#011 LA DROGUERIE MODERNE

Following rivers and oceans.

Me estaba mirando. Era a mí. Aunque todo daba vueltas no podía ser a nada ni a nadie más porque detrás de mí sólo había ruido. Y gente jugando a ser otra cosa muy distinta de lo que seguramente era. Me pedí otra cerveza y le devolví la mirada. Ella no la apartó. Tenía un piercing en la nariz y los ojos rojos, aunque tal vez sólo fueran marrones. Le dediqué una media sonrisa y envidé dos más, como si llevara toda la vida jugándomela a esa carta. Y picó. Vaya si lo hizo. Resulta curioso cómo la percepción del ganador o el perdedor, del héroe o el villano, puede variar tan sólo de acuerdo a la fachada, a lo que uno consigue proyectar al exterior. Dentro de mí habitaba un hervidero de escombros, pero nadie parecía darse cuenta; tampoco mi gente. A sus ojos era la misma de siempre, y yo no es que quisiera aparentar lo que no era, es que no sabía cómo lidiar con tanto dolor. Así que daba la impresión errónea de ir a por todas, sin importarme las razones, aunque luego el todo se quedara siempre en mitad.


Antes de llegar ahí, mis amigos y yo habíamos estado dando vueltas y vueltas por Oberkampf. Buscábamos un sitio decente en el que beber birra, fumarnos unos cigarros y seguir de fiesta a nuestra manera. Pero estaba complicado. Es lo que tiene París a las dos de la mañana. A esas horas los sitios están chapados o llenos de pastillas y luces de colores, lo que, a nuestra forma de verlo, también implicaba chapado.

La Droguerie Moderne estaba hasta los topes, pero había algo en la atmósfera, una energía, una especie de corriente circular que nos había atrapado nada más abrir la puerta. Tenía cierta decadencia alegre; una amalgama de contradicciones que invitaba a querer saber más: un carro tomado prestado de algún supermercado que también era silla, tipos con corbata, media de edad de veinte, una bañera a modo de sofá, bicicletas y zapatillas colgando del techo, una lluvia de granates y fosforitos, botellas semivacías, sensación de infinidad. Parecía el lugar idóneo para perdernos más de lo que ya estábamos. También para encontrarnos. Hay lugares que te pierden y te encuentran a la vez.


Reconocí la batería metalizada de I follow rivers en cuanto empezó a sonar. Fue como si algo me poseyera; una fuerza invisible, un arrebato venido del más allá, una especie de magnetismo, de éxtasis astral. Y me subí a la barra. Así, a pelo. Con un botellín a modo de micrófono. Rompiendo tímpanos desde 2006, desde aquel Bring me to life en el karaoke de la esquina de casa de Lalo que acabó en una tragedia aún mayor que un par de tímpanos cercenados.

Desde ahí arriba resultaba imposible no gritar cada estrofa, no ladrar los estribillos como si el mundo se hubiera congelado y fuera no existiera nada más. Por suerte no había ningún jurado de The voice en la sala. Toda la gente me seguía. Las cabezas se meneaban sin control de un lado a otro. Parecían hormiguitas en plena esquizofrenia colectiva de la euforia. Lancé la camisa al aire y descolgué sin querer una de las zapatillas que bailaban separadas del techo por un hilo. Un chaval muy amable la recogió y me la tiró de vuelta a la cara. Encima apestaba. Debía de llevar ahí desde la posguerra —¿cuál?— Terminé la actuación empapada en sudor. Aullidos. Algún aplauso aislado. Y media vuelta para continuar la noche. Antes de bajar le pedí al camarero, que también era cliente —a juzgar por lo que bebía—, psicólogo o cura —a juzgar por la de confesiones que escuchaba— y dj, la nueva de Daft Punk. No sólo me la puso, sino que también me trajo un chupito de algo indescifrable. Él se tomó uno igual. «Santé». La mierda esa corrió por mi garganta como una llamarada en un reguero de gasolina. Le miré con cara de sheriff, me sonrió con cara de Jack Nicholson echando abajo la puerta del baño, y sirvió otro par.


Después, perdí la cuenta de (casi) todo y todo pareció contar el doble.


La tipa (el casi), que no me había quitado ojo mientras estaba en las alturas, me seguía mirando. Parecía sudársela todo lo que estuvieran diciendo sus amigos y, con la tontería, me estaba empezando a calentar. Cada baile iba cobrando una nueva dimensión. El suelo vibraba. Mis ojos se cruzaban con los suyos. El bar entero ardía. La bañera transpiraba. Los cristales se empapaban. El carro descarrilaba entre la gente. La distancia emocional entre nosotras se deshacía. Mi camisa daba vueltas sobre las aspas del ventilador. Pero ella llevaba jersey. Largo. Muy largo. Hasta cubrirle los nudillos. Y no podía evitar preguntarme qué ocultaría debajo; cuántas marcas en las muñecas, cuánta zona de piel levantada o abrasada, cuánto dolor disfrazado de nácar. Por mucho que su forma de mirar gritara que era una mujer que vivía sin pasado. Pensé que quizá fuera algo que, simplemente, no quería mostrar —para qué airear los trapos sucios a la primera de cambio—, pero que tampoco negaría llegado el momento. No, ella no era como los demás. Tenía pinta de ser la típica que no avisa de si va a las cosas o no; tampoco de cuándo se larga. Que toma cerveza sólo en botellín. Que ha circulado toda su ropa entre sus amigos antes de ponérsela. Que podría salir viva de un disparo en la sien e incluso con cierta gracia. Que nunca sabes si le va bien o mal, pero en todo caso parece estar siempre medio decente. Que se toma los lunes igual que un sábado noche y un día de lluvia como una excusa para bañarse en pelotas en el Canal Saint-Martin.


