#012 EL MOMENTO ES AHORA

¿Estás preparado?

El otro día me hallaba tumbada en el sofá en cierta armonía, con el gato dormido entre los pies. Evitaba moverme demasiado para no despertarlo, aunque de forma clandestina acariciaba con todo lo que podía su mantita de pelo. Él tampoco parecía quejarse. Tenía(mos) puesta la película About time, una comedia en apariencia edulcorada sobre el amor y el paso del tiempo. De repente, el cielo decidió alterar nuestra calma y romperse en todos los elementos: agua, luz, rugidos, temblor. A veces sucede que la vida envía mensajes envueltos en estruendo para que sepamos escucharlos mejor. Vermut, consciente en su inconsciencia de la trascendencia de ese momento banal —es un gato muy listo—, abrió un ojo; yo, procurando imitar, dentro de mis posibles, su sabiduría felina, abrí todo lo que pude.

El protagonista acababa de descubrir su capacidad de volver al pasado y rehacer cualquier metedura de pata, cualquier elección que le hubiera llevado por el camino equivocado. Su padre, que también tiene ese superpoder sin llevar capa, le confiesa que él vive cada día dos veces; uno para saber lo que ocurre, otro para anticiparse al fallo del destino y/o de su propia forma de actuar. El hijo —obediente, aplicado, muy pelirrojo (¿es suyo de verdad o del butanero?)—, comienza a repetir la jugada del padre: vivir todo dos veces, pasear primero por el bosque en piloto automático como quien lo hace sobre un bloque de hormigón, atravesar los mismos árboles una segunda vez como si de cada rama —lo hace— brotara un olor, una forma, una sensación. Y así continúa haciendo, un día (doble) tras otro, mostrando a la segunda la sonrisa que perdió la primera vez, eligiendo evitar el atasco de la M30 británica o poner la mejor música para sobrellevarlo en lugar de deleitarse con su propio ladrido.

En un momento dado, Vermut lanza un maullido largo, de múltiples tonalidades. La alarma que indica que he alcanzado la máxima apertura de todo eso que me había esforzado en abrir comienza a sonar también —este curioso fenómeno se conoce en Biología como sincronicidad gato-dueño—. Los dos nos miramos: hemos comprendido. De alguna forma, el primer día es espejo de la manera en que solemos encarar la vida; el segundo, proyección de lo que esperamos de ella y de nosotros mismos.

Vermut se acerca entonces a la tele dispuesto a desvelar el secreto tan grande que hemos descubierto y, como por arte de birlibirloque, sólo unas escenas después, nuestro pelirrojo compañero da la impresión de haberlo captado también. De repente ha dejado de encontrar sentido a repetir cada día sólo por anticiparse y hacerlo “mejor”. El verdadero aprendizaje parece estar en reconocer la incertidumbre y hacerlo “bien” desde la primera ocasión; no darle la gravedad a los acontecimientos que solemos darle; eliminar la personalización, el ego desmesurado que nos hace creer que somos causa y consecuencia de cualquier acto y no meros espectadores.

Vaya, parece ser una enseñanza muy completa para una noche tan tonta, Señor Don Gato. Pero, como me hace falta poco para lanzarme a (1. volar; 2. los leones) 3. pensar, lo hago. Y algunas conclusiones alcanzo. A mi manera, claro.

Todo ocurre una vez, y en eso está la gracia. Pero nuestra existencia es como un fractal; situaciones similares a las de hoy —de las que podemos aprender— se repetirán a lo largo de ella.

Todo ocurre una vez. Aunque estemos en apariencia atrapados por la rutina. Cada día es una nueva oportunidad de hablar de manera honesta, de besar con el corazón, de escuchar el sonido del agua al correr, de observar el vuelo de las flores desde los árboles, de sentir la caricia de la brisa y los rayos del sol, de comer lo que nuestro cuerpo necesita, de apagar la pantalla, de dedicarle tiempo de calidad a quien nos haga sentir bien, de estar presentes, de ser. Memento vívere.

Todo ocurre una vez: nuestra madre —por suerte— nos dio a luz una vez. Sólo se cumplen treinta y cinco una vez. Perdimos los dientes de leche y la virginidad una vez. Papá nos echó de casa sólo una vez —porque, después de eso, conocemos bien la historia, él se arrepintió, y nosotros ya nunca quisimos volver (todos aprendimos).


