#013 AQUEL VERANO DEL 2000

El primero que dejó de ser el más largo del mundo.

—¿Me quieres?

—Alfileres.

—¿Me ajuntas?

—Sacapuntas.

—¿Me amas?

—Retama.

Hasta aquel verano del 2000, (casi) todos los días de vacaciones en Denia —y ya iban nueve años— habían comenzado con ese ritual. No sabía cómo ingeniármelas para robarle a mi madre un te quiero que nunca parecía querer llegar. Con el pelo revuelto y lleno de rizos por la sal del mar, salía al salón y el fracaso se me olvidaba en apenas un segundo. Mi abuela me abrazaba para darme los buenos días, mi hermana corría a enseñarme el último diente que había perdido, mi abuelo me guiñaba el ojo antes de devolverlo a sus crucigramas, mi padre me anunciaba, AS en mano, el (supuesto) nuevo fichaje del Madrid, mis primos se peleaban, comían o lloraban, mis tíos se esforzaban por no tirarse terraza abajo —en un bajo, la probabilidad de éxito era directamente proporcional a la de mis intentos por recibir amor verbal materno.  

Cada año se volvía más complicado por pura cuestión darwiniana, pero el caso es que lográbamos caber los diez en un apartamento de cincuenta metros cuadrados de sólo dos habitaciones. Si en algo somos expertos los españoles —más allá de en poner palos a las cosas para dar lugar a grandes inventos (véase la fregona, el futbolín o el Chupachups), en añadirle huevo a todos los platos o en quejarnos porque sí— es en colonizar cada centímetro libre del globo terráqueo si de ello depende nuestro verano. Y el de los niños, en ese lugar tan cercano al paraíso en el que el tiempo se estiraba hasta hacerse casi infinito, era sencillamente insuperable.


Hasta aquel verano del 2000, todas las mañanas solíamos bajar a la playa con un ejército de sombrillas, sillas, cubos y palas. Cada grano de arena se convertía en un confín que conquistábamos y en el que levantábamos los castillos más variopintos: con una o mil torres, con foso o sin él, con princesa o cocodrilos —nunca los dos—, con balas enormes que no podían ser lanzadas desde ningún cañón, con la muralla más larga del mundo o con apenas un murete polvoriento alrededor. Aplicada en la tarea, me encantaba sumergir las manos en la profundidad del barro hasta que mis dedos arañaban fragmentos de pasado. Sólo había dos cosas que podían detener ese momento: que mi padre me pidiera jugar a las palas —algo a lo que bajo ninguna circunstancia me podía negar, el récord mundial de toques sin que la bola cayera dependía de ello— o que pasara por encima de nuestras cabezas una avioneta con publicidad. En cuanto el sonido del motor rompía a lo lejos, tirábamos al suelo lo que tuviéramos en las manos y señalábamos al cielo, saltábamos, gritábamos. Era lo más parecido al éxtasis que podíamos experimentar. Era incluso mejor que el propio éxtasis: un éxtasis de infancia —todavía hoy me sube la adrenalina cuando algún integrante de las FARMD (Fuerzas Aéreas de la Resistencia al Mundo Digital) sobrevuela mis fronteras; es curioso cómo este tipo de emociones se quedan grabadas para siempre en algún lugar de la memoria—. Todos los niños que había a nuestro alrededor se unían a nosotros y empezaban a correr detrás de la avioneta hasta que nos dábamos cuenta de que nos faltarían tres vidas para poder alcanzarla o, en su defecto, hasta que mi hermana se clavaba algo en el pie y empezaba a llorar.

Después nos metíamos en el mar hasta que los dedos se convertían en algo parecido a una bayeta, nadábamos algo, nos ahogábamos más y nos lanzábamos toneladas de agua a la cara, los miedos, las heridas. Todo se volvía pequeño con el abrazo de la sal. Desde allí, cada vez que volvía la vista a la orilla, veía las gafas de sol de mi abuelo acercarse un poquito más al suelo. Tenían un mecanismo automático que sólo parecía controlar él para bajarse cada vez que pasaba por delante alguna chica de buen ver. Mi abuela le atizaba al momento un codazo, pero, desde luego, él —figura donde los hubiera, artista aclamado del disimulo, espía ruso encapsulado en un hombre con más barriga que piernas y mucha más verdad que dilemas— no se iba a dejar atrapar con tanta facilidad. «Que me tiras los crucigramas a la arena, Antonia». «Te voy a dar yo a ti crucigramas». Yo me reía a lo lejos a carcajada limpia y él respondía con un sutil pase de toreo con la mano. Solía decirme que me parecía a la torera Cristina Sánchez y me lo gritaba desde la ventana de su habitación cada vez que metía un gol cuando jugaba con los chicos de la urbanización. El resto del partido lo pasaba en silencio, con su vasito de vino blanco, sin apartar la vista de cada jugada. El orgullo a veces sólo se mide en miradas.