Me tumbé en la bañera y supuse que vendría. Ese es el tipo de cosas que cabría esperar de alguien así. Vendría, e intentaría que hiciéramos lo que fuera que pudiera hacerse en una bañera con tres kilos de mierda que apesta a alcohol en medio de tanta gente —beber más, morrearse, jugar al dominó, ponernos a funcionar—. Vendría porque no te pasas una hora persiguiendo a alguien con la mirada para volverte a casa con el calentón y un cartón de leche debajo del brazo. Y yo me había tumbado en ese bodoque a lo Marilyn Monroe para que lo hiciera. Para que viniera. Para que cayera como Tom Ewell. Para ver en sus ojos el deseo y escuchar de sus labios la súplica. Lo quería. Lo ansiaba. Lo necesitaba más que nunca desde que Paula se había largado y había dejado mis pedazos amontonados en la esquina del salón. Desde entonces había permitido que la tristeza se me pegara a la piel, a los gestos, a la forma de caminar. Aunque no hubiera dicho una palabra, aunque nunca nadie lo notara. El alcohol era mi maquillaje y las barras de bar, los andamios que me impulsaban a volar. Pero la máscara ya pesaba. Apretaba. Me estaba empezando a sobrar. Por eso, esa noche me había propuesto morir matando, perder ganando, dejarme de mierdas y simplemente ser, saborear el presente, rendirme a lo desconocido.


La tipa apareció al cabo de dos o tres canciones.

—Qu’est-ce que tu fous ici? Je te paie une bière. [¿Qué coño haces aquí? Te invito a una cerveza.]

Se había quitado el jersey. No había ni rastro de cicatrices en sus brazos; tampoco en su forma de hablar. Sus facciones eran mucho más dulces de lo que se intuía de lejos. En ese lugar improbable, ninguna de las dos parecíamos vulgares y, sin embargo, seguro, tampoco éramos especiales.

—J’aime pas la bière [No me gusta la cerveza] —dije.

—Jägermeister?

—Tu sais quoi? Tu ressembles trop à Adèle Exarchopoulos dans La vie d’Adèle. [¿Sabes? Te pareces un montón a Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle.]

—Ah bon? [¿En serio?]

—Tu laisses la bouche ouverte dès que tu te concentres sur quelque chose. Comme un poisson. [Dejas la boca abierta cuando te concentras en algo. Como un pez.]

—Comme un poisson. Ouais. C’est ça. [Como un pez. Claro, lo que tú digas.]

—C’est vrai. [Es verdad.]

—Et toi… tu ressembles à Cléopâtre sur son bateau. Il ne manque plus qu’on t’évente. [Pues tú te pareces a Cleopatra ahí tumbada en tu barco. Sólo te faltan los palmeros.] —Su sonrisa blanca contrastaba con el negro de mi intención—. Jägermeister alors? [¿Jägermeister entonces?]

—J’aime pas ça non plus [No me gusta tampoco] —volví a mentir.

—Tu préfères que j’arrête de faire semblant et que je te refile mon numéro? Ou, encore mieux, mon adresse? [¿Prefieres que deje de irme por las ramas y que te dé mi número? O mejor aún, ¿mi dirección?]

Era directa. Eso me ponía.

—En fait, je crois que j’aime pas les inconnues, tout simplement. Ou en tout cas pas de près. L’imagination est bien plus cool, tu sais? [Creo que no me van las desconocidas, simplemente. O, en todo caso, no de cerca. La imaginación mola bastante más] —Me levanté. Había dejado la bañera más mojada de lo que la había encontrado—. Pero tú podrías llegar a gustarme. Si vivieras en Madrid, claro.


La tía no debió de comprender nada, o bien lo comprendió todo, porque agarró la primera copa que encontró y me la echó encima. A mí y a la bañera, que quedó aún más pringosa —la pobre. El volumen de la música pareció tomarse diez segundos de huelga de repente. Me volvió a mirar con la misma franqueza con que lo había hecho toda la noche —aunque con un evidente cambio de temperatura y color— y se dio media vuelta sin decir nada. No hacía falta. Y, sin hacerlo, en medio de ese giro —largo, definitivo, sin rastro de incertidumbre— comprendí que, definitivamente, podría perder la cabeza por ella, por su falda vaquera rasgada, sus uñas pintadas de verdad, sus intenciones translúcidas, su manera de ir por la vida a por la vida y nada más. Porque así es como hay que hacerlo, así es como se debe vivir: en el alambre, en el punto exacto en que, si miras hacia abajo, sientes el vacío, y, si lo haces hacia arriba, caes. Pero, ¿y qué si te la pegas? El riesgo es nuestra verdadera naturaleza; el resto sólo son transiciones.

Así que, mientras la veía recorrer ese pasillo de piernas y alcohol hacia sus amigos, caí en la cuenta —sólida, irremediable— de que estamos hechos de cada una de nuestras elecciones, y que esa no sería una excepción. Toda acción tiene su efecto; la falta de acción, también. Si tiraba la toalla, si me largaba de ahí sin más, seguiría siendo la campeona eterna de la derrota. Pero, si por fin iba a por ello, si me dejaba de tanta historia y enterraba el luto autoimpuesto, quizá, dentro de cinco o seis años, mientras esa francesita de nombre aún desconocido arrugara las sábanas de mi cama un domingo por la mañana, seguro, me acordaría de ese momento.


Chinchín.

La Vermutera