Como la vida tiene siempre una manera peculiar de asegurarse de si has captado sus mensajes, al día siguiente de ver la película fui a una cafetería en la que la camarera —unos veinte, veintiún años— me derramó gran parte del café en la taza y después, tratando de minimizar la fuga, me dio un codazo en toda la nariz que dejó lo de Mbappé en un juego de niños. Ante semejante panorama, noqueada, vilipendiada y sin que la FFF me mandara una máscara al cabo de un milisegundo, podría haberle mirado con cara de Clint Eastwood en cualquiera de Sergio Leone; podría también haber llamado a los bomberos, a los GEOs o —tiembla, mundo— a su superior, pero, todavía con aquella moraleja filmográfica fresca, aposté por irme directamente al segundo día. Así que, con varios huesos desplazados y un líquido seguramente rojo corriéndome desde la cara al suelo, le sonreí e insistí en que no pasaba nada. Pero, al ver que sus ojos sudaban lágrimas y que para ella sin duda pasaba todo —claramente no había visto la película—, cogí mi estuche y tiré todo lo que había dentro al suelo. «¿Ves? A mí también se me caen las cosas». Lo hice no en acto magnánimo de compasión, sino en acto deliberadamente estúpido de rebelión poética contra la no admisión del fallo (propio y ajeno), contra esa búsqueda infinita y martirizante de la perfección.

El caso es que mi gilipollez consiguió noquearla a ella y cortar todo suministro de su grifo de ojos. Dudo que hiciera lo mismo con la manía de la autoflagelación post-fallo, pero algo es algo.

Y es que es verdad: nos ponemos cada día sobre los hombros una presión tan absurda que me pregunto cómo no nos ha hecho llegar ya al mismo centro de la Tierra, allí donde las rocas y los gases cohabitan de buen rollo y se fusionan hasta dar lugar al magma. ¿Quién sabe? Quizá siendo magma nos volveríamos más dóciles e indulgentes con nosotros mismos y con los demás. Lo que sí tengo claro es que los códigos sociales con los que nos movemos ni son códigos ni, desde luego, deberían llamarse sociales si sólo se basan en un supuesto ideal de perfección que no admite salirse de lo establecido. El simple respeto conduce a lo mismo y, además, no oprime. Está comprobado: la vida sólo se llena de sentido en los márgenes, en las ráfagas de aire. Un callejón tiene más verdad que mil habitaciones estándar de hotel. Estoy a favor de acudir a la oficina con un lamparón del tamaño de Gibraltar, de quemar las ruedas del coche tras un semáforo en verde, de sonreírle a la chica que te gusta con los dientes plagados de paluegos verdes, de tirar la agenda a la basura y danzar en en ese espacio incorpóreo que es la incertidumbre.

Todo ocurre una vez. Disfrutémoslo, joder. A vermut abierto. Sin reservas, sin letra pequeña, pero también sin negarnos la mayor…


Y es que es evidente que vivir conlleva cierta exposición. Cada vez son más los elementos que nos rodean y, con ello, la probabilidad de que ocurran cosas simplemente aumenta. Los atascos son parte fundamental del tráfico; la rotura, del objeto; el derramamiento, del líquido; la muerte, de toda vida. ¿Por qué nos empeñamos en pensar que nada de eso nos puede o, lo que es peor, debe suceder? ¿Por qué nos creemos injustos protagonistas de una constante tragedia griega? A vivir se aprende viviendo. Resulta urgente aceptar que todo forma parte del mismo juego. Habitar la realidad. Abandonar la trampa a la que nos somete la vanidad. Integrar la evidencia. Estirar el límite de lo posible. Reblandecer el corazón. Aspirar a mirarle a la vida a los ojos y decirle: «Estoy aquí. Te escucho respirar y no te temo. Sé que me golpearás —ya lo has hecho—, pero a lo que me propones le digo sí y además le pongo salsa. Tú tienes tus imprevistos, ¿no? Pues yo añado mis ganas de jugar; la libertad moral de ser quien quiero con independencia del decorado».

Eso es precisamente lo que hace la montaña —quizá sea, por cierto, una de las meditaciones que más hondo me ha llegado; ahora, el motivo, durante tanto tiempo invisible, se vuelve objetivo. La montaña observa el paso de las estaciones sobre su propia piel. El viento puede volverse agitado, los animales pueden correr, cavar agujeros, tumbar ramas; ella no, ella se mantiene impasible, firme, con la vista fija en el horizonte y los pies anclados en la tierra. Sabe quién es. Entiende el cambio y la exposición a los elementos como parte integral de su historia. Los acoge. La montaña es permanencia, adaptación, supervivencia. En su cima se iza la bandera contra la percepción nihilista del tiempo.

Como ella, estamos aquí de prestado. Exprimir cada etapa de este viaje es pura decisión personal.

Ríete si te mojas. Extiende los brazos cuando lluevan ríos de vida sobre ti. Abraza cada día más fuerte. No mires atrás, sólo al frente. Despliega su misma bandera. Ya lo sabes: el momento es ahora; nunca fue ayer, nunca será mañana.


Chinchín.

La Vermutera