Antes de aquel verano del 2000, los días solían transcurrir de forma parecida. La urbanización estaba compuesta por un cincuenta porciento de guiris y otro cincuenta porciento de familias españolas muy y mucho españolas que, como nosotros, se habían empeñado en veranear siempre en el mismo lugar. Así que los mayores se juntaban entre ellos y los niños nos veíamos forzados a proceder igual. Por las tardes, íbamos a la piscina, jugábamos al Marco Polo, a las cartas, o hacíamos excursiones a la Cova Tallada. Por las noches, jugábamos al fútbol en la plaza y a Polis y Cacos por todas partes. Subir a esconderse a las azoteas de los bloques estaba prohibido cuando tenían que pillarte, pero yo no encontraba un sitio mejor para detener los caballos que galopaban en algún lugar de mi pecho. Así que, con un incipiente sabor a sangre en la garganta después de la carrera, me quedaba ahí durante largos minutos, quizá horas, hasta que daba por hecho que debíamos de haber ganado y bajaba con cuidado de que no me descubrieran. Unas veces lo lograba y otras no.


Pero, en aquel verano del 2000, algo había comenzado a cambiar. Aquel verano del 2000 se parecía a todos los demás sin acabar de ser igual. De alguna forma, ahora observaba todo aquello con cierta distancia. «La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba». De repente, me veía muy diferente a los niños de la urba, o bien ellos se habían vuelto muy diferentes a mí. De repente, construir castillos me parecía demasiado simple. De repente, cada capítulo de Dragon Ball se me hacía exactamente igual que el anterior. De repente, me apetecía recorrer la orilla escuchando las canciones de mi walkman. De repente, el sol había decidido ponerse cada tarde como una llamarada roja detrás de la montaña. Y yo me sentaba a mirarlo, en relativa calma, sin creer que necesitara nada más. Me sentía en medio de un espacio incierto en el que acariciaba el próximo paso sin atreverme del todo a abandonar el que había dejado detrás; como si la transición tuviera que ser lenta por si pudiera perder el equilibrio en cualquier instante; como si algo en mi interior estuviera volviendo a aprender a montar en bici. Y es que, en todos los viajes que merecen la pena, sabes que has llegado cuando te encuentras perdido.

En aquel verano del 2000 nada había cambiado, pero todo daba la impresión de haberlo hecho. Había cruzado el punto de no retorno: ese en el que dejas de jugar por inercia y comienzas a hacerlo por voluntad. Lo había hecho como se hacen la mayor parte de cosas importantes en la vida: sin haberme dado ni cuenta. Lo único que sabía es que no había vuelta atrás. Casi siempre, los movimientos más silenciosos son los que más ruido terminan por hacer. Los meses anteriores habían sido los de las primeras veces —descubrir a Bécquer, pasar a la ESO, tener el orgullo roto (el corazón seguía intacto) porque mi noviete me había dejado influenciado por unos amigos que decían que era demasiado marimacho (¿yo? ¡ultraje! Las lesbianitas de generaciones pasadas las hemos visto de todos los colores), salir de casa durante mucho tiempo, viajar fuera de España, participar en dos torneos nacionales de basket y que la victoria y la derrota me sonrieran desde todas sus formas. Y bien es sabido que las primeras veces llegan para quedarse; abren tus armarios, cambian de lugar todo lo que encuentran, se sirven una copa y se sientan en el sillón más mullido a esperar que lo descubras. Todas las primeras veces tienen la misión de ampliar tu mapa de la vida y la oferta de medios con las que viajar. También borran rutas, aunque a veces dejen a propósito prismáticos en puntos estratégicos con los que poder mirar atrás. No es obligatorio, pero en ocasiones hace falta. La perspectiva tiene tendencia a pintarle la cara al pasado. Y al tiempo. Aunque quién necesita perspectiva si aquí sólo hemos venido a jugar…


Aquel verano del 2000 fue el último que estuvimos todos juntos. Mi abuelo se fue unos meses más tarde de viaje por el infinito —su mapa se amplió que te cagas. Entre nosotros existía algo mejor que un amor, como decía Yourcernar; una complicidad, un apoyo silencioso a la mujer en la que me estaba convirtiendo y que él sabía ver mejor que nadie. Recuerdo leerle a Bécquer justo antes de partir.

Aquel verano del 2000, fue el último en el que traté de mendigarle amor verbal a mi madre. De alguna forma entendí que, el otro, el que no se dice sino que se demuestra, no había dejado de dármelo ni un segundo. 

Aquel verano del 2000, fue el primero que dejó de ser el más largo del mundo. Pero todavía hoy, cuando busco guía, algún tipo de explicación a las cosas que no tienen explicación, me descubro viajando ahí, a esos días de fuego, incertidumbre y poesía; a la inocencia de aquellas noches; a esa inconsciencia de ser de manera plena y, por inconsciente, quizá más verdadera, irreversible, irremediable. Algo dentro de mí me dice que ahí se esconden todas las respuestas. Algo dentro de mí sabe que, agazapado entre el púrpura y el magenta de las buganvillas, está el origen de todo lo que soy.


Chinchín.

La Vermutera