero se siente menos extraño, más seguro. Sin osar desprenderme del abrigo ni del gorro, avanzo hasta lo que parece ser una sala de espera con tres sillones y un silencio también helador que invita a pensar que una tortura en alguno de los sótanos del Kremlin tendría un poco más de humanidad. Sólo el ruido del agua al caer de alguna gotera al interior de un cubo en mitad de la sala rompe con la monotonía. También con la sensación de ser la última presencia humana sobre la faz de la Tierra —porque estaremos de acuerdo en que alguien ha tenido que colocarlo ahí, que el cubo no ha decidido por sí mismo sacar sus patitas para salvar la moqueta—.

Del interior de la consulta sale luz —también de la que fríe dendritas y axones—. A través de los cristales opacos se intuyen sombras que se mueven, que parecen ocupadas en una actividad que, ojalá, sea la razón de mi presencia allí, pero nada ni nadie puede confirmarlo. El tiempo pasa lento, absurdamente lento. Miro al exterior y compruebo que se hace de noche sobre la estación por la que no circula ningún tren. El temporal azota y pocas certezas se tienen en pie. Al otro lado de la sala hay relojes que marcan la hora de Buenos Aires, Tokio, Sidney, Madrid, Londres y Nueva York;  una referencia, supongo, indispensable en un entorno como ese. Yo sólo espero que la hora de Nueva York no alcance la de Sidney antes de salir de él.

De pronto, la puerta de la consulta se abre y aparece una mujer de unos cincuenta y cinco años con el peinado y el maquillaje de Sarah Jessica Parker en Afterschool special. No tiene a bien mirarme. Va directa al cubo. Lo observa como con prisa y lo desplaza unos centímetros a la derecha. Después, se dirige a la única mesa que tiene ordenador y empieza a teclear sin parar. Mi astucia me dice que debe ser la secretaria o la enfermera. No parece estar orgullosa de lo que redacta, porque borra y rescribe una y otra vez. Lo hace como si en lugar de un ordenador utilizara una Royal Quiet DeLuxe; aporrea las teclas como si al fondo esperara encontrar un tesoro. Me doy cuenta de que tiene las piernas cortas y que los pies le cuelgan de la silla. La bata que lleva está inmaculada, a juego con las luces. Por fin, le pega un hostiazo final al teclado —la dura vida del enter— y se da la vuelta. Sus ojos se dirigen a los míos una milésima de segundo y me hace una señal con la cabeza para que acuda a ella. No me llama ni me dedica un saludo iniciático, no. Realiza un movimiento seco con el cuello que indica con claridad que no tengo otra opción que no sea la de ir a su mesa. Tras cerciorarme de que no hay nadie más en la sala, lo hago. Cuando llego a su altura, empieza a hablar en susurros, casi en lenguaje críptico. No comprendo una mierda.

—¿Nombre? —repite sin apenas separar un labio del otro con evidente decepción.

—C.

Vuelve a teclear con ímpetu. Nunca pensé que detrás de un simple nombre pudiera haber tanta narrativa. Su mirada no abandona en ningún momento la pantalla. Veo que lleva colgada una chapa en la que pone Soledad, sin duda alguna para despistar. Desde una especie de walkie talkie que sobresale de su bolsillo, alguien pronuncia unas palabras que tampoco entiendo y que quedan sin respuesta. De repente tengo la impresión de estar siendo cómplice de algo sin enterarme, de que esa mujer con aire ochentero es en realidad un agente de la KGB. O de algo mucho peor, si acaso existiera.

—¿Tú eres la del quiste? —sus cuerdas vocales emiten en una longitud de onda sin duda cifrada ante el oído enemigo.

Sin estar del todo segura de qué contestar, asiento. Ella replica con otro golpe firme de cuello.

—Siéntate un rato. Cuando te toque, te llamo.


Con paso marcial acelerado, Soledad rehace el camino hacia la consulta y yo vuelvo a la sala de espera donde nadie espera. Como cuando me ocurrió cuando hice la primera comunión o cuando fui por sorpresa un viernes de madrugada al piso de mi novia de la universidad, me invade la clara sensación de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

No pasa ni un minuto cuando Soledad sale de nuevo de la consulta como un relámpago, va al cubo, resuelve una ecuación de grado dos donde X es la dirección del viento e Y la probabilidad de que las patitas del cubo la emprendan en otra dirección, y lo mueve tres, cuatro, cinco centímetros a la izquierda. Después, encara el escritorio y, cuando está a punto de sentarse, y aunque siempre juraré que yo no quería por nada del mundo mirar, sus ojos se encuentran con los míos. Nuevo golpe de cabeza. Obediente, voy hacia ella. Con el dedo me señala la silla que está junto a la suya y, sin que medie ningún otro contacto que pueda poner en riesgo la operación, me desliza un papel como quien entrega un sobre con miles de euros. Sus labios se aprietan cual tornillo de submarino: «el consentimiento», quiero entender.

Las ruedas de la silla de Soledad se giran para concederme mi espacio, para que nada ponga en entredicho la confidencialidad de esa información sin duda clasificada. Quiero leerla con calma, pero a la vez tengo tal bloqueo que sólo alcanzo a garabatear la que debió ser mi firma en 1997. Soledad escucha el trazo del bolígrafo —porque si algo tiene Soledad desarrollado es el oído; quizá no tanto el derecho después de lo de aquel mortero en la primera guerra chechena, pero definitivamente sí el izquierdo—, y las ruedas de la silla vuelven a girarse emitiendo un chirrido que me pone los pelos de punta. «Acompáñame».

Soledad se levanta de un salto, se cierra la bata, se coloca una mascarilla y empieza a ejercer presión contra mi espalda para que me dirija a la consulta. A mi alrededor compruebo que sigue sin haber testigos. ¿Van a extirparme el quiste o el jodido corazón? Empiezo a buscar con la mirada una puerta, una ventana, un conducto de ventilación por el que salir echando leches llegado el momento, si es que el momento no ha llegado ya. No tengo tiempo de tomar la decisión. El médico me atrapa oculto tras una especie de escafandra que me hace cuestionar si se puede operar con un cachivache tal. Y de qué. De qué se puede operar con eso. Sin mayores preámbulos, me conduce hasta la camilla y me mete el pinchazo de la anestesia en el lóbulo. Escuece lo suyo. Pero más escuece tener que preguntarme por qué coño soy tan dócil cuando hay señales claras de que me pueden asesinar o de que Almodóvar grite «corten» desde detrás del biombo. El médico empieza a trastear en la oreja; abre, limpia, succiona, coge la aguja, el hilo, lo tensa, me cose. Aunque la sensación no es agradable, al menos el corazón está a salvo. Un minuto después, me da una palmadita en el hombro para decirme que hemos terminado.

Soledad aparece de la nada con un bote de residuos biológicos. El quiste flota en su interior en una especie de líquido raruno. Me lo ofrece, sonriente. «Las Fallas empiezan dentro de nada, ¿no?». Atónita, asiento, cojo el bote y, bajo ningún concepto, mientras permanezco en la consulta, se me ocurre preguntarle cómo sabe que vivo en Valencia. Con la KGB no se juega.


Chinchín.

La Vermutera