
¡Hola! Soy la Vermutera. Cuando no estoy sirviendo copas, me entretengo escribiendo sobre la vida y otros placeres cotidianos.
Perdonad que no me presente por mi nombre. A efectos públicos —y púdicos— lo dejamos en Vermutera. Más interesante, menos mundano. Aunque todo lo que lo acompaña lo sea. Mundano, normal, quiero decir. Salvo algunos acontecimientos puntuales en torno a mi nacimiento que debo nombrar para sentirme especial, como el haber sido concebida gracias a un kebab o el de haber sido chica cuando esperaban gemelos, primero, y un chico, después —seguro que el kebab tuvo algo que ver—.
El caso es que por causalidades del destino —el azar no existe ni en el casino—, resulta que vine al mundo finalmente convertida en una mujer. No una mujer, mujer, sino una niña, ya me entiendes. Supongo que todo eso, lo de la transmutación intrauterina y tal, fue la causa de que también apareciera un mes más tarde de lo debido, en vísperas del verano del 89.
Ya como toda hija de vecina, no pude sino formar parte activa de la generación que me tocó vivir: la de los tazos, los gogos, las notitas en clase, el teletexto, Ronaldo y Zidane, las Spice Girls —vale, aquí con algo más de pasividad—, el Club Megatrix, el «si le, no le», o los cumpleaños con mediasnoches de jamón y queso.
Previo a todo eso, parece ser que empecé a dar patadas a un balón antes casi de saber caminar, que escribí mi primer poema a los cuatro años —algo sobre una sirenilla que tuvo que llamarse “Venilla” porque tenía que rimar— y que no dejé pantalla de tipo alguno sin probar —Dragon Ball, Oliver y Benji, Street Fighter, Metal Slug, Resident Evil 2—. Parecido a lo que hago ahora en realidad, aunque con alguna que otra capita de chapa, pintura y tendones prestados, que todo lo tengo que contar.
Yendo más al grano, confieso que adoro el vermut y a Pizarnik —sorpresa—. Que no puedo pasar sin un café bien cargado a primera hora. Que huyo de los corsés, de la inmediatez, del telediario y las rejas sociales. Que hablo con todas las partes de mi cuerpo. Que me considero tanto de playa como de montaña. Que cambiaría «Dios» por «la transparencia» en eso que llaman el primer mandamiento. Que soy de color rojo, del olor a chimenea, de pasar a lo siguiente. Que suelo creerme lo que todavía no he experimentado. Que me llaman Recaredo por similitudes en el afán por convertir —¿a qué? ¿por qué?—. Que no me cuesta encontrar una parte de mí en todo contexto. Y que, en todas mis idas y venidas, a pesar de lo conquistado, el mayor aprendizaje ha sido el dejarme llevar y aceptar lo que viene dado. Sin preguntas, arrepentimientos, ni certezas. A fin de cuentas, la experiencia no ha dejado de probarme que la vida atiende solo a razones desconocidas.
Y que así siga siendo.
Chinchín,
La Vermutera ![]()